martes, 15 de enero de 2013
Capítulo 5: Eres mis límites, mi dependencia y mis alas muertas - Noviembre 12.2009
Capítulo 5: Eres mis límites, mi dependencia y mis alas muertas.
Algo que te quedó muy claro desde el principio fue que alejarse de los problemas no te había traído nada bueno, podías enlistar todos y cada uno de tus fracasos… y todos y cada uno de ellos, se relacionaban con tu ridícula tendencia a huir. No quisiste comentarle nada a Azul Cielo (Dita), aunque él siempre te causó la sensación de que podía arreglar cualquier desperfecto.
Milo… él era la causa de tu actual inseguridad, MILO… te era extraño decir su nombre y no sentir que la ansiedad recorría tu cuerpo haciendo que salieras a buscarlo. Y justo cuando estabas a escasos metros de la puerta, un golpeteo hizo que te detuvieras… ¿Acaso sería el destino quien mandaba a Milo a tus brazos?... Con todo eso de la obra de teatro estabas comenzando a ponerte dramático.
Cuando abriste la puerta, te topaste con una curiosa figura que no tenía nada que ver con Milo… a excepción de que tenía impregnado su aroma ya que se la pasaba todo el santo día pegado a él.
- ¡Camus, hola! – dijo efusivo, animado, ridículamente alegre y nervioso.
- ¿Qué haces aquí? – dijiste con frialdad, aunque había sido más cortés que el “¿Qué coño quieres jodidísimo traidor?” que tenías en mente.
- Le pedí tu dirección a Radamanthys… - ¿Quién carajos se creía Uniceja que era para andar divulgando tu dirección?
- ¿Ah si?
- ¿Puedo pasar? – dijo emocionado y no te quedó más opción que hacerte a un lado para que pasara.
Observó todo a su alrededor y tuviste la sensación de que invadía tu privacidad. La mayor parte de la decoración estaba a cargo de Dita, pero aún así una señal de alerta se encendía cuando hablabas o pensabas en Aioria.
- Y… ¿cómo has estado? – te preguntó mientras se sentaba en el sofá.
Lo miraste con recelo, su relación no había sido de lo más cortés pero decidiste seguir su plática hasta que el nombre de tu interés salió a relucir.
- Sé que ustedes son muy amigos… - comenzó diciendo - ¿crees que él… - sonreía con nerviosismo – él… ahora no sale con nadie… y… no es porque no sea atractivo… - justificó de inmediato mientras tú lo veías seriamente y con algo de enfado – dioses, en serio lo es… - dijo en voz muy baja, quizá para sí mismo - pero he pensado que… que quizá sea porque… bueno, pues… ¿crees que a él le puedan interesar los chicos?
- … - te quedaste en silencio unos instantes - ¿Por qué no se lo preguntas a él? – te estaba cansando esa farsa de ser el amigo de Milo, te pusiste de pie antes de pensar en cómo sacarlo de tu departamento.
- Estoy enamorado de Milo… - lo soltó así, sin más… no estaba ebrio ni lo estaban amenazando para hacer tal declaración y aún así la había hecho.
Sentiste náuseas, sentiste una desagradable sensación, estabas molesto, indignado, dolido, ¿cómo se atrevía a siquiera insinuar que tenía oportunidad con Milo? Y entonces, tu paranoia hizo que te preguntaras… ¿Y si Milo le había dado alas? ¿Y si todo se trataba de un malentendido? ¡Se habían besado…! Milo te dijo que era por el ensayo de la obra, pero no estabas muy seguro de creerle. Te sentías vacío, querías reclamarle y después mandarlo al carajo. Estabas molesto, peor aún, estabas celoso.
***
La relación entre Grandísimo Hijo de Puta y Belleza Extrema había sido… inesperada. No supiste cómo se conocieron ni tenías la más pálida idea de por qué terminaron juntos. Aunque bueno, de Belleza Extrema, sabías en realidad muy pocas cosas. ¿Qué tenían en común él y el Innombrable (Shura)? Eran tan distintos, para empezar, Shaka era bueno y Shura era malo, y de ahí le seguía una interminable lista de contras respecto a su relación.
- ¡Shaka! – la voz de Aldebarán llegó hasta el rubio que se encontraba en una banca viendo su móvil.
Había sido un detalle de Shura y le pareció gracioso que se lo obsequiara. ¿Para qué le serviría un móvil si él no hablaba? Entonces Shura le presentó las ventajas de los mensajes de texto. Le había enseñado muchas cosas.
- ¿Cómo has estado? Hace mucho que no sabía de ti – dijo Aldebarán mientras tomaba asiento.
Un poco ocupado – dijo a señas y luego sacó un marcador y tomó una de las bolsas de papel en las que Aldebarán llevaba la despensa.
- Vaya, será más fácil encontrarte – dijo soltando una contagiosa risa - ¿Vendrás la próxima semana a ver el partido en mi casa? – Shaka lo observó fijamente mientras pensaba en sus palabras – aún no me has ido a visitar, quiero que conozcas a mi nuevo compañero de renta – sonrió – es muy gracioso y buena persona… te va a agradar…
Lo pensó unos segundos, preguntándose si Shura accedería, no es que le tuviera que pedir permiso, pero en el poco tiempo que llevaban juntos ya le había causado más problemas que tú en toda su relación. Ahora te comprendía un poco, pensó que tu personalidad y la de Shura tan solo chocaban, Shura era posesivo, perfeccionista, le gustaba que las cosas siempre estuvieran bien, pensaba que no había nadie mejor que él para arreglar algo y siempre había querido lo mejor para ti, no era una mala persona (aunque te gustaba afirmar lo contrario), a decir verdad siempre mostró una sincera preocupación, quizá su fracaso era que todo había sido intenso, violento, una relación que había terminado mal, entonces tan solo te quedó el resentimiento y una sensación muy parecida al odio. Sin embargo, Shaka era muy diferente a ti, él era más pasivo, nunca pedía nada y parecía siempre tranquilo.
A un par de metros, el sonido de un auto estacionándose los interrumpió.
- Shaka… sube – Aldebarán notó algo extraño en el sujeto que venía a recoger al rubio, pero no hizo comentario alguno.
Shura- dijo con las manos – mi pareja – intentó presentarlos, pero no hubo éxito alguno, Shura ni siquiera hizo ademán de querer bajar del auto. Así que una expresión de decepción se apoderó de las hermosas facciones del rubio.
- Bueno, tienes que irte, pero ¡nos vemos pronto! – le animó Aldebarán mientras buscaba algo en una de las bolsas – ten, los había comprado para merendar pero ya cocinaré algo.
Shaka tomó la pequeña bolsa y subió al auto para alejarse segundos después.
No le gustaban mucho los autos, era muy complicado para un conductor poner atención al camino y voltear cada cierto tiempo para ver las respuestas del rubio, había tenido una mala experiencia al respecto y por nada del mundo quería que se repitiera.
- ¿Quién era él? – preguntó muy serio mientras Shaka abría la bolsita que le había dado Aldebarán.
Un amigo - escribió en un pequeño pintarrón. Luego sonrió al ver los deliciosos pastelillos que había en la bolsa. El auto frenó de improviso haciendo que el rubio por instinto colocara una de sus manos sobre la guantera.
- ¿Y de qué hablaban? – de nuevo frenaba mientras la avalancha de preguntas le caía encima.
Deja de hacer eso.
- No me has respondido – dijo algo molesto mientras le quitaba la bolsa que sostenía el rubio y la arrojaba al suelo del auto.
Para Shaka la comida era algo casi sagrado, en su casa nunca había mucha así que por lo regular para él, comer era casi un ritual, algo que en realidad disfrutaba. Giró su rostro enfadado y se dedicó a ver por la ventana. Estaban a un par de calles de la casa de Shura.
- Escucha Shaka… - si había algo que Shura odiaba era que lo ignoraran, así que cuando finalmente detuvo el auto, le obligó a mirarlo – Si me engañas… - lo tomó del rostro empujándolo contra el respaldo – te arrepentirás.
Estaba inmóvil. Y sin darse cuenta, lloró, de inmediato el Innombrable (Shura) lo soltó y Shaka aprovechó para bajar del auto. Se preguntaba por qué dudaba de él si en todo ese tiempo no había hecho otra cosa que apoyarlo y estar ahí. Estaba cansado, cansado de competir contra tu recuerdo, se sentía utilizado, que nunca significaría nada para él.
- No… no llores, lo siento, mira… entremos – no sabía si le angustiaba que los vecinos lo vieran o si se trataba del simple hecho de verlo llorar.
Shura no podía con eso porque era desconocido para él, tú no llorabas, tú lo insultabas, le arrojabas cosas y te vengabas… pero nunca lloraste, o al menos él jamás te vio llorando. Y con Shaka era diferente, era tan dulce que le dolía obligarlo a estar a su lado.
- ¿Quieres que te haga un poco de chocolate? – Shaka solo negaba con la cabeza y volvía a llorar con más fuerza – ¡Ahh! ¡Ya sé, pizza!, pedimos una pizza y vemos esa película que tanto te gusta ¿si? O… - lo abrazó – por favor ya no llores.
Y después besó sus labios dulcemente.
- Vamos adentro, ¿quieres?
Shaka descubrió entonces que el llanto era un arma poderosa contra Shura, y no es que la utilizara para su conveniencia sino que le servía para no salir lastimado.
***
- ¿Quieres ir?
- ¿Eh?
- No me ponías atención ¿verdad? – dijo Milo un poco molesto, pero tú seguías pensando en tu encuentro con Aioria.
- Sí, espera, ¿Aioria irá?
- Por supuesto, es la fiesta de Aioros, su hermano.
- Milo no, no vayas.
- ¿Por qué no? Vamos Cam, será divertido.
- Milo, Aioria está enamorado de ti, por eso se ofrece a ayudarte cada vez que puede, ¿crees que lo hace por amabilidad? – Milo se sintió repentinamente ofendido.
- Quizá lo hace porque es mi amigo.
- No vayas… por favor.
Odiabas pedírselo así, sabías que aunque él proclamara quererte tanto, no te iba a elegir, te habías dado cuenta de ello y te dolía. Sin embargo nunca se lo dijiste.
- Sé cuidarme solo… - respondió Milo intentando tranquilizarte.
***
- Eres un aguafiestas Camus, hubieras ido, es más, ¡yo hubiera ido! – dijo Azul Cielo. Era de madrugada y Milo aún no regresaba ni se había comunicado para nada – ¿Y tú por qué no fuiste? – le preguntó a Uniceja.
- ¿Y perderme la paranoia extrema de Camus? Nunca… sigues… - dejó otra carta sobre la mesa.
El sonido del móvil de Dita los distrajo, traía una canción de moda, de la cual te burlabas inevitablemente.
- Es Milo, ¿se habrá equivocado? – te dijo y casi le quitaste el móvil de las manos.
- ¿Por qué te marca a ti? – preguntaste algo celoso.
No te dio tiempo de decir nada al contestar, cuando su voz alterada te anunciaba algo extraño.
- Dita, no estoy seguro de saber en donde estoy, ¿puedes venir por mi? Ahora sí lo arruiné todo… - se escuchaba desesperado y una sensación de peligro se apoderó de ti.
- Milo, ¿estás bien?
- ¿Camus? – dijo sorprendido – Tengo… tengo que colgar… - su voz era suave y parecía ausente.
- Espera, iré por ti…
- ¿Está Dita ahí?
¿Por qué insistía tanto en hablar con Dita?
- No importa, iré por ti…
- Camus, tú te pierdes hasta en tu casa – intentó reír pero en eso se escuchó un murmullo y supiste que algo andaba mal.
***
Llegaste media hora después con las indicaciones que Dita te daba y abriste la puerta sin mirarlo. Se mantuvieron en silencio un rato hasta que él rompió el pesado ambiente.
- Lo siento.
- ¿Te divertiste? – algo en ti deseaba dañarlo.
- Perdóname.
- No tengo nada que perdonarte – le dijiste, aunque pensabas lo contrario.
***
En tu departamento Azul Cielo se debatía entre marcarte o no.
- Viendo el teléfono no solucionarás nada – dijo Uniceja quien por algún motivo se quedó ahí en lugar de acompañarte por Milo.
- ¿Qué crees que haya pasado?
- No lo sé, conozco a Milo… - la puerta se abrió interrumpiendo su discurso.
- Ahh, nos tenían preocupa… ¿Y Milo?
- Lo dejé en su casa – dijiste y sin decir nada más te encerraste en tu habitación.
- Creo que es hora de que vaya a consolarlo… - sonrió Rada.
- ¿Qué? No irás a…
Ambos irrumpieron en tu habitación pero los recibiste con un almohadazo y la intención de arrojarles lo que fuera que tuvieses a la mano.
***
- ¿Cómo estás? – dijo Aldebarán a la mañana siguiente, en cuanto vio que Milo bajaba las escaleras.
- ¿Ha llamado Camus?
- No, ¿discutieron?
- Arruiné todo Alde…
- ¿Qué pasó?
- Aioria me pidió que lo acompañara por unas cosas y… luego se me declaró, yo estaba algo ebrio… pero le dije que salía con alguien y… no sé, no recuerdo bien, sé que él se enfadó y… terminamos besándonos…
- ¿Él te besó a ti?
- No sé, lo último que recuerdo es que salí de la habitación semidesnudo, buscando mi móvil para que alguien fuera por mí…
- Ya veo…
***
Te encontraste a Milo dos días después, te había estado esperando en tu departamento pero esos días tú habías decidido quedarte en casa de Uniceja, entonces notaste la ausencia de un libro que necesitabas y tuviste que regresar encontrándote con Milo.
- Camus… te he estado buscando – lo sabías, lo sabías porque varias personas te lo habían dicho y porque conocías a Milo.
- Solo vine por un libro.
- Quédate… - musitó Milo.
- Hablamos luego…
- ¡Joder camus! Por una sola vez en tu vida quédate… por favor…
- Tengo cosas que hacer ahora.
- ¿Qué tienes que hacer? – parecía algo desesperado, te dolía verlo así pero tu orgullo no te permitía quedarte – Lo siento Camus… - lo escuchaste pero aún así te diste la vuelta rumbo a la puerta – en verdad lo siento… ¿qué puedo hacer? Haré lo que sea, en serio pero por favor ya no estés así… Di algo…
- ¿Qué quieres que te diga?
- No sé, siempre dices algo que me hace sentir bien… - se veía triste. Tú también lo estabas.
Entonces decidiste olvidar la existencia de Aioria y te quedaste esa tarde a hablar con él. Vieron un par de películas y después terminaron en tu habitación, él dándote consejos para derrotar a Radamanthys la próxima vez que jugaran.
Algo que te había quedado muy claro desde el principio, alejarse de los problemas no te había traído nada bueno, por eso, ese día, decidiste enfrentarte a ellos. Hoy por él, mañana por ti, lo que no sabías, era que ese mañana llegaría justo una semana después.
Continuará…
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