Capítulo 3: Tensión
- ¿Qué pasa? – preguntó Ikki.
Estaban en su oficina, el peliazul revisaba algunos papeles pero los dejó a un lado para ver a Shun. Hyoga estaba en el mismo sillón donde tiempo antes se había quedado dormido, hojeaba una revista y ojeaba a Shun de paso.
- ¿Cuánto necesitas?
- Solo será temporal… lo prometo.
El ruso lo observó con fastidio sin que ninguno se diera cuenta, con Shun siempre era temporal, solía pedirle dinero a Ikki y el Fénix como buen hermano sobre protector, se lo proporcionaba sin siquiera cuestionarle. Hyoga dejó la revista y decidió comenzar una de sus tareas. El resto de la conversación entre los hermanos pasó desapercibida para el rubio, quien solo habló hasta que Andrómeda se había ido.
- A mi no me prestas dinero porque no soy tu hermano ¿verdad? – temía que Ikki le dijera que tan solo no confiaba en él.
- Nunca me has pedido un préstamo.
- Sí lo hice – se puso de pie acercándose al escritorio del mayor – justo ayer cuando te dije que quería ir al cine.
- Y yo te dije que te llevaría.
- Pero no quiero que… me “cuides” todo el tiempo, no tienes que estar conmigo siempre…
- ¿Con quién irás?
- Con algunos de mi grupo.
- ¿Quiénes?
- No los conoces.
- Bien, entonces anota sus datos, nombre, dirección y teléfono – le pasó una hoja en blanco.
- ¿Por qué no mejor me das un formulario? – interrumpió con sarcasmo.
- Está bien, aquí tienes - buscó entre sus legajos y le dio un par de hojas donde se leía: “nombre, edad, estudios, dirección, teléfono y observaciones”.
- Eres un psicópata ¿lo sabías?
Ikki no mencionó que era uno de los tantos formatos fallidos de formularios para contratación de empleados y Hyoga tampoco se lo imaginó. La puerta interrumpió su enfrentamiento, el primero del día y la secretaria de Ikki le anunció que lo buscaban. Ikki reconoció el nombre de inmediato, se trataba de la psicóloga con la que estaba tomando asesorías, pero le había pedido a su secretaria que la anunciara como “señorita” y no como “doctora”. Nunca se sabía cuándo pudiera estar Hyoga presente y quería ahorrarse todos los dramas posibles. Cuando la joven pasó no pudo evitar posar su mirada cálida y dulce en Hyoga, quien la observó con algo de recelo.
- ¿Nos disculpas Hyoga? – dijo Ikki.
- Claro… - dijo de mala gana, no sabía si se estaba volviendo paranoico pero no le agradaba la forma en que ellos dos le miraban.
***
Tenían en la sala un enorme sofá. Ikki lo había comprado así porque odiaba el espacio vacío de su cama… le hacía sentir solo, como si viniera cargando el peso de muchos años sobre su espalda, entonces comenzaba a cuestionarse muchísimas cosas y terminaba con insomnio, así que un día, cuando navegaba por la red dio con una página donde vendían muebles de todo tipo. Comenzó a verlos con poco interés hasta que encontró uno que se caracterizaba por su gran tamaño, no lo pensó dos veces (aunque le hizo creer a Hyoga lo contrario) y lo encargó. Llegó dos semanas después para sorpresa del rubio quien al entrar al departamento se encontró con una enorme caja.
- ¿Qué es? – dijo dejando su mochila en el suelo mientras abría un paquete de dulces.
- ¿Recuerdas cuando te pregunté si debíamos comprar un nuevo sofá?
- Sí… - dijo algo dubitativo.
- Y me dijiste que no era algo que fueras a disfrutar – el rubio asintió con la cabeza – y preferiste un videojuego, que por cierto ya no he visto que utilices…
- Es que… he tenido mucha tarea últimamente – Ikki entrecerró los ojos sin creerle, pero quiso ahorrarse la discusión del día y se limitó a abrir la caja.
Hyoga lo observó como si hubiera un tesoro dentro y cuando su mirada se topó con el confortable sofá sonrió, de inmediato intentó sentarse pero el Fénix lo detuvo.
- Aleja tus sucias manos de mi sofá.
- ¿Qué? – no creía lo que escuchaba pero de cualquier manera se alejó un par de pasos – No lo dices en serio ¿cierto?
- No te gusta compartir tus videojuegos conmigo, ¿por qué debería dejarte usar mi sofá?
- Ikki… no es eso… - por un segundo estuvo a punto de hablar de más para explicar el por qué no podían utilizar el último videojuego, pero recapacitó de inmediato y se limitó a sonreír – ya veremos Fénix… no puedes estar todo el día vigilando el sofá – lo retó jugando con la mirada y el Fénix lo imitó.
Y fue así que empezaron una casi eterna lucha por el sofá, ya ni siquiera les importaba si estaban transmitiendo algo bueno en el televisor o no, tan solo querían apoderarse del lugar. Como si no pudieran sentarse juntos, como si tanta cercanía les dañara.
***
Su primera cita fue inesperada, ni siquiera era una cita propiamente dicha, pero aún así causó estragos en ambos, cayó como una avalancha sobre sus vidas y no pudieron hacer nada al respecto. Camus esperaba a Milo en su oficina, jugueteaba con una hoja intentando hacer un complicado adorno de origami, le habían dicho que era bueno para la paciencia, la creatividad y la memoria, así que llevó cientos de hojas y dobló una y otra vez hasta que sus dedos tuvieron que ser vendados. Así que ahora no solo era más torpe sino que tenía menos paciencia que al principio. Se hundió en la silla con hastío.
- ¿Milo? – Saga entró a la oficina sorprendiéndose de no encontrar a Milo ahí.
- No está – respondió Camus casi automáticamente – dijo que no tardaba, si gusta esperarlo…
- ¿Camus? – Al escuchar su nombre, el francés giró la silla, levantó el rostro y casi sonrió.
- ¡Saga!
Una agradable sensación los invadió, ¿hace cuánto tiempo que no se veían? Lucían muy diferentes ahora, pero seguían transmitiéndose esa sensación de seguridad, de algo conocido.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó el mayor.
- También espero a Milo…
Hablaron de todo y de nada al mismo tiempo. Intentaban ponerse al tanto de lo que había sucedido en sus vidas pero terminaban conversando de otras cosas que poco tenían que ver con ellos mismos. Entonces el sonido de un móvil los interrumpió.
- Disculpa… ¿Diga? – Saga habló un par de minutos, tiempo que Camus aprovechó para observarlo detenidamente, él no solía hacer eso, era como si hubiera perdido la capacidad de observar, pero ese día, tratándose de Saga, hizo una excepción – Tengo que irme… - dijo con profunda tristeza y el francés solo pudo asentir.
- ¿Quieres que le de algún recado a Milo?
- No, no es necesario… - sintió de pronto que no debía irse, que quizá algo estaba a punto de suceder y que por lo tanto debía permanecer ahí – Nos vemos – en su mente sonaba como una pregunta, pero sus labios lo pronunciaron como una despedida.
- Sí… - Saga se dirigió a la puerta pero se detuvo antes de abrir.
- Oye, ¿qué harás mañana en la noche?
- ¿Mañana?... – Milo iba a salir de viaje esa noche, así que no había tenido tiempo de pensar qué haría esos días sin él – Aún no lo sé.
- ¿Quieres ir a cenar? – no le dio tiempo de responder – dame tu dirección, pasaré por ti…
- Supongo que sabes dónde vive Milo – el rostro de Saga sufrió una leve distorsión.
- Ahh… no sabía… que ustedes…
- No, no, no… solo compartimos la renta…
- Genial, bueno, pasaré por ti… mañana…
Ese día, cuando Camus regresó a casa junto con el escorpión, no consideró importante comentarle de su encuentro con Saga, y esa misma noche, el griego partió en un viaje de negocios. Para cuando regresara las cosas serían muy distintas, y se lamentaría por ello.
***
“Comprensión”
Esa era la palabra mágica según su psicóloga y el fénix seguía sin entender por qué era él quien debía atenderse cuando el que estaba mal era el rubio. De cualquier manera, seguía sus consejos, así que ahora, en lugar de gritarle, intentaba ponerse en su lugar. Se habían ahorrado algunas discusiones, pero a cambio habían ganado tanta tensión que ésta podía cortarse con tijeras.
Cuando Ikki entró al departamento se encontró con la sorpresa de ver su sofá vacío, supo por el desorden y el ruido en la cocina que el rubio había llegado primero. Si de algo le servía el sofá era para mantener al Cisne ahí, y es que Hyoga parecía esforzarse por llegar primero a casa tan solo para ganar el codiciado lugar en el sillón y así fastidiar a Ikki. Era algo que habían comenzado como un juego y que ahora se había hecho costumbre, al Fénix no le molestaba, incluso le causaba gracia pelearse por un mueble. Las reglas eran sencillas: Solo uno de los dos podía utilizarlo (en el fondo ambos sabían que era ridículo puesto que éste era enorme, pero esa era la gracia del asunto), estar en el sofá no incluía el poder del remoto del televisor y por último, no se podía apartar el lugar con objetos, así que no importaba que Hyoga hubiera dejado, como siempre, alguna historieta o algún libro, si él no estaba, el lugar se consideraba disponible.
El rubio apareció por la puerta segundos después con un tazón de cereal. Se miraron fijamente y casi al mismo tiempo corrieron hacia el sofá. Sobra decir que Hyoga abandonó el tazón en el primer mueble que encontró para luego alcanzar a sentarse milésimas de segundos antes que el Fénix.
- ¿Piensas dejar tu cereal abandonado? – Hyoga no había pensado en eso, pero vio que el Fénix fue por su tazón.
- Grac… - el agradecimiento murió en sus labios cuando vio al peliazul sentarse en el suelo probando una cucharada de cereal – Oye, eso es mío…
- En la alacena hay más… puedes ir por otro tazón…
- Nunca… - dijo melodramáticamente mientras se abrazaba al sofá.
- De acuerdo, seguiré comiendo estas deliciosas hojuelas almendradas con malvaviscos… - dijo para tortura del rubio.
***
- Oye, espera – dijo Kanon cuando se enteró por voz de su hermano que Milo saldría de viaje – ¿Eso quiere decir que dejará a la chica sola? ¿La llevó con él?
- ¿De qué hablas?
- La novia de Milo… ¿fue con ella? – Saga no entendió a quién se refería Kanon, pero considerando el hecho de que en su vida apenas había podido entender la mitad de las cosas que decía, no se le hizo raro y se limitó a decirle que no lo sabía – Ahh… ya veo… ¿entonces de nada sirve si llegamos Aioria y yo a casa de Milo inesperadamente? – de inmediato le vino a la mente la imagen de Camus recibiéndolos.
- No, no creo que haya alguien… - no supo por qué mintió, pero era bueno en ello, así que Kanon no desconfió de él.
***
- Hubieras rentado alguna película…
- Ya es tarde, deberías dormir, sino, mañana no querrás despertar.
- No importa, no iré mañana.
- ¿Por qué no?
- No tengo ganas – Ikki lo vio molesto.
- No tienes ganas – repitió y el rubio levantó la vista, preguntándose en silencio por qué no le había mentido desde un principio.
- No es para tanto, solo es un día… - intentó justificarse restándole importancia al asunto.
- Irás mañana, así tenga que llevarte a la fuerza, así que duérmete…
- Ikki, en verdad no quiero ir…
“Comprender” “Pensar como el rubio” – se repitió Ikki mentalmente – “Mírame, mírame, siempre hago lo que quiero" – pensó con una voz que no era nada parecida a la de Hyoga, pero que le causaba gracia.
- ¿De qué te ríes? – preguntó Hyoga. Seguía acostado, tan cómodamente que Ikki por impulso se situó a su lado – Ah, ¿qué haces? Me estás aplastando.
- Shh… - bienestar, respirar al mismo tiempo… - pensó y se quedó casi inmóvil un momento – No, no funciona, irás mañana.
- Ikki… por favor… - algo en esa petición le hizo estremecerse y se puso de pie de inmediato.
A partir de ese día, sus sesiones con la psicóloga se hicieron más frecuentes, ya no solo se limitaban a hablar del comportamiento de Hyoga sino de él mismo.
***
Era poco antes de las once cuando Camus abrió la puerta.
- Lo lamento… se me hizo tarde… - a decir verdad, eso no le sorprendió mucho a Camus, sabía por boca de Milo que el mayor de los gemelos era adicto al trabajo.
- No te preocupes… pasa – dijo con frialdad que el de géminis interpretó como enfado.
- Cuando vi la hora pensé que sería algo tarde para salir, así que… traje lasagna… es vegetariana…
- ¿Eres vegetariano?
- No, pero pensé que te gustaría… ¿te molesta?
- Claro que no… - vio el esfuerzo que hacía Saga por romper el hielo y empleó todo lo aprendido de Milo – Estaba viendo una película, ¿quieres verla conmigo?
- Me encantaría.
- Podemos verla en el cuarto de Milo, casi siempre vemos las películas ahí porque… ahora que lo pienso no sé por qué, pero pusimos ahí el televisor grande… - siguió hablando, le daba la sensación de estar con un niño pequeño que dice todo lo que piensa y le pareció extraño no haberse imaginado así a Camus, quien sabe, quizá todo el tiempo que había pasado con Milo le había contagiado de algo de su carácter.
Cenaron mientras veían la película. Camus fue el primero en quedarse dormido. Saga lo observó un instante, pensó en retirarse pero el ambiente confortable y hogareño del lugar hizo que se acercara un poco más al cuerpo del de acuario, poco a poco fue poniendo una de sus manos sobre su cuerpo para terminar abrazándolo con suavidad. El menor se removió entre sus brazos para acomodarse y finalmente se entregaron al sueño profundo.
A la mañana siguiente, al despertar ambos se sentían muy relajados, hacía mucho tiempo que no dormían tantas horas sin despertar en plena madrugada. Camus miró el reloj, aún le quedaban 5 minutos antes de que sonara la alarma y deseó que la mañana no comenzara. Por su parte, Saga estaba algo confundido, de haber sabido que compartir la cama con Camus le haría tanto bien, seguramente lo habría buscado antes. Entonces, compartir tiempo se convirtió en costumbre.
***
Continuará…
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