domingo, 20 de enero de 2013

Capítulo 13: Perdonar no es olvidar - Agosto 31.2012

Capítulo 13: Perdonar no es olvidar


            - ¿Por qué crees que haya sido? – preguntó Aioria acostándose al lado de Mu.


            - No lo sé. No me pareció que estuviera bien preguntar. 


            - ¿Crees que es cierto que él salía con alguien más? – en el fondo, y quizá en la superficie también, el león era tan cotilla como cualquiera, y se moría de curiosidad por saber por qué se había cancelado la boda de Camus. 


            - Eso lo escuchaste de Kanon, ya sabes cómo es él. 


            - Sí – sonrió – Eso no nos pasaría a nosotros ¿cierto?


            - No, porque tú y yo no vamos a casarnos – dijo con tranquilidad y cerró el libro que había estado intentando leer. Cosa imposible con el león parloteando a su lado. 


            - Pero lo vamos a hacer algún día. 


            - Tal vez, no lo sabemos aún - el castaño lo observó como si quisiera encontrarle sentido a lo que decía - Que descanses – intentó besar a Aioria pero éste se alejó de inmediato.


            - ¿Te casarías conmigo? – preguntó aunque se sentía la duda en su voz. 


            - ¿Me lo estás pidiendo? – sonrió, esa impulsividad del león algún día lo iba a meter en serios problemas – Ni siquiera tienes un anillo – dijo jugando pero Aioria no se lo tomó de esa forma y se levantó de la cama muy molesto, para él era demasiado fácil, estaba seguro de querer pasar el resto de su vida con el de aries, así que no entendía por qué Mu no quería lo mismo, pensó por un instante que el pelilila estaba jugando con él - ¿A dónde vas?


            - ¡A buscar un maldito anillo! – comenzó a vestirse muy molesto - ¡Y luego tendrás que darme una respuesta!


            - Espera… no lo hagas – dijo Mu sin mirarlo a los ojos. 


            - ¿Me vas a decir que no? 



De pronto la conversación había tomado un rumbo que ninguno de los dos se esperaba 



            – ¿No estás seguro de querer pasar el resto de tu vida conmigo? – y es que cuando lo decía de esa manera hasta le dolía. 


            - Una vida es mucho tiempo – no dejaba de mirar al piso e intentó sonreír – ¿Para qué casarse si luego tendremos que separarnos? Si uno de los dos encuentra a alguien más… sería más fácil terminar si no hay papeles de por medio. 


            - Pero no nos vamos a separar… 


            - Eso no puedes saberlo. 



Aioria se sintió… traicionado. Le dio la impresión de que había estado construyendo castillos en el aire. Él no tenía duda alguna de lo que sentía, y le lastimó profundamente que el de aries no tuviera fe en su relación.  



            - Estás interesado en alguien más… - insinuó muy dolido – ¿quizá en alguien como Kanon? 


            - No.


            - ¿Entonces por qué no quieres estar conmigo?


            - No dije que no quisiera estar contigo… es solo que… no creo que casarnos sea una buena idea. 



Y comenzaron a discutir como tantas otras veces, y es que Aioria no comprendía el por qué, y no tardó en recriminarle a Mu no estar tan comprometido como él con la relación. 



            - ¡Si es por alguien más, te pido que me lo digas!


            - NO, no es por eso… ¿y sabes por qué? – el de aries había perdido la paciencia y las ganas de calmar al león – Porque yo no soy como tú Aioria, yo sí terminaría contigo en lugar de engañarte y dejar que te enteres por otra persona. 



El león bajó la mirada avergonzado. 



            - Pensé que me habías perdonado. 


            - Sí. Lo hice. Por eso sigo aquí, contigo. 



Aioria se sentó al lado del de aries. A veces pensaba que no merecía estar con él, había cometido tantos errores en esa relación que siempre sentía que estaba a punto de perder a Mu. Y esa noche, el sentimiento fue acertado. 



            - ¿Qué quieres hacer? - le preguntó porque quiso dejar todo en sus manos. No se sentía capaz de tomar una decisión.


            - Dormir – sonrió apenas el de aries, intentaba quitarle importancia al asunto y dejarlo atrás. 


            - En esa ocasión no dejé que te fueras… pero si te… 



            - Ya… - lo interrumpió porque sabía que en ocasiones el león se obsesionaba con algunas cosas. Solía tener todo bajo control así que cuando algo no salía como esperaba tan solo no podía soportarlo – Si en verdad lo quieres, entonces me casaré contigo. 



No hubo respuesta, y es que ese era el problema, que ya no estaba tan seguro de querer pasar el resto de su vida a su lado, porque una vida era mucho tiempo y lo último que quería era la infelicidad de Mu. Lo amaba, lo amaba tanto que le dolía el solo pensar que lo estaba reteniendo a la fuerza.



A la mañana siguiente, cuando el de aries llegó del trabajo se sorprendió de ver a Aioria sentado en la estancia. Las luces estaban apagadas y muy apenas se veía su sombra. 



            - Dioses, Aioria, ¿qué haces? – preguntó encendiendo la luz. 


El rostro del griego se veía ligeramente enrojecido, ¿acaso había estado llorando?



            - ¿Qué ocurre? – comenzaba a preocuparse porque jamás en su vida había visto esa vulnerabilidad en él. Y entonces el león le ofreció algunas hojas, que Mu tomó con cierto temor. 



            - Has estado buscando un departamento… por eso estabas ahorrando dinero… - puso algunos anuncios sobre la mesa y el de aries sintió que la sangre comenzaba a correr demasiado rápido por su cuerpo. 



            - ¡¿Estuviste revisando mis cosas?! – preguntó muy enojado. 



            - ¡Tú pensabas irte sin decírmelo! Así que te he ahorrado el trabajo – señaló la carpeta que le había dado a Mu – Lo compré para ti, falta arreglar algunas cosas en la notaría, pero ya puedes vivir ahí – y entonces el de aries se dio cuenta de que el departamento que pensaba comprar ahora estaba a su nombre. 



            - No lo quiero… - musitó, estaba desconcertado, realmente quería tener un lugar para él pero no de esa forma. 



            - No te estoy preguntando, te estoy pidiendo que te vayas. 



Y el mundo se detuvo. Mu lo observó con incredulidad, de pronto sintió que era un mal sueño. 



            - ¿Lo dices en serio? - el león asintió - Bien – dijo con voz temblorosa – Pero no lo quiero – dejó los papeles sobre la mesa y cuando se marchaba, Aioria lo sostuvo del brazo.



            - Tómalo como un agradecimiento por todo el tiempo que has estado conmigo. 



            - ¿Por qué tendrías que darme algo? ¿Qué crees que soy? – había más tristeza que enfado en su voz.



Más tarde, cuando guardaba sus cosas aún con la sensación de irrealidad, el león se paró en la puerta de la habitación. 



            - Mu… 



            - ¿Qué quieres ahora?
            


            - Por favor acepta el departamento. 



            - ¿Para qué? ¿Para hacerte sentir mejor?... Ahh... no soy tu empleado, no tienes que pagarme.



            - Solo quiero saber en dónde vas a estar. 



            - Já… - dejó las maletas sobre la cama y se acercó al león - ¿Qué es lo que quieres exactamente? 




Tenía la impresión de que Aioria quería controlarlo, estaba convencido de que los sentimientos del león se habían desvanecido con el tiempo y que ahora solo era costumbre, comodidad, que ya no lo amaba, pero que seguía con él porque no tenía tiempo para buscar a alguien más. Y sintió odio, desprecio, frustración y tanto dolor que solo deseaba salir de ahí y jamás volverlo a ver. Y entonces el león habló. 




            - Quiero que estés conmigo porque realmente lo desees, no porque no tengas otra opción - y fue como si de pronto el sentimiento negativo cambiara radicalmente - Te quiero más de lo que podrías imaginarte… por eso te devuelvo tu libertad, para que regreses cuando quieras hacerlo. Pensabas irte un día… si no, no habrías buscado un lugar para estar lejos de mí. 



            - Aioria… 



            - Te esperaré un año, puedes hacer lo que quieras, salir con quien quieras, pero por favor no dejes que yo me entere hasta que te hayas decidido. 



            - ¿Por qué haces esto?



            - Porque quiero que seas feliz, y no creo que aquí lo seas. 



*** 



El timbre sonó alrededor de cuatro veces, pero Camus no tenía ganas de levantarse, quería vivir para siempre en su cama sin enterarse de nada más, estaba cansado, física, emocional y espiritualmente. La situación en su trabajo era simplemente insoportable. Helen no trabajaba en el mismo lugar, pero sí había sido directora del departamento durante muchos años, así que prácticamente todo mundo la conocía, y se habían enterado de lo cruel que había sido el francés por dejarla a última hora en el altar para irse con alguien más, hasta ese punto se había extendido el rumor. Y Camus pensó seriamente en pedir una transferencia, quizá debía cambiar de empleo, de casa, de ciudad, irse del país y del planeta, mudarse a una galaxia donde nadie lo conociera. Así que pidió algunos días libres para poner su vida en orden, algo difícil puesto que no quería ni levantarse de la cama. Su móvil se había descargado por completo. 



Fue por un poco de agua. Eran las cuatro de la tarde aunque él no lo sabía porque había perdido la noción del tiempo. Salió en busca del periódico, ¿había recogido el del día anterior? No lo recordaba tampoco, y se obligó a sí mismo a ir hasta la puerta, la cual abrió muy despacio, como si realmente no tuviera la fuerza necesaria para hacerlo. 




            - ¡Camus! Pensé que no estabas en casa – frente a él se encontraba el escorpión, sentado en el suelo, leyendo noticias deportivas en el periódico de Camus – Vi tu auto y llamé pero… supongo que estabas dormido. 



            - ¿Me estabas esperando? 



            - Sí, bueno, yo… venía a ver cómo estabas… te he llamado algunas veces – lo cierto es que ese “algunas veces” en realidad era muchas, demasiadas, hasta cansarse. 


            - ¿Quieres pasar? – preguntó el francés y Milo sonrió mientras lo seguía. 



Se le veía cansado al francés, con el cabello revuelto, las ojeras marcadas, y más pálido que nunca, seguía con la ropa de cama e iba descalzo. 



            - ¿Te ofrezco algo? Creo que tengo algún refresco en la nevera. 



            - No te preocupes, estoy bien, gracias. Y… ¿cómo has estado? ¿No fuiste a trabajar? 



            - Me tomé algunos días… 



            - Te ves cansado – dijo con verdadera preocupación. 



            - No he dormido bien últimamente. He estado teniendo pesadillas – la seriedad con la que hablaba hizo que Milo se acercara para escucharlo mejor – Apenas me estoy quedando dormido y siento como si hubiera alguien en mi habitación, y creo escuchar ruidos y me despierto. 



            - Oh, por todos los dioses, vi eso mismo en una película, era de un sujeto que vivía solo con su hija y se le aparecía una mujer de verde, y hacía un rechinido terrible con los dientes mientras se le acercaba cuando dormía… - contó muy emocionado hasta que vio la expresión aterrorizada del francés. 



            - Gracias, supongo que ahora podré dormir mejor… - dijo con una leve sonrisa apenas perceptible. 



            - Já, lo siento es que… me gustó esa película… 


            - ¿Y qué pasa al final? 



            - Puedo ir a rentarla y la vemos juntos si quieres. 



Le agradaba la idea, más bien le gustaba pensar que compartiría un par de horas más con el escorpión. Luego pensó con tristeza que había estado mal no haber cerrado ese ciclo con Milo, quizá si le hubiera confesado sus sentimientos años antes, podría haberlo superado y ya no sentir nada por él. Y sin embargo ahí estaba, frente a la persona a la que más había amado, a quien le había ofrecido su alma y cada uno de sus sentimientos sin que éste se lo pidiera. No se sentía capaz de confesarle lo mucho que lo había querido, ni cuántas veces había fantaseado con la idea de un futuro juntos. 



Recargó la cabeza apenas sobre la mesa y el escorpión acercó su silla para estar junto a él.


            - Deberías dormir un poco. 


            - No puedo. Estoy muy cansado… - musitó con un intento de sonrisa – pero no puedo dormir. 


            - ¿Es por el fantasma de tu cuarto? – el francés levantó de inmediato su rostro para toparse de frente al escorpión que lo miraba de cerca, nunca le había pasado por la mente que hubiera un fantasma en su habitación. 


            - No digas esas cosas – Milo sonrió – los fantasmas no existen. 


            - ¿Entonces qué es eso de allá? – señaló a espaldas de Camus y éste se estremeció con una expresión de angustia mientras giraba su cuerpo y tomó inconscientemente el antebrazo de Milo – Lo siento, lo siento, era broma. Vamos, yo velaré tu sueño. 



Y fueron hasta la habitación del francés. Había montones de cajas, supuso que debido a la mudanza cancelada por lo del matrimonio fallido. Y el escorpión quería saber si Camus seguiría viviendo ahí, ¿qué había pasado exactamente? ¿Por qué había cancelado la boda? Tenía muchas dudas y ganas de preguntarle, pero prefirió esperar a que estuviera más lúcido. Se recostó a su lado y esperó hasta asegurarse de que estuviera profundamente dormido. Esperaría pacientemente a que despertara para poder hablar con él. 


Continuará… 

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