viernes, 4 de enero de 2013

Capítulo 6: Junio 17,2008

Capítulo 6



No era su costumbre beber, de hecho, por su experiencia con Milo le habían quedado pocas ganas de probar el alcohol por mucho que adorara un buen vino. Así que cuando el escorpión lo encontró en ese estado después de una discusión con Shura no pudo evitar maldecir al dueño del décimo templo. No sabía muy bien qué era lo que había pasado, pero por medio de Dita, que por alguna razón siempre estaba al tanto de lo que acontecía en la vida de todos, y en especial de la de su vecino, supo que la odiosa cabra había estado presionando a Camus, y si había algo que Camus no toleraba, era ser presionado.




                      - Será mejor que lo lleves a su templo…




Milo lo observó como si su comentario estuviera de más, se encontraban a las afueras del Santuario y el francés no podía mantenerse en pie, su cuerpo estaba parcialmente recargado sobre una columna mientras que Milo lo sostenía para evitar que perdiera el equilibrio. Era una suerte que el griego hubiese decidido salir un rato justamente cuando Camus era conducido por un extraño hasta la puerta principal del Santuario. Dita estaba ahí, como si hubiese estado esperando algo, cosa que no pasó desapercibida para el escorpión.




                      - De cualquier forma… ¿qué haces aquí? ¿Ibas a algún lugar? – preguntó con curiosidad mientras acomodaba el cuerpo de Camus sobre el suyo, ahora el francés se encontraba prácticamente inconsciente.


                      - No – Dita no era de respuestas cortas, así que por un instante Milo pensó que se trataba de un impostor.


                      - ¿Entonces?


                      - Pues bien, estaba con D.M. – en ese momento Milo pensó que prefería que se tratase de un silencioso impostor – cuando vi que Camus salió molesto, maldiciendo en su idioma natal, él no es de los que se enfadan de esa forma… es un gruñón y un odioso pero cuando huye de esa forma tan cobarde es que… – se percató de la mirada asesina de Milo y cambió su tono de voz – ahh, pero ¿qué te digo a ti? Si tú lo conoces más que yo… en fin, supuse que haría alguna estupidez así que decidí esperarlo aquí… digo, tampoco iba a seguirlo y exponerme a ser encerrado en un témpano de hielo… que mi belleza se desperdicie así… JAMÁS – dijo con seriedad antes de sonreír. Milo sonrió también, definitivo, no era un impostor.


                      - Gracias – la sonrisa de Dita se desvaneció y cambió su expresión por una de confusión, por lo que el escorpión se adelantó a la pregunta – por preocuparte por él… nos vemos – dijo antes de entrar al Santuario.



El caballero de piscis se quedó en silencio, con una sensación extraña, quizá había sido un error ayudar a Shura… intentó sacar ese fugaz pensamiento de su mente argumentando que Milo era un idiota, que ni siquiera era de los más hermosos del santuario, había otros mejores que el escorpión, como él mismo y por supuesto Kanon, no sabía de donde le había salido la obsesión por el menor de los gemelos, pero en fin, estaba seguro que lo de Milo y Camus había terminado y para siempre… ¿o no?




***




                      - No vas a ir – le dijo por tercera ocasión. Y por tercera ocasión, el cisne lo ignoró olímpicamente mientras seguía guardando algunas prendas en su maleta – ¡Coño Pato! ¡Te estoy hablando!


                      - Me estás gritando que es diferente – cuando Shun pasó delante de la habitación de Hyoga esbozó una sonrisa inconsciente, le recordaba la época en que el Fénix y el Cisne estaban juntos, aunque en el fondo sabía que esta era otra clase de discusión.


                      - Bien… entonces, calmémonos ambos… - dijo con fingida tranquilidad – no puedes ir… no debes ir…


                      - ¿Ah no? Dame un motivo para no hacerlo – lo retaba con la mirada como antes mientras se cruzaba de brazos.


                      - Si buscas un motivo – dijo mientras se acercaba lentamente, Hyoga sintió el impulso de retroceder pero no lo hizo, quería demostrarle que no era débil y que se había recuperado del daño que le había hecho, aunque eso no fuese totalmente cierto – ten, aquí está…



Musitó cerca de sus labios antes de besarlo, antes de que su lengua se encontrara con la de su pato, acariciándose y explorándose mutuamente, apresó el delicioso cuerpo de Hyoga quien seguía cruzado de brazos, hecho que solo consiguió inmovilizarlo como si hubiera caído en su propia trampa. Pasaron unos cuantos segundos que le parecieron eternos antes de que reaccionara y comenzara a forcejear, pero Ikki se mantuvo firme hasta que el oxígeno comenzó a faltarle y tuvo que separarse de él.




                      - ¿Entonces? – dijo con esa sonrisa de medio lado.


                      - … ¡ERES UN IMBÉCIL! – dijo mientras golpeaba su abdomen con todas sus fuerzas dejando al Fénix sin aire, cosa que aprovechó para echarlo de su habitación mientras seguía maldiciéndolo.



No lo entendía, o quizá no quería entenderlo. Una vez que el Fénix estuvo fuera, cerró la puerta con fuerza, y cuando la adrenalina se disipó no pudo hacer otra cosa más que dejarse caer.




                      - Te odio – musitó con rencor, quería creer en sus propias palabras porque le seguía doliendo el abandono del Fénix, tenía tantas ganas de reclamarle el tiempo perdido, seguía preguntándose si alguna vez habría sentido al menos cariño por él, y si no había sido así entonces quería preguntarle por qué le había hecho creer lo contrario, ¿por qué lo seducía de esa forma descarada? ¿Para qué se empeñaba en mantenerlo a su lado si no lo amaba?



Había muchas cosas que a Hyoga le habría gustado preguntar, había otras tantas que solo los días habían traído consigo, sabía que Ikki no merecía que sus pensamientos se dirigieran exclusivamente a él, el idiota del Fénix no merecía ninguno de los sentimientos que Hyoga seguía albergando, porque a pesar de que sabía que jamás sería correspondido no podía dejar de amarlo, se sentía miserable, idiota y poca cosa cuando pensaba que incluso ahora, incluso sabiendo que Ikki no sentía nada, él no era capaz de rechazarlo. Su sentido común le decía que lo olvidara, que podía refugiarse en Saga y que comenzara de nuevo, pero no podía, era como si siguiera atado al Fénix de manera enfermiza, como si inconscientemente tuviera todavía la esperanza de escucharlo decir que lo amaba. Odiosas lágrimas se acumulaban en sus hermosos cielos y por un momento creyó que saldría corriendo en busca de Ikki, ofreciéndole cualquier cosa para que todo fuera como antes, o quizá rogándole que acabara con las estúpidas esperanzas que no hacían más que torturarlo, acarició sus propios labios y sus puños se cerraron con un sentimiento parecido al odio.




                      - Se acabó – dijo mientras se ponía de pie y continuaba guardando lo necesario para el viaje – ya no más Ikki, esta fue la última vez.



***




Estaban por llegar al templo del escorpión, Milo se preguntó si no sería una mejor idea dejar que Camus descansara ahí para no tener que pasar por la casa de la odiosa cabra, que quién sabe qué sería capaz de hacer si se enteraba de que Camus se encontraba casi inconsciente y sin reconocer nada. El de acuario iba balbuceando palabras incomprensibles y Milo se limitaba a darle por su lado, avanzaban con pasos torpes, aunque era Milo quien llevaba casi todo el peso del francés. Entró con él hasta su habitación, y lo recostó en la cama para después quitarle los zapatos, a pesar de la sensación etílica, el cuerpo de Camus seguía teniendo ese delicioso aroma tan suyo, ese que embriagaba a Milo sin que pudiera hacer algo al respecto porque Camus ya no era suyo.




                      - Mm… - el sonido se asemejó a un delicioso gemido, de esos que Milo adoraba y que tenía ya tiempo sin escuchar – Milo…



Su nombre se sintió extraño, fue como un discreto golpe en su pecho que se extendía hasta su garganta y le impedía respirar, se acercó un poco más, observando a detalle su rostro, era hermoso, acarició sus labios queriendo apoderarse de ellos, pero sabía que no tendría el valor de hacerlo, no porque no quisiera, sino porque sabía que Camus no se lo perdonaría, ya bastante daño le había hecho antes. Se quedó un par de minutos recargado en la cama, observando al francés como si se tratara de un extraño, como a un desconocido que tan solo le parecía familiar. Sonrió con tristeza y se separó de él sabiendo que si no lo hacía, terminaría sobre su cuerpo.




                      - Milo… - intentaba ubicarlo con la mirada y el escorpión se acercó un poco para interpretar lo que fuera que Camus deseara decir, y sin que tuviera tiempo de reaccionar sintió como los brazos del de acuario se cerraban a su alrededor atrapándolo en un abrazo que lo asfixiaba pero del que no se quería deshacer – quédate… - musitó con dificultad mientras acariciaba el cabello de Milo quien de inmediato se apoderó de sus labios, y se fue colocando parcialmente sobre él.



Una de las manos del escorpión bajó para comenzar a quitarle la ropa mientras seguía restregándose contra su cuerpo, bastaron pocos minutos para que las caricias y los besos se hicieran más intensos, Camus inconscientemente había separado sus muslos dejando espacio para que Milo se acomodara entre ellos mientras éste besaba su cuello, bajando por su abdomen, sintiendo la calmada respiración del francés. Demasiado calmada - pensó. Su mirada se dirigió de inmediato al rostro del de acuario y entonces se dio cuenta de que estaba dormido.




                      - ¡Noo! Cam… despierta – movió su cuerpo levemente pero no obtuvo la respuesta deseada – ¡Ahh! – suspiró derrotado y abandonó la posición sobre Camus para colocarse a su lado, con una tremenda erección que seguramente no lo dejaría dormir – Debería cambiarte de ropa… - sonrió – y sirve que veo si el imbécil de Shura te ha hecho algo.



La sonrisa se desvaneció con la misma rapidez, no había día en que no se preguntara si ellos se amaban, de alguna forma su cerebro se negaba a procesar la información, para él Shura seguía siendo un intruso entre ambos, una odiosa presencia que no hacía más que crear un vacío que con el tiempo sería infranqueable. Comenzó a quitarle el pantalón y no pudo evitar acariciar su miembro sobre la ropa interior.




                      - Já... Tu cuerpo reacciona aunque estés inconsciente… tal vez debería… - deslizó sus dedos por debajo de la ropa, quería acariciarlo, deseaba que las cosas fueran como antes cuando podían hacerlo cuando les diera la gana. Sabía que eso no sucedería así que se detuvo, la cercanía del cuerpo del francés comenzaba a dolerle tanto como su ausencia – ¡Ahh! Camus, ¿por qué tenías que quedarte dormido?



Se dirigió al baño para terminar con su excitación. Cuando salió terminó de quitarle la ropa no sin antes dar un vistazo buscando cualquier tipo de marca que pudiera haber en su cuerpo.




***




                      - ¿Qué sucede? – preguntó el arquero amablemente pero solo recibió un gruñido como respuesta, de haber sido alguien más, habría regresado a su templo, pero la paciencia que lo caracterizaba hizo que se mantuviera ahí, y que incluso se acercara hasta sentarse a su lado.


                      - Nada… - terminó su cigarrillo e hizo ademán de encender otro.


                      - ¿Discutieron? – preguntó con fingido desinterés – ¿ahora qué le hiciste?


                      - ¿Por qué… por qué todos piensan que soy yo el que comienza con las discusiones?



La reacción de Shura era comprensible si se consideraba el hecho de que horas antes, Dita había acudido a su templo haciéndole la misma pregunta “¿qué le hiciste?” ¿Acaso querer acercarse a Camus era mal visto? No lo entendía, se suponía que eran una pareja, y las parejas lo hacían cuando se excitaban, y dioses, sabía que muchas veces Camus terminaba terriblemente excitado ante sus caricias pero siempre se detenía a último momento y bueno, era cierto, él quizá ejercía un poco de presión y por lo regular Camus terminaba enfadándose, perdiéndose el resto de la tarde, nunca supo a donde iba cuando huía de esa forma, solamente la primera vez intentó seguirlo pero cuando el francés se dio cuenta se enfadó tanto que dejó de hablarle varios días, así que después de eso no lo volvió a intentar.




                      - ¿Entonces fue él?


                      - ¿Qué?

                      
                      - ¿Él te hizo algo? – le dolió pronunciar esas palabras.


                      - No, fue una estupidez… ya regresará más tarde.



Lo que Shura no sabía, era que esa noche Camus no regresaría, quizá si lo hubiera sabido habría ido a buscarlo, y se habría perdido de esas horas al lado de Aioros. Eran las 3:24 a.m. cuando decidió irse a dormir, si hubiera sido decisión del arquero, habrían pasado ahí más tiempo hablando de cualquier cosa, pero así era la vida, uno terminaba enamorándose de personas inalcanzables. Extrañaba aquellas noches en que Shura pedía asilo en su templo para alejarse de los gemidos en las maratónicas sesiones del bicho con Camus. Intentaba convencerse de que el español ahora era feliz, quizá la vida no era tan injusta para todos.




***




La mañana llegó como un dolor de cabeza para algunos.




                      - ¡Aahh! – se quejó. Milo le ofreció un vaso con agua, y Camus abrió los ojos antes de removerse en la cama – gracias Mi… ¿MILO? ¡Ahh! – su propia voz lo lastimaba.


                      - ¿Por qué tan sorprendido? – preguntó con una sonrisa, le daba la impresión de que faltaba poco para que Camus sufriera de algún colapso nervioso o de un ataque de histeria, así que sin decir nada más, se dirigió a la puerta.


                      - Espera… tú y yo… - no sabía cómo continuar.



Milo sonrió nuevamente, estaba a punto de decirle que sí, que lo habían hecho y que ambos lo habían disfrutado, pero la angustia en el rostro del francés se lo impidió, en realidad no se trataba más que de una leve inclinación de su ceja derecha pero él había aprendido a leer sus expresiones, había aprendido a leerlo a él.




                      - No, tan solo te quedaste aquí… - Camus respiró aliviado – y te manosee un poco… - musitó.


                      - ¿QUÉ?


                      - ¿Eh? ¿Sucede algo? – la expresión de Milo le hizo creer que quizá había escuchado mal – te dejé algo de ropa en el cuarto de baño, será mejor que te des prisa, no queremos que la cabra se enfade ¿o sí?



Pensó en las palabras de Milo, eran dichas con cierta melancolía a pesar de que su tono de voz intentaba ser alegre, así era él, intentaba hacerse el fuerte todo el tiempo, ocultando sus sentimientos incluso mejor que el mismo Camus, la diferencia entre ellos era simple, Camus no tenía la capacidad de sentir muchas cosas, así que cuando lo  hacía podía controlarse, no siempre pasaba desapercibido, la gente más cercana a él se daba cuenta de los leves cambios de humor en el francés, en cambio Milo… él simplemente dejaba que los sentimientos se mezclaran en su interior, se dejaba arrastrar por ellos hasta puntos en extremo dolorosos, pero irónicamente, después de su relación con Camus, había aprendido a disimular los sentimientos importantes, comprendía que esta vez había perdido, que ahora no había vuelta atrás, no había un nuevo comienzo ni existían las segundas oportunidades.




                      - ¡Camus!



El aludido se sobresaltó un poco y de inmediato cubrió su cuerpo con una sábana y su cabeza con una almohada, la “armoniosa” voz de su vecino no le hacía mucha gracia en el estado en el que se encontraba, a decir verdad, nunca le hacía mucha gracia.




                      - Sabía que estabas aquí – dijo mientras se sentaba en la cama de Milo y le quitaba la almohada a Camus, el francés se preguntaba cómo demonios había entrado al templo del escorpión con tanta libertad, pero bueno, era Dita, cualquier cosa podía esperarse de él – vaya, veo que se la pasaron bien anoche… - tomó la orilla de la sábana y la jaló para dejar parcialmente descubierto el cuerpo de Camus.


                      - ¡¿Qué crees que haces?! – gritó el bicho desde la puerta mientras el rostro del de acuario comenzaba a adoptar un sutil carmín ante la mirada pervertida de Afrodita.


                      - Nada, siempre me pregunté qué le veían tú y la cabra… creo que hasta podría competir con Kanon… 


                      - ¿De qué hablas? - Milo se acercó a ambos y empujó a Dita para alejarlo de Camus.


                      - ¿Qué sucede? – preguntó el francés abandonando su mutismo.

                      
                      - No sean tan exagerados… bueno, en la mañana recibí la llamada del joven Andrómeda, quien por cierto se escuchaba muy animado o quizá sería mi imaginación… mm… no lo sé, puede que…


                      - ¿Y eso qué? – interrumpió antes de que el de piscis comenzara con uno de sus interminables monólogos.


                      - Calma mi querido francesito.



El peliceleste acarició el cabello de Camus, y Milo no pudo evitar apartarlo tomándolo de las muñecas.




                      - Bicho, Shion me acaba de avisar que… ¿qué están haciendo? – ahora era Kanon quien irrumpía en el recinto. Seguramente ya se estaría imaginando toda clase de cosas - ¿acaso es una fiesta privada?


                      - ¡NO! – dijo Camus con un gesto de seriedad y enfado, ¿por qué todos entraban con esa desfachatez? No lo entendía – Más vale que no estés pensando nada extraño porque… - sus palabras murieron en sus labios cuando se percató de que ahora era el centro de atención – ¿qué…? – y pronto supo por qué, con la intervención de Milo su cuerpo había quedado aún más descubierto, y ahora era presa de la lujuriosa mirada del dragón marino, junto con Dita que los observaba a ambos como si se encontrara analizando la situación – ¡ya deja de verme! – gritó dándole un almohadazo, envolviéndose en la sábana y dirigiéndose al cuarto de baño.



***




                      - ¿Estás seguro? – insistió Shun


                      - Sí, necesito tiempo para pensar.


                      - Pero Hyoga, si te vas, es como si estuvieras huyendo de mi hermano… - algo de cierto tenía lo que decía el menor.


                      - No estoy huyendo de nada, tan solo tomaré unas vacaciones.


                      - Hyoga… ¿sucedió algo?


                      - Nada Shiryu, todo sigue igual, pero ya, no se preocupen, ¿dónde está Seiya?


                      - Se quedó en la facultad terminando un trabajo, aunque conociéndolo, seguramente ahora se encuentra dormido en alguna banca… - el rubio no pudo evitar sonreír - Bueno - no estaba muy convencido pero sabía que una vez que Hyoga pensaba en algo, ni todos los dioses lo harían cambiar de opinión, así que era mejor estar de su lado - ¿quieres que te llevemos al aeropuerto?


                      - No hace falta, lo llevaré yo – la voz del fénix se hizo escuchar en toda la estancia – después de todo, también pienso ir a Grecia.



Los tres jóvenes lo observaron, para Shun, esa sería la oportunidad perfecta de reconciliación, para Shiryu ese sería el viaje que aclararía las cosas para ambos, fuera que regresaran o que decidieran dejarse ir para siempre, pero para Hyoga, ese tan solo era el inicio de un muy, muy largo viaje.




Continuará…

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