lunes, 21 de enero de 2013

Capítulo 3: Los primeros días - Septiembre 3.2012



Capítulo 3: Los primeros días



La primera noche Camus no tuvo nada de qué preocuparse, seguía medio adormilado por el sedante que le habían puesto y Zeus prácticamente se limitó a observarlo dormir. Cuando despertó se sorprendió al encontrarse en una cama desconocida con el mismísimo dios del Olimpo durmiendo sobre un mullido sofá frente a él. Por un breve instante pensó que todo era un mal sueño, “Esto no puede estar pasando, por Athena que todo sea una pesadilla” – se dijo a sí mismo, la situación no parecía real, pero el breve y punzante dolor en su cuello le decían lo contrario. 



Y se dio cuenta de que no estaba soñando, miró a su alrededor en busca de una salida antes de que el dios notara que había despertado, y con toda la rapidez que pudo corrió hacia ella, quería saltar y ser libre pero un carraspeo hizo que se detuviera. 



             - ¿Qué crees que haces? – el francés se quedó inmóvil, sentía que apenas podía respirar aunque no comprendía el origen de su miedo. Supuso que era lógico, tenía al máximo dios, al más poderoso de todos a unos cuántos metros, y no sabía cómo actuar. 

             - Yo… solo… quería tomar un poco de aire – dijo con una voz tan débil que apenas si se escuchó. 

             - ¿No vas a darme los buenos días primero? – musitó Zeus mientras se acercaba peligrosamente al de acuario. 



Podía sentirlo a su espalda, poderoso y dominante. Y giró su cuerpo rápidamente para hacer una breve reverencia mientras decía “Buenos días”. Pero eso no era suficiente para el dios, así que atrajo el cuerpo tenso de Camus y aspiró el aroma de su piel, el francés tan solo cerró los ojos y giró su rostro como si su contacto lo lastimara. 



Intentó besar al de acuario, pero su expresión de angustia hizo que tan solo rozara su frente con sus labios. Hacía años que había dejado de ver ese nerviosismo en el que creía era Ganímedes, por lo que ahora le parecía extraño que se comportara de esa manera. Zeus creyó que quizá el joven tendría miedo de que lo reprendiera por haber intentado escapar, así que abrazó su cuerpo para hacerle saber que no estaba molesto. 



             - Solo te diré esto una vez… - musitó cerca de su oído – Voy a creer que solo querías ir a pasear… pero si se te ocurre volver a irte… entonces conocerás realmente lo que es la furia de un dios… ¿De acuerdo Gani?



Camus asintió mientras un profundo terror recorría su cuerpo. Y eso ocurrió el segundo día. No intentó siquiera salir de la habitación, tampoco es que le hubieran permitido ir muy lejos. Pero parecía un pequeño ratoncito asustado, apenas si comió en todo el día, no tenía apetito y sintió una especie de alivio cuando la diosa Afrodita se presentó en su habitación. 



             - ¿Y bien? – preguntó Camus después de algunos minutos en los que ella se limitó a cepillarse el cabello. 

             - ¿Bien qué?

             - ¿Cuándo me sacarás de aquí?

             - Cani querido… 

             - Camus

             - Lo que sea, escucha, ni siquiera yo puedo salir del Olimpo en este momento, le pedí a Hermes que llevara un mensaje al Santuario, es todo lo que puedo hacer por ahora… Pero relájate… Gani tiene muchos privilegios… bueno, también tiene obligaciones, pero… por lo que me han contado, Zeus hace todo el trabajo, así que… no te preocupes por eso, no es nada del otro mundo. 



En ese momento, el francés no entendió a qué se refería, así que no le prestó mucha atención a su parloteo. Sin embargo, en esa segunda noche, Zeus le pidió que atendiera en una de las tantas fiestas que solía ofrecer en su palacio, la idea del dios era que todo regresara a la normalidad, como si su intento de escape jamás hubiera pasado, quería que retomara su lugar en el Olimpo y que dejara de actuar tan nervioso. 



Pero sobra decir que la capacidad de Camus para servir cosas era pésima, además de tropezar cada cinco minutos era todo un peligro en la fiesta, quebró un montón de copas y botellas de vino, incluso derramó bebidas accidentalmente sobre uno que otro ex amante del padre de los dioses, y no paraba de disculparse por todo, el mismo Zeus fue quien le ordenó retirarse antes de que a Dionisio le diera un ataque e intentara matarlo al ver sus mejores cosechas desperdiciadas en el mármol del suelo.



Así que el francés se fue directo a su habitación con la ayuda de un mapa que la diosa Afrodita había dibujado en una servilleta para él con tinta rosa. 



             - Ahh – suspiró el de Acuario, él no le veía ningún privilegio al estar toda la noche de pie sirviendo a los libertinos dioses, se tendió en la enorme cama y abrazó por un instante la frescura nocturna de las sábanas. 



Era un bello lugar. Había visto por la ventana la mayor parte de la tarde y todo parecía mágico, las flores, el pasto, era como un paraíso, solo que estaba incompleto, faltaba Milo, y nada sería perfecto sin él. Sonrió con tristeza al pensar en su última conversación, ¿cuándo volvería a verlo? ¿Qué iba a decirle cuando se lo topara de frente? Agradeció no tener que pasar por la vergüenza de tener que hablar con él, sin embargo, lo extrañaba, necesitaba ver su rostro, su sonrisa, quería saber que estaba ahí, a unos cuantos templos de distancia. Comenzó a quedarse dormido hasta que sintió un enorme peso sobre su cuerpo y de inmediato comenzó a alarmarse. 



             - ¡Ahh! – gimió empujando al sujeto que tenía encima, quería golpearlo por tal atrevimiento. 

             - Shssss…. Soy yo… - dijo Zeus intentando calmarlo, pero produjo el efecto contrario. Decir que el francés estaba aterrorizado era poco. 



El mayor tomó su rostro entre sus manos mientras Camus seguía forcejeando para librarse de él. 



             - Gani… - dijo con dulzura - ¿Qué ocurre? – lo obligó a mirarlo a los ojos, y entonces Camus comprendió a qué se refería Afrodita cuando hablaba de sus “obligaciones”.

             - Yo… No me siento bien – musitó despacio con voz entrecortada.

             - ¿Quieres que traiga a un médico?

             - No… no… - negó de inmediato – solo necesito descansar un poco. 

             - De acuerdo. 



Camus pensó que lo dejaría solo, sin embargo el mayor se limitó a acomodarse entre las sábanas mientras abrazaba su cuerpo de forma posesiva haciendo que el de acuario no pudiera dormir. Y esa fue la segunda noche. 



***



             - ¡No lo haré! – gritó Camus muy molesto desde el otro lado de la puerta durante la tercera noche - ¡Me rehúso! 



Afuera algunos de los sirvientes insistían en que debía salir y cumplir con sus funciones en el salón, pero el francés se empeñaba en quedarse ahí encerrado, no le importaba lo que dijera Zeus, nadie podría obligarlo a nada que no quisiera hacer… o al menos eso pensaba él. Todo había comenzado aquella tarde cuando un sujeto llegó con una caja envuelta en un delicado papel color blanco con plateado, y un enorme listón tornasol metálico, y tenía que aceptar que se había emocionado, hacía mucho que no recibía un regalo (aunque técnicamente no era suyo sino de Ganímedes), pero qué más daba, lo abrió feliz como un crío y luego la sonrisa se borró de sus labios cuando tomó entre sus manos la túnica que debía usar esa noche. Pensó que se trataba de un error, un inquietante error, él ni siquiera cabía en algo TAN, pero tan pequeño, así que lo guardó de nuevo en la caja, ya buscaría la manera de deshacerse de ese trapo. 



             - Ahh – suspiró cansado. 



En verdad quería regresar a su vida, la vida real donde no era más que un humano, quería estar en el Santuario, en su templo, en su cama, deseaba estar con sus compañeros y con Milo, aunque éste no le correspondiera. Aunque pensándolo bien, si de desear se trataba, habría deseado que el escorpión lo abrazara y le dijera que todo estaría bien, y de paso quizá que lo amara un poco, no pedía mucho, solo un poco y con eso podría ser feliz el resto de su vida mortal. 



Miró nuevamente la prenda, tendría que buscar una forma de salir de ahí antes de que Zeus lo obligara a cumplir sus funciones dentro del Olimpo, y peor aún, dentro de su cama. Le angustiaba de solo pensarlo y sintió lo que nunca antes había sentido, se sentía perdido, débil e impotente. Y se sentó en el suelo sin importar que lo pudieran ver así, después de todo creerían que era Ganímedes. 



Cuando escuchó la voz de Zeus volvió a sentir una especie de temor, y es que el dios lo intimidaba bastante. No quería ni pensar en lo que sucedería si se daba cuenta de que estaba siendo engañado por un simple mortal. 



             - ¿Algún problema Gani? – preguntó acercándose. 

             - No… no señor – respondió en voz baja. 

             - Bien, entonces dejar de perder el tiempo y vístete – acarició suavemente el pecho del más joven y Camus se estremeció sin poder evitarlo, nunca lo habían tocado de esa forma y cerró los ojos intentando ocultar la expresión de disgusto – Estaré afuera, y sabes que no me gusta esperar. 

             - Me preguntaba si… podría usar otra ropa… - el dios detuvo su paso y se acercó nuevamente al francés. 

             - No… - dijo con una sonrisa triunfal.



Quería exhibirlo, quería que los demás lo observaran, que anhelaran tener su cuerpo y que supieran que eso era imposible porque era completa, absoluta y eternamente suyo.



Camus se mantuvo muy callado durante la cena. No decía nada pero se le veía molesto, en especial cuando algunos de los otros dioses pasaban muy cerca de él y rozaban su cuerpo disimuladamente. Se estaba muriendo de vergüenza, de coraje y hacía un berrinche cada vez que pensaba que Zeus no lo veía, sin embargo, el dios siempre estaba atento aunque Camus no lo notara. 



La bebida pronto hizo efecto en algunos y no tardó en hacerse un disturbio que distrajo la atención de todos. El francés pensó ilusamente que esa era su oportunidad de escapar y se escabulló entre la multitud, pero tan pronto como llegó al gran portón sintió que alguien lo jalaba violentamente del brazo. 



             - ¿Vas a algún lado?..... Ganimedes – arrastró las sílabas de su nombre despacio. 



Camus apenas volteó para toparse al responsable de haber frustrado su escape. Y una sensación de pánico lo invadió de inmediato. Supo en ese preciso instante que ésta vez estaba en graves problemas. 



*** 



Para Ganímedes todo fue muy diferente pero no menos estresante. El caballero de piscis le había dicho a grandes rasgos cómo eran los demás, pero por más que se los repitiera no conseguía aprenderse sus nombres, así que el peliceleste lo acompañaba siempre que podía, sin embargo, también tenía obligaciones y muchas veces lo dejó a su suerte por atender otros asuntos. 



             - Camus – iba distraído, así que ni siquiera se percató de que le estaban hablando, aún le costaba mucho responder con ese nombre – Camus, ¿podemos hablar? – preguntó Milo, y casi tuvo que ponerse frente a él para llamar su atención. El joven lo observó con curiosidad intentando recordar quién era y cómo era su relación con el francés – Quería explicarte lo del otro día – por la expresión del griego, Ganímedes creyó que se trataba de algo serio y no sintió que fuera correcto escucharlo cuando él no era Camus. 

             - Sabes… ahora no puedo hablar contigo, estoy algo ocupado, así que, si me disculpas tengo que irme – respondió y antes de que el escorpión pudiera decir algo, se alejó casi corriendo rumbo a su templo – ¡Tal vez otro día! – gritó sin siquiera mirarlo. 



Y Milo supuso que el francés estaba enfadado por lo de Aioria y por no haberle dado una respuesta. Intentó hablar varias veces con él pero siempre obtenía alguna excusa, y pronto se sintió frustrado e incluso algo molesto, aunque no estaba muy seguro del por qué. Camus siempre había estado ahí, a su lado, y el no tenerlo, el ni siquiera poder acercarse a él le angustiaba, sentía como si lo estuviera perdiendo para siempre, tenía el presentimiento de que un día tan solo desaparecería, y eso le dolía mucho. 



El problema era que no estaba seguro de poder corresponder sus sentimientos, no porque no le gustara el francés, sino porque le gustaba demasiado, lo quería como amigo, como compañero, pero nunca había pensado en él de otra forma. Y de pronto comenzó a obsesionarse con Camus, le dolía cada vez que lo veía intercambiar palabras con alguien más y no con él. ¿Había sido ese el fin de su amistad? Pensó que quizá si dejaba pasar un tiempo las cosas volverían a la normalidad, así que dejó de insistir y se limitó a observarlo de lejos, con la esperanza de que fuera el francés quien se acercara a él.



Pero Camus no lo hizo, de hecho, se percató de que pasaba muchísimo tiempo con Afrodita, más tiempo de lo debido, y también se dio cuenta de que le molestaba la manera en que el francés se pegaba al de piscis, parecía como si temiera no tenerlo a su lado, y eso le provocaba celos desmedidos hacia Dita. ¿Acaso había sucedido algo entre ellos?



Y fue precisamente durante la mañana del tercer día, cuando algo sucedió. Ganímedes tenía planeado quedarse encerrado, para siempre si era posible, para lamentarse de que su queridísimo Zeus ni siquiera se percatara de ausencia. En verdad que quería llorar, y solo esperaba que Camus se encontrara a salvo del pervertido dios. Aunque éste tenía algún tiempo de ignorarlo, así que supuso que tampoco se le acercaría a Camus, pero estaba equivocado. 



Se dejó caer en un sofá de su templo y algunos minutos después apareció Shura con una “brillante” idea. El español había notado que el de acuario llevaba varios días sin ir a los entrenamientos, y lo obligó a salir diciendo que estaba muy pálido y que tenía que cumplir con sus obligaciones como santo de Athena. Era muy responsable el de capricornio, de hecho, era el más responsable de todo el santuario y Ganímedes tenía la mala suerte de que fuera precisamente él, el vecino de Camus. 



El semi dios intentó fingir que estaba enfermo, pero Shura (siempre atento) se encargó de tomarle la temperatura y llegó a la conclusión de que estaba bien, así que no le quedó más opción que salir, contra su voluntad y contra todos sus deseos. 



             - Ahh – Ganímedes respiró profundamente mientras veía al sujeto de cabello rubio frente a él. No parecía muy fuerte, la verdad es que le parecía algo esquelético, así que se sintió un poco aliviado, quizá si esquivaba sus golpes todo estaría bien, después de todo era un semi dios y frente a él estaba un simple humano, ¿qué podría pasarle? 



Pero lo que no sabía era que ese simple humano (Shaka) era uno de los más fuertes aunque no lo aparentara. 



Ganímedes ni siquiera lo vio venir, era tan rápido que aunque lo hubiera visto no habría podido esquivar el primer ataque del rubio. Todos los que estaban ahí, incluyendo al escorpión que observaba desde unas gradas, se sorprendieron al ver el cuerpo del francés estrellándose contra una columna. Y Milo fue el primero en correr a su lado para asegurarse de que estuviera bien. 



             - Camus… - musitó Shaka algo desconcertado - ¿Estás bien? 

             - Yo… – se encontraba desorientado, no podía creer que lo hubiera vencido tan fácilmente.

             - ¿Te encuentras bien Camus? – preguntó Kanon realmente preocupado. 

             - Sí… - respondió apenas, estaba mareado. 

             - Ah, menos mal. Me tenías preocupado francesito – dijo con una sonrisa resplandeciente causando una sensación extraña en el joven, era como ver la perfección hecha persona con una sonrisa encantadora. 

             - Vaya... eres... muy guapo- fue lo único que alcanzó a decir antes de perder la conciencia, aunque esas simples palabras fueron suficientes para dejar sorprendidos a los presentes, en especial a Milo y a Kanon. 

             - Si que lo golpeaste fuerte Shaka – dijo el dragón – Pobre, lo has dejado noqueado – sentía un extremo nerviosismo ante las palabras del francés y no sabía qué hacer o decir. 

             - Kanon, no fue mi intención… en verdad no creí que lo dejaría así – el de virgo estaba muy preocupado por la salud de Camus. 

             - Ya, no pasa nada, lo llevaré a su templo para que descanse. 

             - No tienes por qué hacerlo Kanon… - interrumpió Milo con cierto aspecto sombrío en el rostro, había algo distinto en su mirada – Yo lo llevo – sin esperar una afirmación de su compañero, tomó el cuerpo inconsciente de Camus en brazos y emprendió el camino hacia el templo de éste. 



Continuará…

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