domingo, 20 de enero de 2013

Capítulo 2: Quisiera saber todo de ti - Marzo 16.2012



Capítulo 2: Quisiera saber todo de ti



         - Ahh… – suspiró recargándose en la mesa – Que pequeño es el mundo ¿no?... – dijo Hyoga después de casi cinco minutos en completo silencio.



Había observado con curiosidad la habitación pero a primera vista no se había topado con nada interesante. No había libros ni fotografías, parecía una imagen sacada de una revista de decoración. Demasiado sobrio para su gusto, y es que su departamento era todo un desastre, era el apocalipsis comparado con esa habitación donde se encontraba ahora.



         - Si te sientes muy incómodo – comenzó a decir el rubio, aunque lo cierto era que el incómodo era él – puedo hablar a la compañía para que envíen a alguien más…

         - No, quédate… - el cisne abrió los ojos sobremanera e intentó disimular su sorpresa. En su adolescencia había fantaseado en silencio tantas veces con el fénix, que ahora que lo tenía delante de sí tan solo no podía respirar – No te preocupes, podemos solo… hablar – y entonces Hyoga pudo respirar de nuevo - ¿Cuánto tiempo llevas en esto? – dijo acercándose al pequeño bar. 

         - Más de lo que quisiera – dijo con una sonrisa.

         - ¿Meses? – el rubio negó con la cabeza - ¿Un año?

         - Casi desde que dejé la mansión… ¿puedo encender el televisor?

         - Claro.

         - Iban a pasar un programa que quería ver…

         - "Van a pasar un programa que quiero ver" - corrigió en voz muy baja pero Hyoga no lo escuchó.



Ikki se sentó a su lado y le ofreció una bebida que el rubio aceptó con algo de duda. Tenía muchas preguntas que hacerle, quería saber por qué, en qué momento su vida había tomado ese rumbo y si estaba feliz con lo que hacía, quería saberlo todo, y entonces lo escuchó reírse con el programa que transmitían por televisión, y fue como regresar a casa, sintió que todo estaba bien y no quiso arruinar las cosas acribillándolo con preguntas.



***



Camus había empezado a fumar a los 23 años para calmar su nerviosismo, lo dejó dos años después aunque ocasionalmente extrañaba los efectos de la nicotina. Le gustaba nadar pero tenía años de no hacerlo. Se había enamorado 2 veces en toda su vida y no había sido correspondido ninguna. Tenía 30 años. En su auto siempre había galletas de soda y casi nunca desayunaba en su casa. No creía en dios, pero cuando estaba en el Santuario había rezado todos los días para que Milo se fijara en él. No le sirvió de nada.



***



Milo se había mudado porque Aioria se lo había pedido. Aún no conocía a nadie en la ciudad y seguía perdiéndose cada vez que intentaba tomar un atajo a casa. Por lo regular algo llamaba su atención, ya fuera una tienda departamental, alguna heladería, un centro de videojuegos o algún bar, como ocurrió esa noche. A veces la soledad le pesaba, pero al mismo tiempo estaba emocionado, sentía como si hubiera reiniciado su vida. Todo era nuevo y excitante.



Escaneó el lugar con la mirada, era oscuro como cualquier otro bar y la música se mezclaba con un partido de futbol que transmitía por televisión junto a la mesa de billar. Pidió una cerveza y se sentó en el único lugar disponible de la barra.



         - ¿Está ocupado este asiento? – preguntó porque la persona en cuestión parecía fuera de lugar, no se veía que estuviera divirtiéndose así que pensó que quizá estaba esperando a alguien.

         - No – respondió y su voz le pareció familiar.



La escasa luz le dificultaba apreciar sus facciones y tuvo que mirarlo entre fija y discretamente al menos durante 4 minutos antes de que una sonrisa triunfal apareciera en sus labios. Por fin lo había reconocido.



         - ¿Camus? – por primera vez el francés le prestó atención al sujeto extraño que se le había acercado diciendo su nombre, y un leve suspiro lleno de sorpresa se perdió entre la estruendosa música.

         - …Milo… - pronunció finalmente cuando el asombro se lo permitió.

         - Vaya… Estás… muy cambiado… - tenía AÑOS de no verlo y ahora de pronto se lo encontraba en un bar al cual había llegado porque se había perdido de regreso a casa, definitivamente el destino había sido muy generoso con él - ¿Vienes solo?

         - … No… de hecho, vengo con unos… amigos… - no supo si llamarles así porque sentía que su pasado era una barrera entre él y los demás, no tenía anécdotas de una infancia normal, así que sin importar lo que pasara, siempre le quedaba la sensación de vacío, de mentir y de guardar secretos que no podía compartir con nadie más.

         - Ahh… ¿y dónde están?

         - Son… los de la mesa de billar – se sentía muy incómodo hablando con Milo y se notaba.



Más tarde, tres jóvenes se acercaron al francés y éste les presentó a Milo, quien de inmediato congenió con ellos.



         - ¿Qué les parece si vamos a la Avenida G.? – dijo uno de ellos – Debes venir también Milo.

         - Claro… ¿qué hay ahí? – preguntó y uno de los amigos de Camus le comentó en voz baja que era el barrio rojo de la ciudad – Ahh… ¿y… van seguido? – no se imaginaba al de acuario en esos lugares.

         - No, pero hoy es un día especial, ¿no crees? – dijo otro de ellos y sonrió al ver la expresión desconcertada de Milo - ¿No te lo dijo Camus? ¿No se lo dijiste? - preguntó viendo al francés.

         - ¿Decirme qué?

         - Es su despedida de soltero…

         - Ahh… - parecía desconcertado el escorpión.

         - Se nos casa en un unos meses.



Y se dio cuenta de que el destino siempre traía más de una sorpresa.



Continuará…

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