viernes, 4 de enero de 2013

Capítulo 2: Marzo 18,2007



Capítulo 2



Milo entró a la habitación donde sabía que se encontraba Camus. Lo observó, se veía tan bien esa noche, no, falso, siempre se veía bien. Cerró la puerta y se acercó a la cama, estuvo a punto de tocar aquellos labios que tantas veces había besado, pero temía despertarlo y que comenzara una nueva discusión, discusión donde él saldría perdiendo, puesto que no tenía nada que hacer en la habitación del francés. Un movimiento casi imperceptible llamó su atención, Camus flexionó una de sus piernas quedando en una pose por demás provocadora, y eso fue suficiente para que el escorpión se acercara y acariciara sus muslos y su rostro. 



Camus abrió los ojos lentamente poniéndose al tanto de la situación.



                         - Milo, ¿qué haces? 


                         - Camus... - intentó besarlo, pero era tal su estado de embriaguez que el de acuario pudo esquivarlo facilmente y quitárselo de encima - Camus... perdóname, por favor - había comenzado a sollozar y se odiaba por ello, detestaba sentirse vulnerable - quiero que estés conmigo, te necesito...


                         - Milo, estás ebrio, será mejor que regreses a tu habitación. 


                         - Pero... - intentó toparse con esa mirada que tiempo atrás le había pertenecido, pero no lo conseguía, Camus no estaba interesado en él. 


                         - Vete Milo, no quiero discutir contigo ahora.


                         - ¿Y por qué habríamos de discutir? Yo te amo Camus... - tomó una de las manos del francés entre las suyas.


                         - Já - rió sarcásticamente mientras se separaba de Milo - si me amaras, no me habrías engañado.



Pudo notar la tristeza en su voz y se sintió terriblemente mal. 



                         - Camus yo... 


                         - No lo digas Milo, no quiero escuchar que fue porque estabas ebrio, sabes que no es verdad, no fue la primera ni la única vez que lo hiciste, así que no digas que me amas cuando sabes tan bien como yo que no es cierto.


                         - Pero...


                         - Creo que es mejor que te vayas, no vale la pena tener conversaciones que mañana no recordarás - cada palabra lo hería como el golpe más fuerte que pudiera recibir del caballero de acuario, y lo peor era que el dolor causado no se iría aunque pasara el tiempo. 


                         - ¿Me perdonarás algún día?


                         - No tengo nada que perdonarte... lo nuestro fue claro desde el principio, tú no le perteneces a nadie, no podías amarme... eso dijiste aquel día... - esperó unos segudos antes de seguir hablando mientras sentía que su corazón se destrozaba - vete Milo, ya no hay nada que podamos decir.



El escorpión se sintió derrotado, era cierto, eso había dicho y ahora se arrepentía. Fue a la estancia donde aún había algunos dorados y tomó la primer botella que encontró, sabía que al día siguiente se odiaría con toda el alma, pero por el momento, deseaba desahogarse y beber era la única manera que encontraba de hacerlo. Cuando la última gota llegó a sus labios arrojó la botella a una de las paredes sin preocuparse por el desorden ocasionado, ya vería a quien culpar al día siguiente. 



***



                         - ¿Qué, por qué tan sonriente Saguita? - Afrodita se acercó tambaleándose y se colgó de su cuello - ¿Sabes que eres hermoso Saga? Si yo no fuera un caballero dorado, créeme, serías el más hermoso de la orden - el de piscis comenzó a reír y el gemelo sonrió, no es que le importara en realidad, pero las palabras de Dita, a pesar de su estado de embriaguez, le levantaban el ego - pero lástima Saguita, tendrás que conformarte con ser el segundo más hermoso... o quizá el tercero más hermoso, porque Kanon también es hermoso, ustedes se parecen mucho..., pero tú Saga, eres mi favorito... no le digas a Kanon - lo último lo dijo muy serio, y en voz baja, como si se tratase de un gran secreto, después recargó su cabeza en el pecho del gemelo quien seguía sin decir nada.


                         - Creo que ya fue suficiente por hoy - se acercó D.M. utilizando todo su autocontrol para no golpear a Saga, quien no se veía para nada incómodo con la actitud cariñosa de su Dita. - Vamos, será mejor que vayamos a dormir - lo jaló en un abrazo posesivo.


                         - ¿Por qué tan enfadado, D.M.? ¿Sabes que eres hermoso, Masky? Si yo no fuera un caballero dorado, créeme - esto le sonaba conocido a Saga - serías el más hermoso de la orden, pero... lástima, tendrás que ser el segundo más hermoso... - ahora sí, su ego se había ido al suelo - o quizá el tercero más hermoso, porque Kanon también es hermoso... - un momento, ¿cómo era que Kanon seguía compitiendo por la segunda posición?, se preguntaba Saga.



***



Camus seguía pensando en la visita que había recibido por parte de Milo. Recordaba con cierta amargura el motivo de su separación.



Recordó cómo había iniciado todo, era la tercera vez que Milo se ponía así desde que habían comenzado su relación, a decir verdad, odiaba la palabra noviazgo, no le importaba tanto lo que pudieran decir o pensar los demás, tan solo le desagradaba que se dirigieran a él como si tuviera marcado en el cuerpo que era propiedad de alguien, porque ese alguien en cuestión era algo posesivo, y efectivamente, marcaba su cuerpo cada vez que podía, así que se refería a lo que tenían como una relación, y era la tercera vez desde que esa relación había comenzado que veía a Milo tan ebrio como pudiera estarlo Kanon los fines de semana. Así que ahora lo tenía encima de sí, besándolo y manoseándolo, de haber sido otra la situación, habría disfrutado tanto esos besos como quien disfruta del agua para calmar la sed, pero ahora era diferente, el Milo que tenía encima no era el Milo de siempre, estaba más agresivo y demandante.



                         - Espera Milo... 


                         - Vamos Camus, estás tan excitado como yo - siguió besando su cuello, dejando las marcas ya conocidas por el francés, sus manos se deslizaban por su cuerpo, apoderándose de su firme trasero, mientras su boca bajaba lentamente por su abdomen dejando rastros de saliva a su paso.


                         - No, Milo, detente - logró liberar un poco su cuerpo y comenzó a empujarlo, sabía por las experiencias anteriores, que cuando Milo bebía tanto, se ponía algo agresivo. Se separó de él y comenzó a alejarse, pero Milo fue igual de rápido y lo aprisionó contra la pared para continuar con esos besos violentos que en un momento dado, hicieron sangrar los labios de Camus. Tomó ambas muñecas del dueño del onceavo templo y lo dejó inmóvil, éste comenzó a congelar la mano que sostenía sus muñecas hasta que consiguió que lo soltara. 


                         - ¡Ahh, mierda Camus! - intentaba inutilmente recuperar el calor corporal perdido - ¡¿Cómo puedes reclamarme después por buscar lo que tú no me das?! - eso era algo que todos sabían, a pesar del amor que le profesaba, el escorpión le había sido infiel en dos ocasiones, en ambas, había estado completamente ebrio y no recordaba nada más que la discusión del día siguiente.


                         - ¡Haz lo que quieras! ¡NO me importa! - pero sí le importaba, peor aún, le dolía. Ahora, al recordar los engaños anteriores, comenzaba a enfadarse, enfadarse más consigo mismo por no haberle puesto un alto desde el principio. 


                         - Bien, ¡eso haré! ¿Y sabes por qué? - Camus no respondió, no quería saber lo que el escorpión estaba a punto de decir - porque no te amo... no le pertenezco a nadie, y esa es la diferecia entre tú y yo - después de dejar sangrando el alma de Camus salió de ahí en busca de alguien más.



Al día siguiente, ya muy tarde, Milo llegó al onceavo templo ofreciéndo una disculpa por su comportamiento, pero el rumor de que había dormido con alguien más había llegado a los oídos del francés, y eso fue lo que terminó con la relación.



                         - No puedes dejarme Camus, yo...


                         - No te preocupes Milo, puedes decir que te aburriste de mí, puedes decir que eres tú quien me deja porque no soy lo suficiente para ti, lo cual... probablemente sea cierto, esa es la diferencia entre tú y yo.


                         - No Camus... no digas eso... yo... yo te amo... - el rostro del francés cambió de inmediato dejando ver el enfado que siempre se había reservado. 


                         - ¡NO vuelvas a decir eso, no quiero que digas que me amas! - sus palabras estaban cargadas de dolor pero éste se cubría por un burdo manto de ira, y fue por ello que el escorpión se alejó de él a pesar de que en realidad no quería hacerlo.



***



La mañana había llegado, y cierto joven de cabellos verdes fue el primero en despertar puesto que había sido de los primeros en irse a dormi. El lugar estaba hecho un desastre. Kanon estaba en el suelo dormido, tenía una botella en la mano y al parecer había arrojado otra hacia la pared. Aioria y Seiya estaban recargados sobre la mesa donde el día anterior habían estado jugando cartas, Dohko estaba en un sillón individual, era extraño, siempre había pensado que el carácter de Shiryu lo había aprendido de su maestro, así como Hyoga había aprendido la frialdad de Camus, pero, al parecer maestro y alumno no eran tan parecidos... siguió caminando y se encontró con que el dragón estaba dormido en el suelo, en la misma posición que su maestro, al lado del sillón donde se encontraba éste, bueno, quizá sí se parecían un poco. Milo se encontraba en otro sofá boca abajo, y Shion estaba recargado en la pared.



Esquivó como pudo a todos los Santos dorados y llegó a la cocina, donde se encontró con un demacrado Hyoga, tenía ese aspecto de quien no ha dormido bien. 



                         - Hola Hyoga, ¿te sientes bien?


                         - Ehh... sí, yo... sí - ahora estaba seguro, no había dormido, siempre que se desvelaba haciendo algún trabajo de la facultad adoptaba esa expresión y sus frases eran algo incoherentes. Ikki solía enfadarse cuando el metiche de Seiya le hacía preguntas impertinentes a Hyoga cuando se encontraba desvelado, sabía que el Cisne podía decir cosas que en estado normal jamás diría. 


                         - ¿Ya desayunaste? - no obtuvo respuesta, el Cisne estaba más dormido que despierto, pero al parecer se resistía a cerrar los ojos y entregarse al sueño - ¿quieres algo de desayunar?


                         - ... sí... - se recargó en la mesa algo abatido.


                         - Hyoga... - tocó su hombro - deberías dormir... - sabía que en estos momentos el rubio solamente diría que sí e intercalaría algunas palabras sin sentido. 


                         - Sí Shun... estás... - no dijo nada más cuando el fénix entró a la cocina.


                         - Buenos días Ikki - Hyoga abrió los ojos pero no levantó la vista ni se movió de su lugar. 


                         - Buenos días Shun... pato.



El cisne no respondió al saludo, ¿como podía siquiera verlo ahora? ¿por qué le decía pato de esa forma tan familiar, como si nada hubiera pasado?



                         - Deberías llevarlo a su habitación - Ikki se acercó y movió suavemente a Hyoga intentando despertarlo, lo conocía demasiado bien, había estado muchas noches al lado de un Cisne que hablaba dormido y le preguntaba cosas que en ese momento estaba soñando. 


                         - Pato... - La voz de Ikki hizo que algo en él reaccionara, nadie estaba al tanto de que ya no eran pareja, y de haber sido por él, tampoco hubiera querido enterarse. Finalmente dirigió su vista hacia el mayor. 


                         - Estoy muy cansado - fue lo único que pudo decir antes de cerrar los ojos de nuevo, se había quedado dormido.



Ikki acarició su rostro, se veía hermoso como siempre, ¿le gustaba?, sí, pero eso no era amor, al menos eso creía él. Así que tomó al Cisne en brazos y lo llevó a su habitación. Lo recostó en la cama, le quitó los zapatos y lo cambió de ropa, no pudo evitar sentir nuevamente deseo al verlo casi desnudo, pero eso, eso no era amor. Le puso la pijama, lo cubrió con una ligera sábana, y le dio un beso en la frente antes de salir de su cuarto.



Se preguntaba qué dirían cuando se enteraran de que ya no eran nada, no es que le importara, tan solo sentía algo de curiosidad. Lo que el Fénix no sabía era que uno de los invitados estaba al tanto de lo que sucedía y había pasado parte de la noche planeando en cómo acercarse al rubio.



Continuará...

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