domingo, 6 de enero de 2013

Capítulo 2: Aioros - Abril 15,2007

Capítulo 2: Aioros



Hubieras deseado saber qué era lo que pasaba en aquella conversación que ahora sostenían Shura y Camus. No eran los caballeros más alegres del santuario y aun así, Shura estaba riendo. Camus, por su parte, estaba hablando, no reía, pero se le veía divertido. Diablos, hubieras hecho cualquier cosa por saber qué era lo que tanto comentaban. 




Aún estabas al lado de Milo, no querías dejarlo, temías su reacción, temías tanto por Shura como por Camus, y tenías tus razones. No hacía mucho tiempo el escorpión había golpeado a tu hermano de forma tan violenta que tú mismo estuviste a punto de matarlo a él. El motivo nunca lo supiste, Aioria no quiso decir nada al respecto.



El escorpión apretó sus puños y se puso de pie.



                        - Milo, espera... no ganarás nada enfadándote.


                        - Pero, ¿no ves lo que hace? – se veía alterado, no es que lo conocieras tanto, pero era el mejor amigo de tu hermano así que algo tenías que saber de él. 



                        - No están haciendo nada, están platicando. 



                        - Platicando... - suspiró resignado, en el fondo sabía que tenías razón. 



                        - Tampoco es que me agrade la escena pero no puedes hacer nada. 




Sorpresivamente el escorpión dejó esa expresión de enfado y sonrió, y no supiste cómo interpretar eso. 



                        - ¿Cómo lo haces?


                        - ¿Cómo hago qué?



                        - ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? - su voz era suave, ya no parecía enojado, y solo pudiste sonreír mientras pensabas que no estabas tan tranquilo como aparentabas, y agradecías en silencio esa capacidad para calmar a los demás, porque era eso lo que te había acercado a quien tanto amabas. 




Recordaste aquel día. Después de recibir una nueva oportunidad gracias a la intervención de Athena, el patriarca había decidido celebrarlo y si bien era cierto que te sentías feliz por volver a ver a tus compañeros y a tu hermano, también lo era el hecho de que estabas completamente confundido, por no decir aterrorizado. Y aunque en los primeros días no le diste importancia a ese sentimiento de angustia, pronto te diste cuenta de que eso de volver a vivir se estaba convirtiendo poco a poco en un tormento.



Afortunada o desafortunadamente no eras el único que se sentía así, pero eso tú no lo sabías porque todos se veían muy felices, era como si nunca hubiera pasado nada, como si supieran cómo actuar o qué decir, sus vidas eran tan normales que a pesar de su compañía sentías que estabas haciendo algo mal, y tuviste envidia, te era difícil aceptarlo siendo un honorable caballero de Athena, y comenzaste a preguntarte si en verdad merecías esa vida que se te otorgaba de nuevo. 




Y fue mientras intentabas escapar de todos esos fantasmas que llegaste al décimo templo creyendo que era el tuyo, no sabías si reír por tu distracción o culparte por ello. Y entonces... lo escuchaste. Creíste que no tenías nada que hacer ahí pero aquellos sollozos te impedían alejarte, todo estaba a oscuras, así que con algo de dificultad llegaste al lugar de donde provenían. No supiste qué hacer, lo único que pasaba por tu mente era la imagen vulnerable del español, y sin que lo pensaras siquiera te fuiste acercando.




Estaba en una esquina ocultando su rostro entre sus brazos, los cuales tenía apoyados en sus piernas, había varias botellas de licor esparcidas por el piso y por alguna razón, te dolía ver al dueño del décimo templo en esa precaria condición. 



                        - Shura...




Temías hablar muy bajo y que no te escuchara pero al mismo tiempo temías enfrentarte a su dolor, ¿desde cuándo te daba miedo enfrentarte a algo? Sonreíste mientras te formulabas esa pregunta con cierta ironía. Él levanto su rostro, sus ojos estaban enrojecidos, te preguntabas cuánto tiempo tendría llorando y cuáles eran los motivos de su llanto.




                        - ¿Qué ocurre? - después de segundos de silencio te animaste a hablar. 



                        - Largo - y esa palabra fue tan dolorosa que por un momento pensaste en obedecerlo. Tiempo después agradecerías el no haberlo hecho. 



                        - ¿Qué tienes? - dijiste mientras te ponías a su altura sin sentarte completamente.



                        - ¿No escuchaste? ¡QUE TE LARGUES DE MI TEMPLO! - lo miraste a los ojos esperando ver odio o algo parecido, pero lo único que encontraste fue temor y pensaste que estaba igual de aterrorizado que tú, quizá fue eso lo que te motivó a sentarte a su lado y pasar un brazo por sus hombros. 




Su primera reacción fue empujarte violentamente pero volviste a abrazarlo a pesar de su resistencia mientras le decías en voz baja que todo estaría bien. Intentabas calmarlo y poco a poco la fuerza con la que te empujaba fue disminuyendo hasta que se quedó recargado en ti, un largo suspiro te hizo estremecer y finalmente correspondió a tu abrazo, dejándose arrullar por ti, entregándose por completo al sueño. Y así, sin pronunciar palabra alguna acerca de los motivos que lo mantenían en ese estado fue como descubriste que no estabas solo. 




Con el tiempo y mucha paciencia fue que conseguiste que confiara en ti. Llevabas días buscándolo como si de ello dependiera tu vida, y en cierta forma así era, bastó muy poco para que renaciera en ti el amor que le habías profesado antes, bastó muy poco para que sintieras que lo amabas, y tuviste miedo, temías que eso que ahora sentías por él no fuera más que una obsesión derivada de la soledad, que no fuera algo real. Así que ahora estabas afuera de su templo esperando a que saliera, buscabas cualquier excusa para compartir tu tiempo con él, ya fuera porque era un día soleado, o porque la tormenta había inundado tu templo, a esas alturas eras capaz de decir cualquier cosa con tal de verlo sonreír. Y aunque en un principio construyó miles de barreras, finalmente conseguiste saber que pensaba. Agradecías haber tenido que lidiar con un hermano tan inquieto durante tanto tiempo y haber obtenido así esa paciencia comparable con la de Mu. 




                        - Yo... - era difícil para él, lo sabías y no querías presionarlo - me... me sentía solo y… - sonrió - sé que es ridículo porque... por las mañanas todo parecía estar bien, pero cuando regresaba a mi templo tenía que cargar con muchas culpas y... ni siquiera te he ofrecido una disculpa. No sabía cómo dirigirme a ti, sentía que estaba perdido, no sé cómo explicarlo. 



                        - No te preocupes, te entiendo.



                        - Aioros yo... no sé qué siento por ti... 




Las palabras sobraron mientras se unían en un beso que ambos necesitaban. Tal vez era amor, tal vez solo agradecimiento o necesidad, no lo sabías y no te importaba, querías arriesgarte y dedicarte a disfrutar de su cálida bienvenida.




Una semana después se encontraban en el quinto templo, en una de las tantas reuniones que hacían con cualquier pretexto. Intentabas por todos los medios que Aioria no acabara con la comida que debía ser para todos.




                        - Vamos Camus... - Sonreíste mientras veías nuevamente a Milo en su eterna conquista. 



                        - No creo... - y nuevamente a Camus en su eterna negación. 



                        - Por favoooor - ahora sabías de donde había sacado Aioria esa expresión de cachorro abandonado. Milo se acercó a Camus peligrosamente haciendo que éste retrocediera y terminara de espaldas a la pared - No te dejaré ir hasta que aceptes... - querías dejar de observarlos pero no podías. Milo tomó al francés de la cintura y le dijo algo al oído. La fría expresión de Camus cambió un poco, no supiste si estaba enfadado, fastidiado o si finalmente el escorpión lo había conseguido. 




Regresaste a la estancia donde estaban los demás, Shura y Kanon estaban enfrascados en un juego de cartas. Después, ante la mirada incrédula del dragón marino, Shura se puso de pie y le restregó en la cara su victoria, se veía muy feliz, y cuando se percató de tu presencia te sonrió de aquella manera, y de inmediato supiste que era amor verdadero.




Minutos después, se les unieron Milo y Camus, el primero tenía esa expresión de satisfacción, bastaba ver su cara de felicidad para saber que el francés había aceptado. 




Y meses después estabas ahí, al lado de un escorpión celoso que podría asesinar a tu novio con su sola mirada, mientras esperabas que las cosas entre ellos se resolvieran. 



                        - Uuuy bicho, ¿qué? ¿Ya te dejó el cubo? - dijo el italiano entre risas. 



Tan absorto habías estado en tus pensamientos que no te diste cuenta de la llegada de D.M. ni de lo que esto desencadenaría.




Milo tan solo lo observó intentando inútilmente controlar su ira.




                        - Milo... - lo tomaste del brazo


                        - Entonces... ¿el cubo está libre?... - sabías que solo lo decía por molestar a Milo, en realidad D.M. no estaba interesado en Camus, tan solo disfrutaba fastidiar a los demás, casi podrías decir que era su pasatiempo favorito, ese y... 



                        - Ahh, que bueno que te encuentro D.M. ¿Qué se supone que haces aquí? Te dije que me acompañaras al pueblo... pero claro, NUNCA me pones atención... No te importo ¿verdad? - y así como llegó, Afrodita se marchó indignado, a veces hablaba tanto y sin dar tiempo para que le respondieran que te preguntabas cómo es que había terminado con un tipo como D.M. 



                        - Espera... - su tono era distinto. Parecía... ¿preocupado?, y te sentiste aliviado al escuchar la risa burlona del escorpión. 



                        - ¡Apúrate Masky! 



                        - Sí, apúrate Masky - le gritó Milo. Ahora ambos reían estrepitosamente mientras D.M. les dirigía una mirada furiosa. 



                        - ¿Masky? - preguntó Camus quien venía acompañado de Shura. 



                        - Já, sí, nuevo apodo de D.M. - dijo Milo aún divertido, volteó y abrazó a Camus como si no lo hubiera visto en mucho tiempo, no te sorprendía el cambio de ánimo de Milo, ya habías escuchado a Aioria comentar algo al respecto.




La noticia de que el escorpión y el francés sostenían una relación se había esparcido por el Santuario ante las opiniones incrédulas de algunos, serían cerca de las 2 de la madrugada cuando Aioria ingresó a tu templo, y con toda la consideración que lo caracterizaba se recostó en tu cama y comenzaba a lanzar una pequeña pelota contra la pared una y otra vez sin importarle que estuvieras medio dormido. 




                        - ¿Qué pasa?



                        - Nada.



                        - ¿Nada? ¿Y por eso vienes a estas horas?



                        - ¿Qué?, quiero estar con mi hermano, pero si te molesta me voy - dijo ofendido.



                        - No, está bien - y te volteaste dispuesto a dormir.



                        - Es Milo - abriste nuevamente los ojos, y por un momento la idea de fingir que dormías cruzó por tu mente - Es solo que... creo que solo está obsesionado con Camus y... no lo entiendo... 



                        - ¿No deberías estar feliz por él?



                        - Pues sí pero... nunca antes lo había visto así... - dijo esto último como si su intensión no fuese ser escuchado, como si se tratara de un pensamiento que había escapado en forma de palabras, envuelto por su cálida voz. 



                        - ¿A qué te refieres?



                        - A veces... a veces siento que no es él, cuando no están juntos es como si se diera cuenta de que esa relación lo lastima pero... cuando ve a Camus todo cambia. Está obsesionado con él, es solo eso, una… ridícula obsesión. 




Se quedaron en silencio algunos minutos, y reuniendo el valor necesario te atreviste a preguntarle.




                        - Aioria, tú… ¿tú sientes algo por Milo?



No obtuviste respuesta. Al parecer se había quedado dormido.




                        - ¿Nos vamos? - era la voz de Shura quien te ofrecía su mano interrumpiendo tus recuerdos. 



                        - Claro. Nos vemos… Milo, Camus.




Mientras se alejaban, pudiste escuchar a un alegre Milo haciendo propuestas para pasar el día, Camus asentía sin demasiado entusiasmo pero suponías que era su forma de ser. Lo último que escuchaste fue la voz de Kanon, y si supiste que era él y no Saga, fue porque no hubo indicios de alguna pelea. 




Continuará...

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