domingo, 6 de enero de 2013

Capítulo 1: Marzo 31, 2007

Capítulo 1



Todos decían que esa relación estaba destinada al fracaso. Era algo que de tanto escuchar, se había convertido en algo más que un simple presagio que te perturbaba mientras intentabas convencerte de que todo iba a salir bien, que las eventuales discusiones darían paso a una agradable reconciliación y que las heridas sanarían, porque aunque te era difícil aceptarlo, la verdad era que de vez en cuando hacías comentarios que lo lastimaban, y no lo sabías porque él te lo dijera, no, él jamás diría que algo lo lastimaba, pero podías verlo en su actitud, como aquel día en que torpemente le insinuaste que tenía algo que ver con Saga. 



Él llegó al onceavo templo donde tú lo esperabas impaciente desde hacía más de una hora. 




                        - Pensé que habías dicho que hoy no saldrías - dijiste desde aquella penumbra que incrementaba con su silencio aquellos pensamientos que no te dejaban en paz.



                        - No he salido del Santuario - dijo, como si tuviera que excusarse de alguna forma, o al menos eso pensaste en aquel momento. Haberlo visto a lo lejos detenerse en el tercer templo te hacían ver las cosas bajo otra perspectiva, no soportabas esa respuesta, querías que te dijera que no había pasado nada. 



                        - ¿Qué estabas haciendo en el templo de géminis? - preguntaste sin más al ver que él no pensaba seguir hablando, y te observó entrecerrando los ojos, con esa expresión en la que comenzabas a reconocer cansancio y quizá algo de decepción. En ese momento no le diste importancia a esa mirada, tal vez, días después, recordarías aquella expresión como algo encantador. 



                        - ¿Qué quieres ahora Milo? - te dio la espalda como si estuviera ofendido, como si no quisiera verte... como si no le importara. 



                        - No quiero que te acerques a Saga - fue lo único que se te ocurrió decirle, no querías dar más rodeos al asunto, comenzaba a molestarte la sorpresiva amistad que habían desarrollado y querías dejar en claro que te molestaba. 



                        - No eres nadie para decirme qué hacer o que no hacer.




Esas palabras también te lastimaban, que no eras nadie para él, y te acercaste violentamente, se estaba volviendo una terrible costumbre esa violencia con la que tomaste sus muñecas y lo acercaste a ti, él era más delgado que tú, así que, nunca había sido difícil someterlo cuando estaba desprevenido. 



                        - ¿Qué coño estabas haciendo con Saga? - fueron esas palabras las que terminaron con su paciencia, forcejeó un momento contigo pero no consiguió nada, estabas tan enfadado que habías dejado de medir aquella fuerza con la que lo mantenías cerca de ti, te miraba impasible, aquellos hermosos ojos te tenían idiotizado, pero saber que no solo se posaban en ti hacía que los deseos más primarios hicieran acto de presencia, querías tomarlo en ese momento y demostrarle que era tuyo, que jamás lo dejarías ir porque él te pertenecía.



Hubiera bastado una frase, que te dijera que habían estado hablando, que no habían hecho nada, cualquier cosa hubiera sido mejor que aquel silencio que solamente te hacía pensar que era culpable.



 - Di algo Camus - intentó soltarse una vez más - lo que sea, tan solo dilo - y lo acercaste más a tu cuerpo, en un abrazo posesivo que probablemente lo estaba asfixiando, no querías dejarlo ir, querías tenerlo entre tus brazos toda la vida, pero su gélida voz te trajo de nuevo al onceavo templo. 


              - Milo... - lo soltaste, casi lo empujaste como si su contacto te hiciera daño, y lo hacía.



              - Di algo Camus, di que no pasó nada, di lo que sea y te creeré - él tomó asiento en ese confortable sillón y tú caías de rodillas frente a él, te estaba destrozando y te odiabas, odiabas depender de una simple frase para que las heridas de tu alma dejaran de sangrar. 



                - ¿En verdad eso quieres escuchar? - separaste un poco sus piernas y te colocaste entre ellas, apoyaste tu cabeza en su pecho mientras tus brazos lo tomaban por la espalda. Podías escuchar los acompasados latidos de su corazón, sentías su respiración tan cerca, y no comprendías por qué lo amabas tanto, deseabas que no fuera así, deseabas volver a lo de antes, andar de cama en cama sin compromiso alguno, aunque esto tampoco era un compromiso, de eso estabas seguro, nunca dejaron nada en claro, tan solo siguieron viéndose, y aunque extrañabas ese sentimiento de control, de ser quien engañaba, quien no le pertenecía a nadie, te habías hecho adicto a aquella relación que te lastimaba. 




Te apoyaste un poco en el pecho de Camus, quizá lo aprisionaste más, algo debiste haber hecho para que él pasara sus manos por tu cabello y poco a poco fuera correspondiendo a tu abrazo, no supiste cuanto tiempo estuvieron así, pero era delicioso, aspirar su dulce aroma y sentir que esa respuesta silenciosa era más que suficiente para ti.



                        - Te amo Camus - él no diría nada, no era la primera vez que se lo decías y definitivamente esa no sería la primera vez que él te contestaría. 




Un ligero carraspeo terminó con aquella escena que tanto necesitabas.




                        - Camus...




Esa voz, era él, y todo se desmoronó de nuevo.




                        - Ya voy - te separó lentamente de su pecho y debió haber visto aquella expresión en tu rostro, no podías estar más dolido y ... enfadado, te arrepentiste de no haberlo poseído hacía un momento para que cuando aquel imbécil se acercara, se diera cuenta de que Camus era tuyo. 




Tuviste que separarte por completo de él antes de que él te hiciera a un lado. Algo cambió en la mirada de Camus, algo que tú no notaste, o que interpretaste mal, y pensaste que se debía a la presencia no solicitada de Saga.




                        - Está bien, me largo - dijiste antes de suspirar de nuevo, ahora que lo pensabas, los suspiros se habían convertido en algo tan común como respirar. Te dirigías a la puerta, y cuando te encontrabas cerca del décimo templo te sentiste estúpido por haber pensado que él te detendría, que te daría la explicación que se había vuelto una necesidad de nuevo. 



***




                        - Saldré del Santuario este fin de semana - le dijiste esperando a que te preguntara hacia dónde o con quién ibas, pero en el fondo sabías que esperar eso de él era demasiado. No dijo nada, siguió leyendo aquel libro que había sido un regalo y por desgracia, no sabías de quien - creo... que al menos podrías prestar algo de atención a lo que digo - tu voz se escuchaba extraña, ¿cuándo había sido la última vez que la habías escuchado así? Estaba tan dolida que sin siquiera pensar en ello comenzaste a sonreír, y ese deseo de lastimarlo hizo acto de presencia - Iré con Mu - viste el efecto de tus palabras aunque fingías no estar observando cada detalle de ese hermoso rostro, podrías decir que entrecerró un poco los ojos y que apretó aquel libro que lo había hecho tan feliz, pero no hubo nada más - Mu está un poco triste, al parecer su relación con Shaka terminó, y el patriarca está muy preocupado, ya sabes, Mu es su preferido y... quiere que... lo distraiga un poco. 



Ahora sí hubo una reacción, no era por lo que había dicho de Mu, probablemente el acuariano estaba consciente de aquel rompimiento desde mucho antes que Milo, desde que no era una acción sino que se encontraba en forma de ideas vagas en la mente de Shaka, porque, así como Aioria y tú eran inseparables, había que decir que Shaka y Camus también lo eran, algo que por supuesto, no te hizo mucha gracia. Pero lo lograste, Camus por fin bajó su libro y te observó, se dignó a posar esos hermosos ojos en ti y te sentiste tan miserable, miserable por querer dañarlo, miserable por dejar que lo que los unía se fuera extinguiendo, pensabas que las cosas dolerían menos si tan solo no lo amaras tanto.




                        - Es una hermosa noche.




Esperabas algo más, querías una de aquellas escenas de celos que él jamás te hizo, de esas que hacían que dieras por terminada una relación porque no te gustaba sentirte atado, tú eras libre y así había sido siempre, desde antes de que su relación comenzara, cuando pasaste por casi cada casa del santuario y sus alrededores, pero ya no estabas tan seguro de querer que fuera así, comenzabas a imaginar cómo sería tener algo estable con Camus. 




Aioria te dijo muchas veces que era solo un capricho, que al no haber conseguido que Camus musitara un débil "Te amo" después de hacerle el amor, y que ni siquiera se entusiasmara cuando lo invitabas a salir, habían convertido ese sentimiento que creías tener, en algo obsesivo y tormentoso.



No sabías como era posible que el caballero de los hielos nunca te dijera que sentía algo por ti, y es que, había sido tan difícil llevarlo a la cama que cuando lo lograste no pudiste evitar sentirte feliz, y sonreír incluso una semana después de haber penetrado aquel cuerpo que había perdido su frialdad para convertirse en algo sumamente cálido, mientras se dejaba invadir como nunca antes lo había hecho. Eso lo supiste después, Camus jamás estuvo con nadie antes, lo supiste cuando el mismo Saga, a quien ahora odiabas con todo tu ser, te lo confesó. "Has sido el primero Milo, eso debe ser una buena señal" Tu rostro desconcertado lo dejó seguir con su discurso "Camus... - suspiró, te preguntaste si estaba enamorado de él - Camus es... - volvió a tomar aire y el tiempo se hizo eterno, esperabas que dijera que era el amor de su vida o que guardaba algún secreto que te haría comprender por qué no podía corresponderte, cada día estabas más seguro de que no te amaba - No lo lastimes Milo, Camus no es tan frío". Eso no era lo que Saga tenía en mente, eso no era lo que estaba pensando, y supiste entonces por qué lo odiabas tanto, se estaba dando por vencido, no era él quien asediaba a Camus, si el francés estaba con Saga era porque le apetecía estarlo, pasar su tiempo con él, confesarle cosas, hacerle saber que habías sido el primero en su cama. 




***




Lo encontraste entrenando con Shura, ¿desde cuándo se habían convertido aquellos dos en amigos? Tu mirada solamente se dirigió a ellos hasta que sentiste una mano en tu hombro.



                        - ¿Se pelearon de nuevo?




Era Aioros.



                        - No, ¿por qué lo preguntas? - ¿Se habían peleado acaso? No, no había sido así. 



                        - Milo, sé que... esto no es de mi incumbencia, pero... ¿has hablado con Camus de lo que sientes?




Una sonrisa irónica seguida por un recuerdo amargo.




                        - ¿Por qué te da miedo? - le gritaste después de haberle dicho que lo querías.


                        - No sé de qué hablas - te lo dijo con tanta naturalidad que de no haber estado tan molesto le habrías creído inmediatamente.


                        - ¡Me refiero a todo! ¡Maldita sea, deja eso! - le quitaste el libro que acaba de tomar, siempre leía o fingía leer cuando no quería discutir contigo. Te miró desconcertado y sonrió de manera encantadora. Se acercó a ti y pegó su cuerpo al tuyo, casi nunca tomaba la iniciativa y ese día tan solo se comenzó a restregar contra ti, te abrazó y no correspondiste a ese abrazo porque sabías lo que hacía, sabías que si quería complacerte era para no hablar más. Sus caricias te estaban excitando, pero no querías eso de él, tú querías algo más - No quiero sexo contigo - sentiste cómo su cuerpo se tensaba, y por varios segundos su respiración se alteró, quizá no esperaba escuchar aquello, de hecho, tú tampoco esperabas escucharlo, mucho menos decirlo, pero era como si tu voz no te perteneciera. Se separó de tu cuerpo lentamente, te hubiera gustado ver su rostro pero no te dejó hacerlo, tan solo se giró y tomó el libro que le habías quitado.


                        - Entonces... ¿qué haces aquí? - así como quizá él no esperaba tu rechazo, tú no esperabas el suyo.



                        - Ya no puedo Camus, necesito saber qué piensas, ¿qué somos?



                        - No querrás saber la respuesta.



Y no supiste si creerle.



                        - Lo he intentado. 


                        - ¿Crees que vale la pena? – te preguntó Aioros.



                        - ¿El qué? 



                        - Sé que no soy Aioria, sé que... tal vez no me tengas tanta confianza pero también sé... que éste no eres tú Milo. 



                        - ¿A qué te refieres? - no entendías lo que quería decirte.



                        - Tú no eres así, o al menos no lo eras, e insisto, sé que esto no es de mi incumbencia pero... ¿has considerado dejar a Camus? Si él es el motivo de tu tristeza, entonces... ¿crees que vale la pena estar con él? 



                        - ¿Tristeza? - ahora que lo pensabas, hacía tanto tiempo que habías dejado de sonreír. 



                        - ¿Por qué te aferras a Camus? ¿Es tan importante para ti? 




Ahora te preguntabas lo mismo, ¿por qué seguías con él? ¿Acaso tanto lo amabas? Y ¿por qué lo amabas? Desde ese día, sin proponérselo, Aioros consiguió lo que Aioria no logró en mucho tiempo. Hacerte dudar.




Continuará...

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