Este capítulo está dividido en dos partes, la primera parte está enfocada en Camus y Milo, la segunda en Ikki y el Pato, la primera es casi pura narración y la segunda es casi puro diálogo.
Capítulo 10: Secretos – Primera parte
A veces sentía que ya había olvidado a Saga, había días en que no era lo primero que le venía a la mente al despertar pero sí era lo último al acostarse. Era como un fantasma que rondaba en su memoria y no sabía cómo deshacerse de él. Tal vez era porque tenía muchas preguntas, quería saber, en qué momento había decidido que ya no lo quería, necesitaba que le dijera, de frente y con toda la frialdad del mundo, cómo fue ese proceso para él, estaba harto de escuchar cómo cada una de las llamadas que hacía iban a parar al buzón de voz. Quería saber también por qué lo evitaba, ¿tanto le costaba darle una explicación? De pronto, la idea de que Saga quizá había cambiado su número y que por eso no le respondía pasó por su mente, pero supo, en el fondo, que solo buscaba un pretexto para justificar sus aún presentes sentimientos por el de géminis. Quizá tan solo era costumbre, quizá tan solo era apego, tal vez se había enamorado demasiado de la idea de pasar su vida con alguien, probablemente tan solo se había acostumbrado a sentirse querido, a sentir que alguien lo necesitaba y que a su vez, se preocupaba por él.
Camus no era muy observador, aun así, fue gracias a Milo y sus constantes mensajes los que le hicieron ponerse más alerta, ahora no solo se trasladaba de un lugar a otro de manera autómata sino que se detenía a observar las tiendas, los árboles, los parques, cualquier pequeño detalle era objeto de mensaje “Vi un árbol que tenía algo parecido a tomates, pero en color verde y miniatura, ahora que lo pienso, no sé cómo son las plantas de tomates”, “Un alumno entregó su reporte en una servilleta, dijo que era más artístico de esa manera, ¿puedes creerlo? No supe si reír o enfadarme” “Olvidé las llaves, iré a comer fuera para hacer tiempo mientras llegas”. Y cada mensaje tenía su respectiva respuesta seguida de algún otro tópico para alargar la conversación. Quizá, esa nueva forma de ver las cosas, desde un punto de vista más atento, fue lo que hizo que Camus notara que el escorpión actuaba extraño en ocasiones.
La primera vez que lo notó, fue cuando entró sin avisar a la habitación de Milo, les habían obsequiado en la facultad unas galletas decoradas con betún de mantequilla y queso crema que le encantaron al francés, así que fue a llevarle a Milo para que las probara y de paso convencerlo de buscarlas la próxima vez que fueran a la repostería. El escorpión se sobresaltó un poco y musitando un nervioso “Camus” cerró de golpe su computadora personal. La segunda vez que notó algo extraño fue cuando sin querer escuchó el final de una conversación telefónica, no había sido su intención, a decir verdad, era malísimo para espiar a la gente, si no hizo ruido fue porque no quería interrumpir lo que parecía ser una conversación muy importante que finalizaba con una felicitación que al menos a él, le pareció forzada. La tercera vez, su computadora personal estaba quedándose sin batería y no tenía el cargador a la mano, así que pensó que sería más fácil apagarla y utilizar la de Milo, que por cierto estaba en el escritorio frente a él, no pensó que el escorpión se enfadaría, después de todo, solo quería subir las calificaciones de final de curso, no le tomaría más de 5 minutos, por eso se sorprendió tanto cuando el escorpión cerró la laptop y después le dio, de manera algo brusca el cargador que necesitaba Camus.
- Lo lamento – musitó Camus avergonzado, sentía que quizá se estaba tomando demasiadas confianzas con Milo, una cosa era que vivieran juntos y otra que pudiera entrar sin tocar la puerta o que tomara su ordenador personal.
- NO – dijo de inmediato Milo, se veía preocupado – No hiciste nada malo, es solo que… tengo un trabajo muy importante y…
- Sí, yo entiendo... – intentó sonreír, pero nunca antes se le había hecho tan difícil hacerlo. Quizá era demasiado descortés e incluso grosero de su parte invadir así la privacidad del escorpión…
Y no pudo sacarse ese pensamiento de la mente. Con los días comenzó a creer que la situación era algo injusta, podía nombrar cientos de ocasiones en que Milo había invadido su espacio personal y él no le había reclamado, o al menos, no recordaba haberle reclamado, y de hecho, el griego no era la clase de persona a la que le incomodara tanta cercanía, más bien era del tipo exhibicionista, le pasó su contraseña de correo electrónico para que viera las fotos de la fiesta de Seiya, también le había pasado las contraseñas de foros y grupos, para que viera algún video, alguna noticia o alguna actualización de alguna red social, de las cuales Camus era enemigo, era demasiado reservado y paranoico como para crear una cuenta, así que cuando se enviciaba con algún juego, solía tomar prestada la cuenta del escorpión tan solo para jugar. Y si Milo no era la clase de persona que solía enfadarse por ese tipo de cosas, entonces solo le quedaban dos opciones a Camus, o Milo se estaba hartando de él, o le escondía algo.
Casi de inmediato descartó la primera opción, el escorpión era el que lo buscaba, era quien concretaba las salidas o quien sugería y organizaba la mayor parte de sus actividades, entonces, se quedó tan solo con la segunda opción… algo ocultaba Milo.
- Oye Cam… - el francés despertó de su maraña de pensamientos y fijó su vista en Milo – iré a devolver estos juegos, me gustó este – señaló uno de zombies – creo que deberíamos irlo a comprar el fin de semana.
- Sí... estaría bien… - musitó.
- ¿Te pasa algo? – dijo acercándose al francés para tocar su frente – Estás un poco pálido.
- Estoy bien, solo un poco… desvelado.
- Bueno, iré a regresar esto, ¿vienes? – Camus iba a decir algo pero antes Milo lo interrumpió – Mejor descansa, no quiero que te enfermes, ¿qué te parece si voy a regresar esto y luego paso por unas galletas como las del otro día?
El francés pensó que esa sería su oportunidad, hizo cuentas mentalmente del tiempo que le llevaría a Milo el regresar a casa, tal vez 30 minutos, que le parecían poco a Camus.
- Ehh… Milo, ¿vas a ir en el auto? – el videoclub estaba a escasas dos cuadras y la repostería a unas 5 ó 6, no estaba seguro.
- Pensaba ir caminando, ¿por qué?
- Ah… - hasta los dioses le habrían creído ese gesto fingido de decepción.
- ¿Por qué? ¿Necesitabas algo?
- Pues… tenía ganas de la pizza que compramos el otro día… ¿recuerdas?, cuando fuimos al centro a recoger el libro que había encargado.
- Puedo ir si quieres.
- Pero está muy lejos… si quieres lo dejamos para otro día… - nuevamente el gesto falso de decepción.
- No, mira – se acercó hasta Camus y colocó sus manos sobre los brazos del francés – Yo iré a entregar los videojuegos, luego paso al centro por la pizza y de regreso llego por las galletas, y mientras tú duerme un rato, te hace daño desvelarte tanto, ¿te parece?
Camus asintió, se sentía un completo manipulador y la culpa no lo dejaba ver al escorpión a los ojos, así que, bajó la mirada y musitó un débil “gracias”, lo decía desde el fondo de su alma, jamás tendría palabras suficientes para decirle a Milo cuánto agradecía que los dioses los hubieran hecho coincidir, sentía que lo iba a querer siempre, que no importaba a cuánta gente conociera, Milo siempre sería su mejor amigo.
Esperó ansiosamente a que pasaran 10 minutos desde que Milo se marchó, luego entró al estudio, sentía que su cuerpo se movía con extrema lentitud, encendió el ordenador personal de Milo y lo primero que le pidió fue la contraseña.
“octavacasa10” – Contraseña incorrecta. Camus entrecerró los ojos, así que Milo había cambiado la contraseña. Después de 7 intentos, se dio por vencido y encendió su propio ordenador, quizá estaba destinado a quedarse con la duda eternamente, así que no le quedaría más remedio que perder el tiempo en internet. Iba a abrir una página donde colocaba algunas de sus publicaciones y fue cuando saltó a la vista la red social favorita de Milo. Camus sonrió, definitivamente, de haber sido espía, habría muerto en el intento, y es que no se había percatado el francés, que no era necesario entrar desde el ordenador de Milo, tan solo había que entrar a sus redes sociales.
“rojoyrojo9” Contraseña incorrecta. Camus lo pensó detenidamente, en este caso, tenía un número limitado de intentos antes de que por seguridad le bloquearan la cuenta y tuviera que culpar a algún hacker maligno de querer robar la identidad de Milo. ¿Cómo eran sus contraseñas anteriores? Algunas eran demasiado obvias, “agujaescarlata14” “octavotemplo12” “escorpiónantares16 ”, “miloolim8”, otras, no tanto “jugodenaranja13” “yaquierovacaciones18” “narutolosjueves15” “viernesdetacos14” ”bleachlosmartes15”. Todas seguidas del número de letras que contenía la contraseña, para hacerla más segura (según las sabias palabras del escorpión) y porque en algunas redes era requisito que contuvieran números.
- ¡Argh! - Por un instante se sintió frustrado, y es que Milo cambiaba de contraseña como cambiaba de calcetines, bastaba que se obsesionara con cualquier pequeño detalle para que lo utilizara como su contraseña. Y fue entonces cuando le vino a la mente. No quería emocionarse demasiado, así que tecleó con lentitud. “residentevil12” esperó unos segundos y… ¡bingo!, había conseguido entrar.
No sabía muy bien qué buscar, así que se fue a la ventana principal. Había una imagen que lo perturbaba un poco, más que nada por la cantidad de comentarios que había recibido al respecto y por uno de los nombres que estaban etiquetados en ella. Con el corazón latiendo a mil y manos temblorosas abrió el link y en la pantalla apareció la imagen de unos monitos de pastel de boda, pasó el señalador sobre la foto y su mundo casi se derrumbó cuando vio el nombre de Saga al lado de una chica que se convertiría, según la información en la red, en su próxima esposa.
No pudo evitar leer los comentarios al respecto, para ese entonces, todos los de la orden le habían felicitado, también reconocía a algunos de bronce, así como a la misma Athena, quien entre risas le decía que ya era hora de que sentara cabeza, y le preguntaba a Kanon que cuándo pensaba él hacer lo mismo, Kanon le respondía que cuando el amor de su vida finalmente le dijera que sí, y los demás se burlaban diciéndole que eso jamás pasaría. Todo se veía tan alegre, tan natural, que de pronto se sintió presa de un engaño. No sabía bien si eran celos o envidia, pero de pronto se sintió muy mal.
No tardó en entrar al perfil de la chica y se dio cuenta, a partir de las fechas de los mensajes, que había comentarios muy hirientes acerca de él, odiaba ver cómo reían cuando en esos días él había estado casi muriendo, le dolía en el alma que Saga se refiriera a él como “el acosador” y que ella le siguiera el juego. “Ya cambia de número Saguita, si no quieres que tu acosador nos caiga en la boda” Por lo que entendió, la versión de la historia que Saga le había contado a ella, era que Camus (aunque jamás leyó su nombre) no era más que un joven obsesionado con el mayor de los gemelos. “Deberías presentarle a tu hermano, ya ves que a él sí es “así”. “Así”, esas tres letras se le quedaron grabadas en ese preciso instante y se sintió un idiota al ver todo el tiempo que había pasado engañado, se sentía mal, tenía ganas de que la chica supiera la verdad, de cómo habían sucedido las cosas, quería que se pusiera en su lugar un instante… y entonces, sin darse cuenta comenzó a llorar.
Lloraba de coraje, de dolor, jamás en su vida había experimentado algo así, todos los reclamos se quedaban en su garganta, rogando por salir, no entendía cómo era posible que Saga se expresara así de él, pensaba que, al menos por el cariño que le había tenido alguna vez (a esas alturas dudaba que se tratase de amor), le debía sinceridad. Estaba más allá de su comprensión el hecho de que Saga le permitiese caer de esa manera y que luego lo pisoteara cuando había tocado fondo. Después, con el rostro enrojecido y cuando ya no le quedaban más lágrimas, decidió ver, qué papel había tomado Milo al respecto, lo angustiaba, no se sentía capaz de soportar otra decepción, y por su mente le pasó la idea de irse de ahí, de regresar a Francia, de no volver a tener contacto con nadie de la orden, quería desaparecer por completo, dedicarse a su trabajo y nada más, no quería saber nada de nadie, así que, muy dentro de su alma, deseaba que Milo también formara parte de esa traición para poder cortar lazos con todos, de manera definitiva.
“¡Groar! Ya te dije que no hay ninguna chica, deberías de dejar las novelas por un tiempo” - Camus no comprendió a qué se refería Milo así que tuvo que leer el comentario de Kanon, que decía algo acerca de que esperaba conocer a la novia de Milo en la boda de su único y querido hermano. Al parecer, el menor de los gemelos le había inventado una pareja a Milo e insistía en que si nadie la conocía era porque a Milo le avergonzaban sus amigos. Y por más que buscó no encontró muchos comentarios del escorpión al respecto, la mayoría de lo que escribía era cuando discutía con Aioria o Kanon, a Saga solo le escribió una frase que parecía sacada de una tarjeta de felicitaciones.
Tomó su móvil, dispuesto a discutir con Saga, pero pensó que hacerlo sería hundirse más, y sentía que pronto ya no tendría para dónde hacerse. Era tristísima la forma en que habían terminado las cosas. Aún podía recordar la emoción que había sentido cuando se reencontró con Saga la primera vez en la oficina de Milo, la primera vez que se besaron, recordó todo el tiempo que pasaron juntos y volvió a llorar, porque no entendía cómo las cosas habían tomado ese rumbo, quería saber cómo había conocido a la chica, cuándo y si en verdad la amaba, quería saber muchas cosas, pero estaba consciente de que quizá nunca obtendría las respuestas.
Subió a su habitación y comenzó a sacar todas las pertenencias de Saga, se debatía entre tirarlas o regresarlas, Saga había sido muy detallista desde el comienzo de la relación, había montones de libros que amaba, y le dolía en el alma la sola idea de desprenderse de ellos. Encontró una carta, donde le decía lo malo que era para expresarse con palabras, lo mucho que lo amaba y cuánto le costaba hacer la letra legible. Encontró un llavero del Gatopan, su personaje favorito del universo entero, se había enterado que para conseguirlo tuvo que entrar a una página web de subastas ya que solo habían fabricado 20 originales porque eran de colección. Lo imaginaba a Saga desvelándose para no perder en la subasta y sabrían los dioses cuánto habría pagado por él. Aún tenía dulces, que no se había atrevido a tocar desde que habían terminado y que probablemente ya habrían caducado. Un dibujo, un pequeño cofre, guantes, había tantas cosas y cada una tenía su historia. Las había guardado en una caja, pensaba que, si las mantenía así, intactas, de alguna manera el universo se daría cuenta de que amaba a Saga y que lo estaba esperando, era como una manera de que la energía cósmica se alineara para que Saga lo volviera a amar. Así que no podía contener las lágrimas cada vez que veía todas esas cosas, porque para Camus, eran símbolo del amor que un día se habían tenido.
***
Milo lo encontró sollozando, más bien intentaba controlar su respiración sin conseguirlo, el suelo de su habitación era un caos, lleno de objetos que tuvo que esquivar para no estropearlos. Dejó la pizza, las galletas y una serie de videojuegos que había rentado en el único espacio libre de la cama.
- Cam… - musitó - ¿qué haces?
- Nada – apenas se entendía lo que decía – Solo estoy… deshaciéndome de todo… - lo cierto era que no se estaba deshaciendo de nada, tan solo estaba contemplando las cosas en el suelo.
- De acuerdo… - tomó aire, tampoco estaba muy seguro de, a qué se refería con “todo”, pero bastó ver el llavero del famoso Gatopan en sus manos húmedas por haber secado el llanto, para comprender que se trataba de Saga.
Movió algunas cosas para poderse sentar al lado de Camus.
- No sé si tirar sus cosas o devolvérselas – dijo el francés después de algunos minutos de silencio.
- ¿Tú quisieras tus cosas de regreso? – Camus negó con la cabeza.
- No soy muy bueno eligiendo obsequios, jamás le di nada que realmente le gustara, en cambio él… cada vez que veo todo esto, pienso en el tiempo que le llevó conseguirlo…
Milo lo entendía, era capaz de comprender que los guantes en el suelo eran, para Camus, el deseo de Saga de protegerlo del frío, tan raro era el francés, que seguramente a todo le veía un significado profundo, aunque en realidad solo se tratase de la magnífica capacidad de observación del mayor de los gemelos.
- No puedes vivir una vida de dolor por un instante de ternura… - dijo el escorpión sin siquiera mirar a Camus, quería que Camus entendiera que el duelo por Saga le estaba durando mucho tiempo, que, haciendo cuentas, entre el amor y la desilusión, la desilusión salía ganando y que no valía la pena seguir así. No supo si se había dado a entender, pero el silencio del francés comenzó a inquietarlo - ¿En qué piensas? - el de acuario siguió en silencio – Una galleta por tus pensamientos – Camus sonrió encantadoramente, según la opinión de Milo.
- No puedes comprarme con una galleta… - se puso de pie y comenzó a guardar todas las cosas en la caja de la cual habían salido – Creo… que lo mejor será preguntarle si quiere sus cosas de regreso – lo dijo de forma tan natural que Milo no le dio importancia, después dejó la caja al lado de la puerta y fue rumbo al teléfono. Entonces el escorpión reaccionó y lo alcanzó antes de que llegara a las escaleras.
- Ahh – Milo había tomado a Camus por el brazo haciendo que perdiera el equilibrio, quiso sujetarlo pero en el intento terminó cayendo sobre él.
Fue extraño para Milo, habían estado otras veces así de cerca y no recordaba haber estado tan nervioso, tal vez fue su expresión, o la humedad de sus pestañas, algo hubo que la parte baja de su cuerpo comenzó a reaccionar. De inmediato intentó incorporarse antes de que Camus notara que lo que ejercía presión sobre su muslo izquierdo, no era precisamente la pierna de Milo, desafortunadamente para el escorpión, Camus en últimas fechas estaba más alerta.
Secretos – Segunda parte
Hyoga pensó que perdería su virginidad a los 16 años como Shiryu, pensaba que, siendo más sociable que el dragón, era cuestión de encontrar una cama y hacerlo. Luego, cuando llegó a los 18 sin tener contacto sexual más que con su propia mano, comenzó a sentir la presión social del resto de los chicos de bronce. Dioses, hasta el torpe de Seiya (que para fines prácticos era mucho más inocente que Shun) llegó un día preguntando si no notaban su piel más tersa (en alusión al haber tenido sexo la noche anterior), Shiryu comenzó a sermonearlo acerca de lo importante que eran los preservativos y Shun se enfocó en pedir toda clase de información acerca de la chica en cuestión, que si estaba estudiando, cuál era su color favorito, a qué lugares le gustaba ir, qué clase de amigas tenía, cuál era su comida favorita, su signo zodiacal, las revistas que leía, si fumaba, si no, si pensaba hacerlo un día, si tenía una relación formal con Seiya y miles de preguntas más que Seiya no pudo responder (se notaba, y de lejos, que Andrómeda y el Fénix eran hermanos). Y a pesar de que el Cisne quiso pasar desapercibido en la conversación, el Pony no le permitió hacerlo, y es que Seiya de discreción no sabía nada. Así que a Hyoga no le quedó más remedio que inventarse que no estaba interesado en una pareja formal y que de momento, con poder hacerlo sin compromisos le bastaba, y como el Cisne era muy popular entre las chicas, nadie dudó siquiera de sus palabras. Luego el sermón de Shiryu fue para Hyoga, acerca de lo peligroso que era tener múltiples parejas sexuales, siempre preocupándose por los demás el dragón.
Jamás pasó por la mente de Hyoga, que ese pequeño suceso le acarrearía tantos problemas. Tampoco pensó en aquel entonces que su primera vez seríahasta los 20 y con Ikki. A decir verdad, le había gustado mucho, era cierto que aún le ardía y que quizá le sería incómodo sentarse ese día, pero en general, lo había disfrutado. Quizá por eso se sorprendió cuando lo primero que hizo el Fénix después de darse una ducha fue comenzar a cuestionarlo, tenía la vaga esperanza de que Ikki dejara todo el asunto del casino en el pasado y que no le preguntara nada al respecto. No esperaba un despertar romántico con el desayuno en la cama (en este caso, en el sofá), pero tampoco esperaba tener que ir hasta la cocina para encontrarse con el fénix.
- ¿Por qué me mentiste? – preguntó Ikki mientras le pasaba un vaso con jugo de naranja. Hyoga suspiró con cansancio.
- ¿Respecto a qué? – lo aceptaba, había mentido varias veces así que no estaba seguro a cuál de todas las mentiras se refería Ikki.
- Todas las veces que dijiste que ibas a hacer tareas… ¿a dónde ibas?
- A trabajar – lo dijo serio, así que Ikki le creyó.
- ¿Por qué?
- Necesitaba dinero y… sabía que si te decía… me ibas a preguntar para qué lo quería o me dirías que mi obligación era estudiar y culparías a mi trabajo por dejar cálculo… - lo último lo dijo rápidamente, pensaba que quizá el Fénix no se daría cuenta y que cuando se lo volviera a decir y lo regañara, el Cisne podría alegar que Ikki ya estaba al tanto de lo ocurrido e incluso podría reclamarle por no prestarle atención.
- ¿Para qué querías el din… espera… ¿dejaste cálculo? ¿cuándo te dieron las calificaciones?
- Ayer… - Ikki no dijo nada, quizá era demasiada información de manera repentina – llevaré de nuevo la materia el próximo semestre, ya hablé con el maestro, puedo ir solo a presentar los exámenes o puedo ir a las clases – al menos se veía que el Cisne se preocupaba por encontrarle una solución al problema.
- Bien… - Ikki suspiró - ¿para qué quieres el dinero?
- No es asunto tuyo.
- Hyoga… - odiaba cuando Ikki pronunciaba su nombre de esa manera y volvió a suspirar.
- Tienes que prometer que no te vas a enfadar – estuvo a punto de reír al ver la expresión de completa preocupación del Fénix.
- Si me estás pidiendo que no me enfade es porque me voy a enfadar ¿cierto?
- Lo más seguro es que sí – agradeció que al menos el pato fuera honesto en ese momento – y tal vez – le tembló un poco la voz – tal vez quieras que me vaya… - entonces sí se asustó el Fénix, sintió una fuerte opresión en el pecho y rogó a todos los dioses porque las cosas no fueran tan graves y que se pudieran solucionar de alguna forma.
- De acuerdo… no te prometo no enfadarme – dijo – pero… sí te prometo no pedirte que te vayas – Hyoga sonrió.
- Estropeé tu computadora personal.
- ¡¿QUÉ?! – de inmediato su mirada se dirigió hacia la puerta, seguramente preguntándose qué le había hecho el pato a su preciado ordenador lleno de valiosa información. Luego volteó a ver a Hyoga, quien mantenía los ojos cerrados - ¿Qué sucedió? – por dentro quería matar al pato, pero lo disimuló lo mejor que pudo.
- ¿Recuerdas… la silla que teníamos antes? La roja que yo usaba para jugar carreras por la casa cuando venía Seiya – sí, para su mala suerte lo recordaba, un día llegó y encontró al Pony quejándose de que la silla negra tenía una de las ruedas averiadas y que por eso había perdido, en cambio, Hyoga celebraba su victoria de carrera de sillas. Por algún extraño motivo, el Cisne adoraba esa silla, solía recargarla en la pared desafiando la ley de la gravedad hasta que un día la silla terminó por romperse – Bueno, esa es otra cosa, yo rompí esa silla… - tomó aire para continuar pero Ikki lo interrumpió.
- Ya lo sabía, estuviste muy nervioso ese día.
- Pues, sí… já, ahora que lo dices, sí lo estuve, pero no fue por la silla, fue porque... estaba jugando en tu ordenador y… tenía un yogurt, me recargué como siempre en la pared, apoyándome solo en las patas traseras de la silla y… - si Ikki hubiera estado más en contacto con Camus o Milo hubiera estado presente, se habrían dado cuenta de que Hyoga tenía una forma de expresarse muy similar a la de Camus - cuando la silla se rompió, el yogurt terminó en tu laptop…
- Espera… ¿cuándo fue eso?
- Hace MUCHO, la sequé como pude pero ya no encendió, además, estaba toda pegajosa, de hecho, ya tenía planeado qué decirte cuando me preguntaras por qué estaba pegajosa si por un milagro de los dioses volvía a funcionar – Ikki lo miró dejando escapar una sonrisa.
- A ver, ¿qué me ibas a decir? - entonces Hyoga se rió.
– Te iba a decir que era por todas las veces que te masturbabas viendo porno en internet – Ikki le dio un golpe en la cabeza al Cisne, aunque no pudo negar que le causó gracia – en fin, llevé la computadora con un amigo de la facultad, cuyo hermano trabaja en informática, y dijo que lo más que podía hacer era rescatar la información, pero que la computadora ya no tenía arreglo, así que… tenía que conseguir otra antes de que llegaras… - lo dijo con tanta angustia que el Fénix estuvo a punto de preguntarle “¿y qué pasó después?”, como si se tratara de una historia de ficción la que le estaba contando – además… Ikki, compras cosas demasiado costosas, ¿sabes cuál es el precio de ese ordenador? – a decir verdad, Ikki no lo recordaba, lo había comprado tan solo porque tenía todas las características que ocupaba para su trabajo – Le marqué a mi maestro Camus pero no estaba, luego le marqué a Shiryu pero me dijo que no tenía tanto dinero… entonces, el hermano de mi amigo me dijo que él conocía a un sujeto que podía prestarme esa cantidad, que los intereses quizá eran un poco altos, pero que al menos me daría el dinero de inmediato y así fue… empecé a hundirme en deudas… - suspiró cansado – al principio fue fácil, solo tenía que desayunar y comer en casa y no comprar NADA, pero la deuda no disminuía… luego tuve que vender varias cosas, juegos, ropa que amaba profundamente – hizo un gesto dramático – y finalmente pensé que lo mejor era trabajar, sino, jamás iba a terminar de pagarle…
Ahora comprendía por qué Hyoga jamás tenía dinero para nada, ni siquiera para las galletas que quería que Shiryu probara, fue como una gran revelación, supo por qué ya casi no salía de casa y por qué le pedía dinero para ir al cine en lugar de ir con el Fénix, no era que quisiera ver la película con sus amigos, era porque no pensaba ir a ver la película y se limitaría a dejar lo que le diera Ikki para comprar cosas más indispensables como su almuerzo, algunas copias de la escuela o incluso para pagar los intereses que se iban acumulando. También supo por qué no lo había visto jugar con ese videojuego que tanto le había insistido a Ikki por tener. Ahora comprendía todo.
Esa día, a pesar de haberse quedado hablando hasta muy tarde, no sintieron el cansancio sobre sus cuerpos, más bien se sentían ligeros, como si hubieran dejado la gran carga que llevaban arrastrando. No hablaron acerca de lo que había sucedido entre ellos, Ikki no estaba seguro de qué decir o cómo actuar, y el rubio se sintió conforme con seguir a su lado. Aunque esa conformidad no duraría mucho tiempo.
Continuará…
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