Remanente Escarlata
Capítulo 1: El regreso al Santuario
- ¿Por qué tengo que ser yo? – preguntó como un niño molesto al que se le han asignado más tareas que a los demás, se puso de pie y se cruzó de brazos – Podría ser Dohko...
- Dokho no está en el Santuario ahora – dijo Aioros intentando calmar al Santo de Géminis, él mejor que nadie conocía su carácter desafiante e impulsivo, que contrastaba con la poca paciencia del Patriarca.
- Ya acéptalo Saga, te toca hacerla de niñera.
- ¡Nunca! – se dejó caer en la silla y observó molesto a Shura quien estaba delante de él con esa sonrisa burlona que tanto lo fastidiaba.
- Saga, eres el único que está disponible...
- ¿Qué hay de Shura?
- Yo no puedo... estoy... perfeccionando algunas técnicas así que... no tengo tiempo.
- ¡Mentiraaa! – gritó de forma dramática, como todo lo que hacía.
- Lo siento pero... el Patriarca ya lo decidió – giró su rostro sonriendo cínicamente, sabía lo que seguía, alguna seña obscena seguida de una frase ofensiva y morbosa por parte del geminiano.
- ¡MÍRAME MALDITA SEA!
- Ya, cálmate... – dijo Aioros con la cordura que nadie tenía en esa habitación.
- ¿Por qué siempre tienes que gritar? ¿No puedes comunicarte como la gente civilizada?
- Cómete esta – dijo Saga acariciando su miembro por encima de la ropa.
- Já, no proyectes tus fantasías en los demás.
- ¡CÁLLATE! – estaba dispuesto a lanzarse a golpes sobre Shura pero Aioros lo detuvo.
- Sa...ga, de..tente – apenas podía contenerlo.
Shion suspiró cansado, llevaban casi media hora discutiendo lo mismo y no le veía fin, cuánto le habría gustado que Saga fuera tan dócil como su nuevo discípulo, pero no, no lo era, a decir verdad, era terco, obstinado, prepotente, infantil y por si fuera poco, tenía una facilidad para discutir con quien se le pusiera en frente, por eso había decidido llevar a Aioros, él era el único con el que nunca lo había visto discutir o pelear.
- ¡Argh! ¡YA! Suficiente, ya estoy cansado de sus estúpidas discusiones sin sentido, son lo suficientemente adultos como para no dejarse llevar por provocaciones...
- Pero... – dijeron Shura y Saga la mismo tiempo.
- ¡Nada de peros! Saga, harás lo que se te ha ordenado si no quieres que yo mismo comience a buscar tu reemplazo – Shura empezó a reir, pero se quedó en silencio en cuanto vio la amenazante mirada del Patriarca – lo mismo va para ti, más vale que perfecciones tus técnicas... ahora, ¡LARGO!
Ambos querían protestar, ambos querían quejarse y agarrarse a golpes en ese instante, pero la marcada vena en la frente de Shion les hizo pensárselo dos veces antes de hacer cualquier movimiento, así que ambos tuvieron que resignarse. Saga salió en completo silencio, cosa que le pareció muy extraña a Aioros, él no era de los que aceptaban los cambios así como así, aunque bastaron unos cuantos segundos y varios metros lejos del Patriarca para que comenzara a decir todas las blasfemias, amenazas y promesas de venganza que quizá nunca llevaría a cabo.
- Como si no fuera suficiente la cantidad de niñatos que ya hay en el Santuario, esto comienza a parecer guardería.
- Vamos, no es para tanto, al menos no se trata de entrenar a tu sucesor...
Eso era cierto, ya fuera por la edad o por su condición física, Shura, Saga y Aioros eran los únicos que no se veían en la necesidad de entrenar a un sucesor, bueno y Dohko, aunque éste jamás se encontraba en el Santuario y quedaba fuera de todos los parámetros con los que se les pudieran describir.
- Tienes razón... pero aún así, odio a los niños...
- No son niños, no sé por qué los sigues viendo como si lo fueran...
- Porque se portan como tales, su comportamiento no es el de jóvenes de su edad – Aioros rió - ¿Qué?
- Nada – si de comportamiento hablaban, entonces Saga también era un niño – piensa que... algún día serán nuestros compañeros, sería mejor que no los vieras como un estorbo.
Saga lo pensó un momento mientras seguían caminando hacia la central, porque así es, no bastaba con arruinarle la existencia al tener que ser su nuevo tutor, además tenía que ir por él y por su equipaje.
- ¿En qué demonios estaba pensando Shion? - solo cuando no lo escuchaba o cuando estaba demasiado enojado, solía llamarlo por su nombre, sin importarle el estar en un rango inferior - Tan solo porque su discípulo Mu, es todo un ángel, ¿cree acaso que todos los demás también lo son? Ahí tienes al chico Tauro, es casi tan alto como yo... cuando lo veo siento que tengo que hablarle con respeto – Aioros lo miró extrañado.
- ... se supone que deberías ser respetuoso con todos...
- ¡¿QUÉ?! ¿Has visto como me mira el chico escorpión? Me desafía cada vez que puede, me ve con esos ojos de algún-día-seré-más-fuerte-que-tú – dijo imitando la supuesta mirada de Milo.
- Dioses... Saga, eres un paranoico.
Si no conociera tan bien a Saga como para saber que estaba bromeando, seguramente se habría comenzado a preocupar por el nuevo discípulo. Había escuchado algo por parte del Patriarca, quien incluso había estado pensando en ponerlo a él mismo a cargo del chico nuevo, en palabras de Shion: “Tienes más paciencia que el idiota de Saga” Claro, eso era seguro, cualquiera tendría más paciencia que Saga, pero aún así, las estadísticas decían que Saga era el más fuerte de todos, excluyendo al Patriarca obviamente, además, él ya tenía un discípulo… Aioria.
- Dame eso – le quitó unas hojas que contenían toda la información del nuevo alumno mientras Aioros lo buscaba con la mirada entre la multitud de personas – fecha de nacimiento... tipo de sangre... – hablaba sin decir nada realmente, leyendo en voz alta las palabras que le llamaban la atención, como si no fuera capaz de leer en silencio – inconsciente durante un mes, ¿Tan grave fue?... no habló durante las siguientes dos semanas... mm... vaya parece que me tocó un cobardica...
- No hables así, deberías de leer todo el reporte antes de predisponerte en su contra.
- No lo defiendas, dejar de comer y de hablar durante dos semanas no es digno de un Santo de Athena – Aioros suspiró.
- Creo que aún no lo entiendes, él aún no es un Santo de Athena, se supone que tú lo entrenarás y lo ayudarás a madurar.
- Ah... supongo que no tengo opción – comenzó a escanear la central - tengo entendido que la mayoría de los caballeros que han pertenecido a ese signo son prepotentes, engreídos, con aires de grandeza, malcriados y odiosamente... hermoso – su mirada fue atraída como un imán hacia un solo objetivo, un hermoso objetivo que estaba a unos cuantos metros de distancia con una pequeña maleta al lado de sus pies. Tenía una expresión que Saga no pudo identificar, quedándose en una mezcla de tristeza y cansancio que dejaba un pequeño espacio para la incertidumbre – dime que es él, Aioros, por favor, dime que es él – dijo con voz muy baja, aunque en el fondo no le importaba que fuera su discípulo o no, lo único que sabía era que era atractivo, terriblemente atractivo.
Ambos se acercaron, aunque fue Aioros quien tomó la palabra ante el evidente mutismo por parte de Saga y la incómoda situación. A decir verdad, nunca había visto a Saga queriendo adoptar esa pose del tipo genial que no necesita de presentaciones.
- ¿Tienes mucho esperando? – el joven negó con la cabeza – me alegra, ven, debemos ir al Santuario… ahh – dijo de pronto como si acabara de recordar algo – él es Saga, será tu nuevo maestro – no pasó por alto la mirada triste del joven, así que casi inmediatamente agregó en voz baja como un gran secreto – y… aunque no lo creas o no lo parezca, este tipo es el más fuerte de todos.
- ¡¿Cómo que “no lo parezca”?! – el joven sonrió ante el repentino cambio de humor del geminiano y éste se giró hacia él de inmediato - ¿te estás burlando?
- … no…
Saga lo miró a los ojos, esos hermosos e hipnotizadores ojos y ya no supo que decir, así que tan solo giró su rostro preguntándose por qué demonios se sentía tan estúpido.
- ¿Có… cómo te llamas? – preguntó aunque ya sabía la respuesta, preguntó porque ya lo sabía, porque quería que él se lo dijera y porque le gustaba su voz, preguntó porque necesitaba una excusa para verlo a los ojos nuevamente.
- Camus.
***
La decisión de que todos regresaran al Santuario para terminar ahí su entrenamiento no parecía ser tan buena idea, si el Patriarca no temiera por su seguridad, seguramente no habría apoyado tal resolución, pero después de todos los sucesos acontecidos en los últimos dos meses, parecía que esa era la mejor opción, sin embargo, el Santuario era todo un caos, había aspirantes a caballero correteando por todos lados cuando tenían tiempo libre, ya no eran unos niños, eso era cierto, pero quizá eso era peor, no importaban los regaños, las reprimendas, era como si no se tomaran nada en serio. Todos se creían autosuficientes, demasiado poderosos aunque en realidad sus técnicas eran deficientes.
Observó a Mu en su tercer intento por formar un pequeño Muro de Cristal, tenía que aceptar que el manejo de su cosmoenergía era muy bueno, sin embargo, su fuerza física aún dejaba mucho que desear. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una estruendosa risa y un lastimoso llanto proveniente de un campo de entrenamiento cercano.
- Ahh – suspiró.
- ¿Pasa algo? – preguntó Mu preocupado, siempre amable, siempre correcto.
- Nada… creo que terminamos por hoy – dijo restándole importancia a lo que sus oídos escuchaban.
Seguramente se trataba de ese chico, Death Mask, ¿qué clase de sobrenombre es ese? – se preguntó muchas veces, pero nunca cuestionó al Santo de Cáncer por ponerle dicho apodo a su discípulo, el cual, además de tener una forma de reírse un tanto… peculiar, era violento y parecía disfrutar fastidiando al pobre de Afrodita, quien inevitablemente terminaba llorando y le gritaba que algún día se iba a vengar. Por la forma en que lo decía y esa mirada acuosa, Shion llegó a pensar que efectivamente, algún día D.M. se arrepentiría de ser tan cruel con Dita.
***
Pasaron dos semanas y el entrenamiento de Camus no parecía comenzar, se preguntaba si en realidad Saga eran tan fuerte y tan grandioso como todos decían, porque, aunque fuera así, lo único que hacía era decirle que vagara por el Santuario y que más tarde él lo buscaría para entrenar, aunque ese más tarde jamás llegaba, así que la mayor parte del tiempo se dedicaba a congelar cosas, eso era algo que sabía hacer muy bien, lamentablemente aún no podía crear hielo de la nada y requería de la presencia de agua para poder hacerlo, su antiguo maestro solía decirle que un día eso ya no sería necesario… sonrió con tristeza, extrañaba a su antiguo maestro.
Como había venido haciendo los días anteriores, se escabulló hasta llegar a un pequeño lago que al final del día terminaba con una gruesa capa de hielo en su superficie. Sin embargo, no era al único al que se le había ocurrido ir, observó a aquel joven que nadaba casi desnudo y por más que se repetía una y otra vez que no era correcto espiar a las personas, no podía dejar de mirarlo, nunca había visto a alguien desnudo y una extraña sensación en su entrepierna lo perturbó.
- ¿Podrías pasarme esa toalla? – escuchó esa voz lejana, como si él fuera invisible y le estuvieran hablando a alguien más - ¿No me escuchaste?
Salió del agua, acercándose con lentitud, sus movimientos eran sensuales y sonreía de una forma que a Camus le pareció algo morbosa. Sus piernas eran definidas, largas y fuertes, su espalda ancha, bronceada al igual que su maravilloso abdomen, bronceada al igual que el resto de su cuerpo, Camus se sorprendió de haber notado tantas cosas en tan poco tiempo y pensó que su cuerpo no era nada comparado al de ese chico, él era más bien de complexión delgada, un poco más bajo que él, se sentía débil y lánguido a su lado, ¿en verdad tenían la misma edad? Pues si era así, no lo parecía. Entonces miró hacia el suelo, que parecía ser lo más interesante del mundo en ese momento y donde además habían algunas prendas, unos zapatos y una toalla, entonces fue como si comprendiera que esa voz, que ese joven, intentaban comunicarse con él.
- Ahh… lo siento, toma – no tenía que ver su rostro para saber que probablemente a estas alturas estaría sonrojado.
- ¿Eres nuevo? – comenzó a rodearlo poniéndolo sumamente nervioso mientras frotaba esa toalla de manera sugerente contra su bien formado cuerpo, deteniéndose en algunas zonas específicas de su anatomía, acariciándose descaradamente mientras se relamía los labios – No te había visto antes – Camus hacía todo lo posible por no verlo, se sentía demasiado apenado.
- Tengo… llegué hace un par de semanas – musitó y de pronto sintió como su rostro era tomado por una fuerte mano que lo obligaba a mirarlo directamente a los ojos, como si estuviera examinando alguna clase de mercancía.
- Eres atractivo, ¿te lo habían dicho antes? – no, no se lo habían dicho nunca - ¿cómo te llamas?
- Cahh… Camus – odiaba ser tan transparente.
- Camus – dijo con una voz terriblemente ronca, necesitada, una voz que no ayudaba mucho mientras acercaba su rostro al suyo, saboreando esos labios que parecían pedirle que los besara, que los besara, que los mordiera y que hiciera lo que quisiera con él, sí, su imaginación y esa desfachatez en sus acciones era una de sus características – Yo soy Milo.
Entonces Camus giró su rostro y lo observó con curiosidad, lo sentía demasiado cerca, invadiendo su bien definido espacio personal, no sabía si le molestaba tanta cercanía aunque sí se sentía muy incómodo.
- Tus cejas son extrañas – dijo repentinamente dejándolo desconcertado – no deberías espiar a las personas.
- Yo no estaba…
- Nos vemos… Camus – se alejó sin darle tiempo de hablar, de enojarse o de indignarse, se alejó sin darle tiempo de nada.
***
Entró a su habitación aún molesto, perturbado, sin saber qué era lo que sentía y por qué, tocando ocasionalmente sus cejas y recordando lo que había pasado. Por alguna razón, le molestó aún más encontrarse a Saga ahí, leyendo un libro, ¿qué no se suponía que estaba ocupado?
- ¿Qué haces aquí? – preguntó con un evidente dejo de enfado. Saga sonrió.
La relación entre Saga y Camus fue extraña desde un principio, Saga casi siempre estaba ausente y Camus odiaba esas ausencias, sentía que era un estorbo y que no avanzaba en su entrenamiento, no veía a Saga como a un maestro, ni siquiera era capaz de verlo con el respeto con el que se supone que debería de ver a alguien de su rango, sin embargo, quería de alguien que lo guiara, que le dijera cómo continuar, en pocas palabras, lo necesitaba pero no soportaba tenerlo cerca, tenía esa sensación de abandono y soledad, como si no estuviera en el lugar correcto, le angustiaba pensar en su futuro y más le aterrorizaba aún recordar su pasado, y todo eso se podía leer con claridad en su rostro.
Saga se acercó lo suficiente para estudiar su expresión, le encantaba la combinación de esos rasgos, podría pasar horas observándolo y por eso mismo se alejaba de él. No soportaba la idea de tenerlo tan cerca y no tenerlo, así que para liberar toda la tensión que Camus le causaba, para olvidarse de todo lo que le hacía sentir, decidía mantenerse ocupado, aunque a decir verdad, estar sin él o no estarlo le parecía igual de doloroso, no quería conocerlo, no quería involucrarse, no quería saber nada de él, pero ahí estaba, preocupado porque lo veía enfadado. ¿Qué si lo amaba? Él mismo no podría hablar de amor, hacía mucho tiempo que había dejado de sentir ese tipo de cosas, pero sí lo deseaba y eso era más que suficiente para él.
- Sé que es un poco tarde pero... pensé que quizá podríamos entrenar – una sonrisa apareció en el rostro de Camus, era lo que había estado esperando.
Sintió como el francés tomaba su mano y lo guiaba hasta el campo de entrenamiento más cercano. Si Saga hubiera sabido que a cambio de un par de horas tendría unos segundos de contacto físico y esa preciosa sonrisa, entonces lo habría hecho antes.
***
Su cuerpo completamente agitado era simplemente adorable. La manera en que su pecho se elevaba en una frenética búsqueda de oxígeno, el sudor perlando su cuerpo cansado y esa expresión de plenitud conformaban el cuadro perfecto. Saga, por otra parte, se veía como cuando habían llegado, no había signos de pelea o rastros de cansancio, estaba impecable.
- Eres fuerte – dijo Camus entre bocanadas de aire que luchaban por ingresar a su cuerpo. Saga sonrió.
- Vamos, será mejor que regresemos.
Después de caminar en silencio, llegaron hasta su habitación.
- Ah, me daré una ducha.
- Claro – dijo con una tranquilidad que en realidad no sentía, ¿qué no se daba cuenta Camus de lo terriblemente tentadora que era la idea de verlo desnudo? Lo vio entrar y para distraerse de todas las ideas que le venían a la mente, decidió escribir unas cuantas cosas que deseaba explicarle… aunque la verdad era que había otras tantas que con gusto le habría enseñado.
El agua fría se sintió terriblemente bien sobre su cuerpo agotado, la espuma resbalando por su delicada figura, si Saga lo hubiera visto, seguramente habría muerto de una hemorragia nasal y es que, se veía absoluta y llanamente apetecible, la manera en que su largo cabello se pegaba a su espalda, esa piel que se antojaba suave y tibia, sin embargo Camus ni siquiera estaba consciente de lo tentador que podría ser su cuerpo, ni lo imaginaba y quizá ni querría saberlo, tan solo quería salir y dormir hasta la mañana siguiente. Buscó a tientas su ropa para segundos después, darse cuenta de que no estaba, seguramente en su afán por darse una ducha la había olvidado. Tomó una toalla y la colocó alrededor de su cintura.
- Maldición, olvide mi… - su rostro se debatía entre palidecer o enrojecerse – Sa… ga… pensé que ya te habías ido… - Saga también sufría esa lucha interna, sin embargo, lo disimuló muy bien.
- Hay algo que quiero explicarte – dijo con una voz un tanto entrecortada desde la cama del menor, muy sugerente - pensó él, aunque seguramente Camus no pensaba lo mismo.
- Sí… ehh... yo… me visto y regreso.
Se encerró nuevamente en el baño y mojó su rostro intentando disipar su perturbación. Cuando salió, Saga le hizo un gesto con la mano alentándolo a acercarse, y con algo de desconfianza, Camus se sentó en la cama muy alejado del geminiano.
- Acércate, para explicarte necesito que veas esto – dijo señalando una pequeña hoja con algunas palabras que difícilmente se podrían leer. Como vio que Camus no se acercaría, fue él quien cambiando de posición quedó a su lado, tan cerca que podía oler ese delicioso aroma que dejaba el jabón sobre su piel, una piel en la cual se podrían hacer muchas marcas – pensó con lascivia – El poder de una persona tiene varios parámetros para ser medido, hay unos que no se pueden modificar, otros que solamente lo hacen parcialmente y…
La explicación continuó, aunque el joven francés se perdió de inmediato, no porque no lo comprendiera, sino porque estaba tan cansado que inevitablemente entró en un estado somnoliento en donde ya no pensaba con coherencia. Saga lo observó, acercándose lentamente, sabía que quería besarlo, quería hacerlo porque tenía la oportunidad, porque sus labios se veían absolutamente deliciosos y porque le daba la gana. Pero justo cuando estaba a escasos centímetros de su objetivo, el hermoso francés se removió en su lugar y musitó su nombre.
- Saga…
- ¿Si?
- ¿Crees que mis cejas son extrañas? – Nunca había pensado en sus cejas, de hecho, ni siquiera se había percatado de la inusual forma que tenían, pero ahora que lo pensaba no le parecían extrañas, más bien le gustaban, encajaban a la perfección con el resto de su rostro.
- No, no lo creo…
El joven sonrió, antes de quedarse finalmente dormido.
Continuará…
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