jueves, 17 de enero de 2013

Capítulo 1: El inicio - Marzo 2.2010

Guardián


Capítulo 1: El inicio



Se observaron un instante antes de que Hyoga cerrara la puerta de golpe.



               - ¡ABRE LA MALDITA PUERTA! – ahora sí estaba enfadado y el rubio lo sabía, incluso sonrió antes de sentarse en la cama a esperar que Ikki hiciera su típico berrinche – Hyoga – dijo con una falsa tranquilidad en su voz, incluso lo había llamado por su nombre, cosa que pocas veces hacía - Negociemos…



Pero Hyoga sabía que le estaba mintiendo y que si no le respondía, el mayor comenzaría a gritarle cada vez más histérico. Así que se mantuvo en silencio, después de todo, él era bueno con los silencios. Se recostó sobre la cama con su móvil, al menos le había dejado conservarlo, más que para comunicarse, para mantenerlo vigilado. 



               - ¡Maldita sea Pato! ¡Voy a derribar la jodida puerta si no abres!


               - ¿Ah si? ¿Cómo? ¿Planeas soplar y soplar? – preguntó burlándose antes de escuchar un golpe seco sobre la puerta, se incorporó al no oír nada más y se sintió como el protagonista de alguna película de terror mientras se acercaba despacio a la puerta aún cerrada.



Fue golpeada por segunda ocasión con tanta fuerza que se sobresaltó antes de ver cómo ésta se abría, retrocedió un par de pasos.



               - ¿Qué has hecho? – preguntó indignado.


               - Pato… - respiró profundamente – no quiero discutir de nuevo… estoy cansado, así que… por favor, baja a cenar.



Hyoga bajó la mirada, le sorprendía la actitud madura de Ikki, bueno, omitiendo el hecho de que acababa de derribar la puerta, ¿qué no recordaba el fénix que tenía en su poder una copia de todas las llaves de la casa?



               - ¿Me dejarás ir?


               - Lo pensaré – respondió con tal de que el ruso bajara a cenar, de por sí era dificilísimo hacer que comiera algo, y había bajado mucho de peso desde que habían abandonado la mansión.


***


               - Y bien… ¿Qué opinas? – Camus seguía caminando en círculos mientras esperaba la respuesta de Milo.


               - Está bien… me encanta… - sonrió pero de inmediato se arrepintió al ver el rostro decepcionado de Camus.


               - Es basura Milo… ahh… - colocó una de sus manos sobre su frente mientras la otra descansaba sobre su cintura – creo que iré a dormir… me duele la cabeza.


               - ¿No piensas cenar? – preguntó haciendo que el francés se detuviera a medio camino.


               - Ahh cierto… - había estado tan sumergido en su trabajo que olvidaba constantemente de alimentarse, por fortuna para él, ahí estaba Milo para recordárselo, no por nada era su mejor y más apreciado amigo – creo… que cenaré luego, cuando despierte.


               - De acuerdo.



Habían comenzado a vivir juntos mucho después de abandonar el santuario, no lo habían planeado, sucedió tan solo un día, Camus se encontraba en el pasillo de una enorme tienda, decidiendo entre las sopas instantáneas y la comida congelada. Milo en cambio era más saludable, cosas frescas, frutas, verduras, carne y queso, adoraba la cocina y le iba muy bien en ello. Cuando pasó por el pasillo de la comida “basura”, como él lo llamaba vio una cabellera añil que le pareció por demás familiar, pero no se detuvo, aún quedaban cientos de cosas en su lista de compras y pensaba, no ciertamente, que Camus seguía en Francia. Ese fue su primer encuentro fallido. Más tarde, esa misma noche, hacían fila a dos cajas de distancia, Milo se encontraba en la caja 7 y Camus en la 9, una caja rápida que de rapidez no tenía más que el nombre. Por lo que cuando ambos terminaron de pagar, se toparon casi de frente, cada uno tan sumido en sus propios pensamientos que tampoco se encontraron, ese fue el segundo intento del destino por juntarlos.



Eran las 9:38 de la noche cuando Camus salió a esperar un taxi, llevaba pocas cosas pero sentía su cuerpo demasiado agotado como para caminar hasta su hogar. Dos minutos más tarde un auto se detuvo delante de él. No le prestó atención, incluso se movió un poco para alejarse del auto, pero éste avanzó siguiéndolo un par de metros, se puso alerta, con la misma paranoia de cuando estaba en el Santuario, como si esperase que un enemigo lo fuera a atacar de pronto.



               - ¿Camus? – escuchó su nombre mientras el individuo bajaba la ventanilla del auto, y para sorpresa del francés, una muy grata por cierto, era el escorpión quien conducía.


               - ¡Milo! – aunque quiso, no pudo reprimir una leve sonrisa.


               - ¿Qué haces aquí? – dijo bajando del auto.


               - Pues… lo mismo que tú supongo, compraba algo para cenar.


               - No, pero… aquí… pensé que estarías en Francia… - se veía muy inquieto el escorpión – dioses… hace tanto que no te veía… ¿crees que… - pareció dudar un instante – pueda abrazarte sin terminar congelado? Ah… no me importa morir congelado – dijo antes de abalanzarse sobre un sorprendido francés, lo abrazó con fuerza hasta que obtuvo una leve queja – lo siento. Sube, te llevaré a casa…


               - No hace falta Milo, gracias…


               - Vamos Cam… tienes que contarme qué has hecho en este tiempo… - casi lo obligó a subir al auto y condujo con indicaciones del francés hasta unos departamentos.



El lugar, si bien no era grande, era cómodo, al menos para una persona.



               - ¿Quieres pasar? – preguntó intentando ser cortés.


               - Claro… ¿vives solo? – dijo mientras subían al ascensor.


               - Sí… ¿y tú?


               - También.



Fue una larga noche, se quedaron hablando hasta casi el amanecer, poniéndose al tanto de todo lo que habían hecho. Camus había estado dando clases de literatura en una prestigiosa Universidad de Francia, pero había optado por dejarlo cuando sintió que nada le hacía feliz. Había perdido la inspiración y apenas si podía convencerse de levantarse cada mañana, esto no se lo contó al escorpión, tan solo le dijo que a pesar de haber nacido en Francia, no era ahí donde se encontraba su hogar. Milo por su parte, había decidido iniciar un negocio junto con Saga, ¿quién lo diría? Eran tan distintos que Camus jamás pensó verlos trabajando juntos.



Un par de meses de visitas diarias y cenas juntos fueron suficientes para que Milo le propusiera algo a Camus.



               - Bueno, ya es tarde, mañana entro temprano… odio las clases de las 7, la mayoría está muriendo de sueño y a veces eso es muy contagioso.


               - Quédate – tomó su mano cuando el francés se puso de pie, habían estado viendo películas en la estancia del escorpión. 


               - ¿Qué?


               - Quédate aquí.


               - Já, te recuerdo que ayer me quedé y se me hizo tarde… - Camus siempre parecía preocupado – no alcanzaría a llegar a casa a cambiarme y luego…


               - Trae tus cosas – en cambio Milo siempre parecía tranquilo – trae todo lo que tienes y quédate aquí… conmigo… quiero que vivas conmigo - Camus se sonrojó levemente y evadió la mirada del escorpión.


               - Pero…


               - Vamos Cam, si no estás aquí yo estoy en tu casa… yo podría llevarte a tu trabajo por las mañanas antes de ir a la oficina y podría ir por ti para ir a comer…



Camus parecía dudarlo, pero después de dos semanas de insistirle, finalmente el de acuario aceptó mudarse. No es que estuviera muy apegado a su hogar de cualquier manera.



***



               - ¿Qué tienes? – preguntó más por sacarle plática, de antemano sabía lo que Hyoga tenía.


               - Nada… - dijo jugando con la comida en su plato, el fénix casi había terminado de cenar y Hyoga apenas si había probado bocado. 


               - ¿Ahora no dirás nada de tu escuela? Vamos Pato, nunca eres tan callado en la cena. Otras veces al menos me reclamas, ¿qué te ocurre? – el móvil del mayor interrumpió la conversación – ¿Ahora? – miró su reloj – De acuerdo – dijo de mala gana, colgó y se puso de pie.


               - ¿Te irás?


               - Sí… un cliente adelantó la junta para mañana temprano así que iré para ver que todo esté en orden. ¿Estarás bien? – preguntó indeciso.



El rubio asintió con la cabeza y al verlo, Ikki salió del comedor. Hyoga se puso de pie con su plato, al menos no tendría que terminar de cenar y sería libre para salir a divertirse. Estaba a tres pasos de la cocina cuando el Fénix se asomó sorprendiéndolo.



               - Me iré hasta que termines de cenar – Hyoga se dio la vuelta con su plato aún en las manos. 


               - Se te hará tarde.


               - No importa – musitó – ahora, siéntate y come.


               - Ay Ikki, no creo que…


               - Siéntate… - repitió amenazadoramente.


               - ¿Y si no quiero? – por algún motivo siempre terminaba llevándole la contra al peliazul. Ikki miró el reloj nuevamente – se te va a hacer tarde… si quieres vete, yo terminaré de cenar – sonrió levemente, seguro que ésta vez Ikki no podría someterlo, pero para su sorpresa el mayor le quitó el plato de las manos, lo envolvió con plástico y arrastró a Hyoga con él - ¿Qué haces? – dijo al sentir el fuerte agarre de Ikki en sus muñecas.


               - Cenarás mientras yo reviso el proyecto, no creas que no me imagino lo que planeabas.


               - ¡Eres un idiota paranoico! – dijo muy molesto.

               
               - Gracias pato, yo también te aprecio. Ahora, sube al auto.


***


Para cuando terminó de cenar lo invadió un estado de somnolencia por lo que se recostó en uno de los sillones hasta quedarse profundamente dormido. Ikki le dirigía miradas de vez en cuando, era cansado tenerlo bajo su tutela, en primera porque el rubio no cooperaba y porque había sido casi obligado a hacerse responsable de Hyoga y de sí mismo siendo muy joven. ¿Cómo es que habían llegado a ese punto?



Se acercó para cubrir el delgado cuerpo de Hyoga con su chaqueta y lo miró fijamente. 



               - Así dormido hasta me gustas Pato – dijo en voz muy baja – deberías verte, tan tranquilo e indefenso…



Ikki iba a cumplir 16 cuando Hyoga tenía 14. Saori les había dado la oportunidad de recuperar sus vidas normales, oportunidad que desde luego el Fénix, a diferencia de los demás excepto Shiryu, no desaprovechó. Quería hacerse independiente para poder largarse de la mansión, y no es que sus compañeros no le agradasen, aunque cierto Ponny solía exasperarlo al grado de querer golpearlo, era tan solo que había tantas cosas que deseaba hacer que se dedicó de lleno al estudio, Seiya por su parte, tomó un año sabático, igual que Shun. Shiryu siguió el ejemplo de Ikki, solo que él se dio el tiempo necesario, no adelantaba materias como lo hacía el Fénix para terminar antes. Así que casi como un niño prodigio que había perdido los primeros años de su vida, a sus 19 años había logrado su cometido, consiguió independizarse y pudo establecerse en un pequeño departamento, que si bien no era grande, tenía lo necesario y se encontraba en una zona céntrica. Hyoga para ese entonces tenía 17 años y seguía sin hacer nada de su vida, se la pasaba en fiestas porque a pesar de su frío carácter era popular con las chicas, y desde luego con otros chicos, lo veían como un semidios perfecto e inalcanzable. Había sido suspendido de la preparatoria cientos de veces hasta que finalmente le echaron de manera definitiva.



Y habría seguido con esa vida y ese estilo de no ser porque un día, cuando Aioria, Kanon y Death Mask estaban de visita, llegó demasiado ebrio y armó un escándalo en la mansión. Shiryu había intentado calmarlo pero éste no dudó en utilizar su fuerza para deshacerse del agarre del dragón y luego se le echó encima a Aioria, quien tenía también algo de alcohol encima. Ambos terminaron heridos, enojados y con tremendo regaño de Saori quien les puso un ultimátum. Hyoga subió las escaleras molesto, azotó la puerta y no salió durante una semana. Comía tan solo porque Shiryu lo obligaba a base de palabras amables, pero al parecer la situación empeoró con el tiempo.



               - ¿Cómo llegamos a esto pato? – musitó para no despertarlo, pero el aludido se removió en el sofá.


               - Ikki – dijo entre sueños, el peliazul sonrió.


               - ¿Sueñas conmigo patito?


               - Ahh… idiota… - la sonrisa del Fénix se borró de inmediato y estuvo tentado a despertarlo para reclamarle. Pero en lugar de eso, tomó una de sus muñecas, siempre traía muñequeras así que levantó un poco la tela para observar su piel y acarició las cicatrices que había en ellas.



Continuará…

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