martes, 15 de enero de 2013

Capítulo 1: Como una espiral hacia ti - Febrero 10.2009



Ciclos eternos



Capítulo 1: Como una espiral hacia ti.
 



La vida siempre te llevó una y otra vez hacia Milo. Solo que muchas veces no te diste cuenta.



La forma en que se conocieron fue de lo más simple, no hubo un paisaje bonito ni música de fondo, ni siquiera hubieron frases que pudieran recordar posteriormente, no fue un encuentro mágico ni hubo nada que les dijera que ese intercambio de palabras sería importante.



Ibas rumbo a casa después de un cansado examen para el cual no había estudiado, aunque eso no era nada nuevo, el lápiz se había tambaleado entre tus dedos y tuviste que poner tu mano izquierda sobre la derecha para calmar el nerviosismo del que eras presa cada vez que te enfrentabas a una situación de estrés. Por eso ahora, ibas de manera casi autómata caminando entre las tantas tiendas que había en el centro.



Milo, a quien en ese entonces llamabas “Ojos Tristes” (porque aún no sabías que se llamaba Milo) se encontraba viendo un estante con figuras de acción, a su edad aún seguía conservando miles de cosas que su madre consideraba basura "Es de colección" respondía siempre, y eso parecía calmar un poco los ánimos en su casa. Él te había visto un par de veces pero jamás le llamaste la atención, desde su punto de vista, no eras una persona interesante y siempre le dejabas una sensación de apatía, para él solo eras la persona que veía hacia la nada en el camión, una vez se sentó a tu lado pero parece que no te diste cuenta, había demasiado cansancio para notarlo. 



Cuando pasaste frente a una de las tiendas que tenía una gran ventana te detuviste y observaste fijamente una vitrina, a decir verdad lo que había llamado tu atención no estaba dentro de esa tienda sino reflejado en ella... él, parpadeaste un par de veces, como si no confiaras lo suficiente en tus ojos y en tu memoria para saber que se trataba de “Él”, de “Voz Melancólica”, “Innombrable”, “Sanguijuela Traidora”, “Idiota Vete al Infierno”, “Grandísimo Hijo de Puta” o mejor conocido por todos como Shura. Y bien, ahí estaba Shura bostezando a unos metros… bajaste la mirada y un par de segundos después la ubicaste de nuevo en la figura distante que tanto daño te había causado. Milo te observó desde el interior de la tienda mientras se preguntaba si había algo en ese aparador que te interesara y sonrió... la próxima vez que se vieran, seguramente te hablaría.



Esa próxima vez llegó como un después más pronto de lo que se había imaginado, se acercó con pasos cautelosos líquidos mientras esperaba el medio de transporte que lo llevaría a casa. Cuando fue consciente de ello, se encontraba sentado a tu lado, tú mantenías los ojos cerrados y las piernas recargadas en el asiento de enfrente.



                             - ¿Puedo abrir la ventana? - moviste tus hombros al mismo tiempo que tus cejas se arqueaban.



Y ese fue su principio. Una casualidad.



Con el tiempo, Milo te contó su versión de la historia, te encantaba escucharlo porque te gustaba cómo se expresaba, había algo mágico en cada una de sus palabras.



                             - ¿Por qué me decías Ojos Tristes?


                             - No lo sé, me daba la impresión de que estabas triste – respondiste antes de abandonar tu octavo cigarrillo del día.



Él intentó sonreír pero inmediatamente cambió de tema… ¿entonces sí estaba triste?



                             - ¿Qué pasa? – preguntaste.


                             - Nada, acabo de recordar que habrá una convención este fin de semana, ¿me acompañas? Kanon me dijo que quizá podríamos encontrar la primer versión de… - mencionó un nombre que no entendiste, al parecer de una famosa figura de acción de esas que no se consiguen fácilmente – no te burles, es en serio, no se consigue en ningún lugar del Universo…


                             - Woo, ¿estás seguro que en Júpiter no las venden?


                             - Te dije que no te burlaras – dijo casi riéndose mientras se te echaba encima en una guerra que casi siempre terminaba con uno de tus ataques de tos – Deberías dejar de fumar. No te hace bien.



Por algún motivo, odiabas cuando él te decía las cosas, te hacía sentir culpable.



                             - Entonces… ¿Vienes?



Una parte de ti quería decir que sí, la otra te recordaba el mensaje que Idiota Vete al Infierno había dejado en tu contestadora esa mañana, “Estaré de visita el fin de semana, ojalá pudiera verte”, tu primera reacción fue lanzar el teléfono, ¿qué coño quería ahora ese Cretino?, tomaste un bloc de notas que estaba bajo el colchón de tu cama y añadiste las palabras Cretino… Malnacido, en la parte superior de la hoja se encontraba la leyenda “Sobrenombres para el Innombrable”, después de lanzar una pequeña pelota contra la pared para descargar tu ira, tuviste que recoger el teléfono y te enteraste del resto del mensaje “te dejaré el número de mi móvil, intenté mandarte un mensaje, pero parece que has cambiado de número” Nunca serías capaz de confesar que tu móvil ahora descansaba en las profundidades del lago más lejano de la ciudad. “Camus… yo… te extraño” No sabías qué pensar… porque… odiabas a Sanguijuela Traidora, entonces, no entendías por qué ahora rechazabas la propuesta de Milo.



                             - Lo siento Milo, tengo un trabajo que hacer este fin de semana.


                             - Ah… ya veo… - parecía desilusionado - ¿quieres que te ayude? Igual y podré ir hasta la próxima convención… - ahora sí te sentías verdaderamente culpable.


                             - No, no… en serio, no te preocupes, ya lo terminaré, además… recuerda que no conseguirás esa figura en ningún lugar del Universo – Milo sonrió. 



Continuaste pensando en Milo mientras fingías que leías un libro. Afrodita, (a quien en ocasiones llamabas Azul Cielo) tu compañero de piso caminó de un lado a otro con una extraña expresión en el rostro. Necesitaba escuchar las palabras que le permitirían hablar. Intentó ejercer algo de presión cruzando los brazos, de esa forma pretendía demostrar su molestia, pero no obtuvo nada, al parecer tendría que dar el primer paso en lugar de esperar que el piso retrocedería bajo sus pies como era su costumbre.



                             - ¿No vas a preguntarme qué pasa? - te observó esperando una respuesta, incluso entrecerró los ojos para que supieras que estaba esperando tu respuesta y que no te dejaría en paz hasta que lo hicieras.


                             - ¿Por qué no solo me dices y ya?



Quisiste retractarte en el primer minuto, a Azul Cielo (Dita) no le interesaba que le preguntaras por obligación, quería que te dieras cuenta de que estaba pasando algo, que lo supieras sin que tuviera que decírtelo, pero eso era casi imposible, eras incapaz de preguntarle algo sin que tuviera que forzarte a hacerlo.



Por el constante movimiento de sus manos, se podía advertir que en cualquier momento terminaría gritándote, después de todo, siempre hacía eso, eso o alguna otra estupidez, de hecho, en ocasiones llegaste a pensar que realmente disfrutaba molestándote. No pasó mucho tiempo hasta que te quitó el libro que habías comenzado a leer esa mañana y lo arrojó al suelo, después tan solo se fue corriendo y la única palabra que pudiste formular fue "Idiota", no entendías cómo es que podía hacer tanto drama por una simple pregunta y sin embargo, te preocupó. 



                             - ¡Dita espera! - corriste tras él con un sentimiento indescriptible, por un lado estabas molesto, sabías que cuando alcanzaras a Azul Cielo le reclamarías por armarte un drama, tú odiabas los dramas, y la fugaz idea de que no regresaría te hizo estremecer, quizá ahora sí cumpliría con sus amenazas de irse, quizá ahora sí pondría ese ridículo anuncio que había escrito con marcador sobre el refrigerador para recordarte que no eras el mejor compañero de piso.



Lo encontraste con Sonrisa Perfecta al doblar la esquina, de hecho, si te hubieras quedado en tu cuarto, los habrías visto desde la ventana y quizá de cualquier forma habrías bajado.



Curiosamente Sonrisa Perfecta no sonreía muy seguido, podías pensarlo durante horas y no encontrabas más de dos situaciones en las que hubieras sido testigo de ese gran acontecimiento. Tampoco hablaba demasiado, lo que Sonrisa Perfecta hacía era escuchar, eso era algo que podía hacer y no había nadie mejor para hacerlo.



                             - Y aquí estás, esto eres tú porque yo no puedo serlo - reconociste la voz de Afrodita y a decir verdad... no entendiste nada de lo que había dicho, quizá había sido mejor que fuera Sonrisa Perfecta quien escuchara y no tú, por eso regresaste a tu habitación, aunque no dejaste de pensar en ellos. 



*** 



Días después.


                             - Saga dice que te conoce – dijo Dita casi orgulloso de sus palabras.


                             - ¿Saga? – ahora te miraba con total desaprobación.


                             - No finjas que no nos viste… tu presencia se sentía a metros de distancia.


                             - Ahh… Ya veo, te refieres a Sonrisa Perfecta.


                             - ¿Sonrisa Perfecta?... Sabes, deberías de dejar de ponerle apodos a la gente – dijo mirándote a través del espejo mientras cepillaba su cabello – en fin… pues sí, Sonrisa Per… - sonreíste y él maldijo entre dientes – Saga dice conocerte.


                             - Pero si nunca hemos hablado.


                             - No, pero dice que eres novio del amigo de su hermano.


                             - ¡¿QUÉ?! – el libro que tenías cayó de tus manos y sostuviste a Dita por los hombros - ¡¿NOVIO?! - no te lo dijo, pero sabías perfectamente que hablaba de Milo, últimamente pasabas mucho tiempo con él.


                             - Ahh… - se quejó levemente - Si no le dices, les caerá... la maldición - el tono de seriedad en sus palabras hizo que reprimieras una sonrisa.


                             - Ahh... - dijiste con sorpresa mientras cubrías tu boca con ambas manos en un gesto por demás dramático - entonces... deja marco a su móvil, o noo, mejor aún, ¿qué tal si voy en su búsqueda? A esta hora está en clases - sonreíste con esa expresión de burla tan característica en ti.


                             - No tienes que usar el sarcasmo, pero allá tú si les cae la maldición – nuevamente ese gracioso esfuerzo porque sonara tétrico.



La maldición consistía en la incapacidad de amar a alguien por la aparición de un tercero. Todo comenzaba cuando dos personas sentían algo una por la otra, esto no era del todo malo si la relación era entre completos desconocidos, si no había una amistad que corriera riesgo, entonces había libertad de expresar todo sin temor a arruinar algo. Si por el contrario, había una amistad de meses, incluso años, donde coincidían en libertad y en ideas, entonces, si no se confesaban los sentimientos, alguno de los involucrados inevitablemente encontraría a alguien más y jamás volvería a estar disponible. Y esa era la terrible maldición de la que tanto hablaban. 



Tú no creías en eso, pero deseaste que la maldición jamás los alcanzara.



                             - Tengo que irme, quedé con Shura…


                             - No, por todos los dioses, Camus, no comiences con eso de nuevo ¿quieres?

                             
                             - ¿Con qué? – Dita te observó pensando que eras un verdadero idiota – No es lo que piensas… él ya no me interesa ¿ves?


                             - ¿Y por qué vas a verlo? ¿Ya se te olvidó todo lo que te hizo?... ¿Y dónde entra Milo en esta historia? ¿Qué es entonces para ti?


                             - Es mi amigo… - te observó decepcionado – no te diré que estoy enamorado de él porque no es cierto.


                             - Espero que así sea siempre ¿sabes? – se dirigió hasta tu guardarropa y tomó una camisa que tenía cierto estilo vampirezco, o al menos, te recordaba una de esas películas de época, pero solo la habías utilizado una vez.


                             - ¿A qué te refieres?


                             - El amor no es para siempre… 



Las palabras de Dita siempre tenían mucho peso, caían sobre ti como pequeñas dagas, era como la voz de la consciencia que no era capaz de resolver sus propios problemas. Mientras ibas camino al tan esperado encuentro, te sentiste como un traidor, como si estuvieras lastimando a muchas personas con tus acciones, pensabas que se trataba de tu paranoia y decidiste no obedecer a esa corazonada que te indicaba que todo iba a terminar mal.



Llegaste 15 minutos antes y no sabías que hacer con el exceso de tiempo, miraste a tu alrededor y te recargaste en la pared de un antiguo edificio de departamentos. Él llegó con 12 minutos de retraso, el aroma a tabaco en sus labios y un beso que te llegó de sorpresa, segundos después se separaron y él portó esa idiota sonrisa cínica y creíste ver a Sonrisa Perfecta a lo lejos, aunque se le veía distinto, la sangre se acumuló en tus piernas cuando te diste cuenta de que no se trataba de Sonrisa Perfecta, y las palabras de Dita diciéndote que tenía un hermano te golpearon de manera que de inmediato buscaste a Milo con la mirada, ese día no viste la decepción en su rostro, pero días después te hizo un comentario que te dio a entender que él sí te había visto a ti.



Continuará...

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