Capítulo 5
2:17 a.m.
- ¿Qué hay de Hyoga?
La pregunta de Kanon resonó con una anormal seriedad, como si estuviera concentrado en recrear la figura del rubio en su mente. La idea en sí le desagradaba, pero tenía que hacerlo, era su trabajo. Siguió sentado en el suelo al lado de la cama en la que se encontraba su hermano y movía una de sus piernas con ansiedad, sus manos estaban juntas sobre su regazo y a su lado había un bloc de notas con varios nombres tachados.
- Hyoga... - musitó Saga al recordar al rubio y después sonrió - Hyoga no nos sirve, ya estuve con él, además... no he sido el único, al parecer al rubio le gusta venderse, la verdad no me sorprendería que alguien lo reconociera - dijo con una extraña sensación de pesadumbre.
- Pero
tiene buen cuerpo y un rostro hermoso, ¿no crees que su experiencia sería bien
valorada?
- Kanon
- se acercó hasta su hermano y tomó el bloc de notas - esa gente no busca experiencia
sino lo contrario, aunque pensándolo bien no estaría de más que fuera... por
los viejos tiempos – sonrió.
- Esta
será la última vez ¿cierto? Quiero terminar la carrera y... no lo
necesitamos... ¿o sí?
Saga sonrió mientras pasaba sus brazos debajo
de los de su hermano y lo obligaba a recostarse a su lado para después
abrazarlo posesivamente.
- Ahh, ¡quítate! - comenzó a manotear desesperado al sentir tan cerca a Saga.
- ¿Ah sí? ¿Quieres que te suelte? - se acercó hasta la orilla de la cama amenazando con dejarlo caer – dime, ¿quieres que te suelte?
- No... NO, Saga... no lo hagas - se aferró al cuerpo de su hermano a pesar de que odiaba los abrazos.
Los abrazos para Kanon eran como el agua para un gato, en verdad los odiaba, no le importaba de quien vinieran, ni con qué intención, simplemente los aborrecía. En cambio Saga, disfrutaba la sensación de tener a alguien entre sus brazos, quizá era esa la única forma en que demostraba su cariño, pero tenía que ser él quien abrazara y no al revés. Además, le gustaba fastidiar a Kanon. A decir verdad, Kanon era lo único que tenía, y aunque solo era mayor que él por un par de minutos tomaba muy en serio su papel del hermano mayor. Pensó un momento en las palabras de su hermano, era cierto, cuando sus padres murieron les dejaron una cuantiosa fortuna, pero por desgracia junto con esa fortuna, también les era legado el extraño negocio familiar, quizá tendría que hablar con Shion, sinceramente él también se estaba cansando de esa situación, pero si no se podía, al menos quería que Kanon siguiera con su vida normal.
- Te prometo
que será la última vez que te verás involucrado - dijo con tristeza para
deshacerse del abrazo.
- No
quise decir eso, si te quedas... me quedaré contigo - odiaba ver a su hermano
preocupado, así que cambiando de tema siguió hablando - ¿qué hay del amigo de
Hyoga?
-
¿Quién?
- Su
nombre es Shaka, seguro lo recuerdas, es rubio, cabello lacio, hermosos ojos
azules, estudia en la facultad de Medicina, está en tercer año, 19 ó 20 años y
por lo que he visto es muy tímido, así que... - suspiró - no creo que haya
estado con alguien antes.
- Anota su nombre - Kanon obedeció inmediatamente - hay un joven, cabello lila, se sonroja con facilidad ¿lo has visto?
-
¿Cabello lila? - lo pensó durante unos segundos y una sonrisa iluminó su rostro
- ¡ahh! Ya, su nombre es Mu, pelimorado, cabello lacio, hermosos ojos verdes -
era como una serie de características que debía decir, en el mismo orden, una y
otra vez - estudia en la facultad de Psicología, está en segundo año, 18 ó 19
años y por lo que he visto es tímido, creo que es un buen candidato.
- Bien,
yo me encargo de él... tú intenta acercarte al otro.
***
7:17 a.m.
Intentó anunciar su llegada, en verdad, su intención jamás había sido entrar al cuarto de su adorado francés así, de la nada, pero llamó un par de veces y no obtuvo respuesta, así que temiendo que se hubiese quedado dormido, decidió entrar... o bueno, al menos eso era lo que pensaba decirle a Camus cuando abriera los ojos y se encontrara con él. Lo vio dormido boca abajo en ropa interior, con los azules cabellos descansando desordenados sobre su hermosa espalda, quería despertarlo pero cuando se acercó a la cama y notó su tranquila y monótona respiración, el suave subir y bajar de su torso, se dio cuenta de que deseaba observarlo un poco más, disfrutarlo unos minutos antes de que despertara y comenzara a gritarle o peor aún, lanzarle cosas por haber irrumpido de esa forma en su cuarto. Acercó la silla que estaba cerca del escritorio y siguió contemplándolo con una sonrisa tonta, de haber sido por él, se habría recostado a su lado y quizá hasta lo habría abrazado.
El sonido de la alarma fue suave en un comienzo
para ir aumentando hasta convertirse en un agudo sonido que hizo que Camus
abriera los ojos pesadamente, estiró su mano izquierda para alcanzar el reloj y
apagarlo dando fin a su tortura y esperando dormir 5 minutos más.
- Buenos días amor - dijo un sonriente Milo ante la mirada atónita de Camus quien buscó alcanzar la sábana para cubrirse un poco.
- ¿Qué...
qué coño haces aquí?
- Tu
mamá me dejó pasar.
Camus lo observó con terror mientras el escorpión relataba su odisea. Lo difícil había sido conseguir su dirección, tuvo que tomar la billetera de Camus temporalmente cuando estaban de guardia en el hospital y buscó desesperadamente su identificación, una vez que obtuvo su dirección, lo demás fue simple, se limitó a llegar temprano y decir que era su amigo para que la madre de éste lo viera ilusionada, y es que su hijo era tan raro, se la pasaba estudiando, siempre solo, aislado, nunca hablaba mucho de lo que le sucedía, al grado de que muchas veces se preguntó si criarlo ella sola había sido la mejor opción, pensaba con tristeza que quizá se avergonzaba de ella. Así que, el hecho de que alguien se presentara como su amigo y que fuera a buscarlo para irse juntos a la Universidad fue algo que había esperado durante mucho tiempo.
- No sé por qué insistes tanto - se puso de pie, y se dirigió a la ducha cerrando por dentro, la verdad a esas alturas no confiaba en su peliazul amigo, sonrió al darse cuenta de que de una forma u otra comenzaba a considerarlo su amigo... su obsesivo y exagerado amigo.
-
Porque te amo - musitó para sí mismo mientras se dejaba caer en la cama de
Camus, tenía su dulce aroma, abrazó la almohada fingiendo que era el francés
que tanto adoraba y cerró los ojos.
Un suave golpeteo llegó hasta sus oídos y se dirigió hacia la puerta para encontrarse con la hermosa y amable madre de Camus.
- El desayuno está listo - sin duda Camus había heredado la belleza de su madre, si tan solo sonriera tanto como ella - pensó
-
Gracias - bajaron las escaleras juntos.
- Camus
casi nunca desayuna, si acaso bebe algo de jugo pero por lo regular no lo hace
- la señora siguió hablando y Milo la escuchaba atentamente, con toda la
confianza del mundo sin saber que quizá en pocos minutos habían hablado más que
Camus y ella en todo lo que iba del año.
7:48 a.m.
El francés bajó impecable para encontrarse con Milo hablando desinhibidamente mientras su madre reía, era cierto que su madre sonreía seguido pero casi nunca la escuchaba reír, tampoco es que pasara mucho tiempo con ella, y se sentía culpable por ello, por no ser lo que ella esperaba, ella, en opinión de Camus, merecía otro tipo de hijo, quizá alguien alegre como Milo, alguien que no acarreara tantos problemas existenciales y que no fuera un completo antisocial. Bajó la mirada apenado, sintiéndose fuera de lugar, algo incómodo, como si solamente se le permitiera observar la escena y no formar parte de ella, así que aclaró un poco su garganta para que notaran su presencia.
- Hijo, ¿quieres desayunar algo?
- No,
gracias - nuevamente la frialdad que tanto odiaba de sí mismo - tengo...
tenemos que irnos.
- Sí,
claro - intentó sonreír pero no pudo.
Se despidieron como si fueran dos desconocidos,
el escorpión lo notó y de inmediato se despidió efusivamente de su suegra y
después alcanzó a Camus.
- Vamos en mi auto.
-
Pero...
- No te preocupes amor, yo te traigo cuando salgas de clase - no sabía si aceptar o no, pero al ver la seria expresión de Milo, pensó que era mejor no contradecirlo - No tenías que ser grosero - era la primera vez que Milo le hablaba con ese tono, como si estuviera molesto, como si quisiera reclamarle algo.
- ¿De
qué hablas?
- Ya sabes, la forma en que le hablas a tu mamá... - Camus no dijo nada, en el fondo Milo tenía razón, pero él era así, distante, temeroso y cargando culpas que no le pertenecían. El escorpión seguía hablando pero él decidió no escucharlo, se perdió en sus pensamientos sin quitar la expresión de enfado de su rostro.
Cuando llegaron al estacionamiento de la facultad Camus tomó sus cosas para irse rápidamente, no quería saber nada de Milo, no quería escucharlo ni verlo, se sentía verdaderamente incómodo, estaba a punto de salir del auto cuando el escorpión lo detuvo y lo abrazó.
- No sé qué problemas tengas Cam, pero aquí estoy... quisiera que confiaras más en mí - por un momento Camus quiso entregarse al sentimiento de protección que emanaba de Milo, pero no se sintió capaz y nuevamente la famosa barrera ahora conocida por el escorpión se hizo presente.
- Tengo
que irme.
***
11:52 a.m.
Trabajo a mano, siete hojas, tinta azul, entregar antes de las 4:00 p.m. Revisó su reloj nuevamente, tenía tiempo. Odiaba los trabajos a mano, le tomaban más tiempo del que quisiera y dejaban grabadas todas sus inseguridades. Si alguien hubiera analizado su letra, lo habría notado, esa angustia latente, esa ira reprimida y ese cansancio oculto en trazos vacilantes. Se encontraba aislado en un cubículo en la esquina de la enorme biblioteca, a esa hora del día había poca gente, tal vez porque no era temporada de exámenes. Se apoyó sobre su mano izquierda respirando profundamente, creía que con eso todo su odio se iría disipando, pensaba que si lograba calmarse podría contener las ganas de llorar, necesitaba concentrarse y terminar el trabajo, olvidarse de las dolorosas punzadas en su mano derecha y seguir escribiendo torpemente, pero no podía, sus pensamientos estaban muy lejos de sus apuntes y de todo en general.
Necesitaba dinero, bueno, lo que en realidad
necesitaba era largarse de ese infierno en el que vivía, y para eso necesitaba
dinero, lo último que había conseguido con Ikki se redujo a una botella de vino
barato, su padrastro había encontrado la caja en donde guardaba el dinero y sin
miramientos lo tomó, no solo eso, también había tomado la fotografía de su
madre, el último recuerdo que tenía de ella. Regresó horas más tarde con una
mujerzuela y unas cuantas monedas de poco valor. Lo odió, no le había bastado
con recibir hasta el último centavo de su sueldo, no se conformaba con nada de
lo que Hyoga hacía, así que, sin medir sus palabras comenzó con un reclamo que
fue callado con golpes, sintió cómo los puños cerrados aterrizaban sobre su
piel, sobre su rostro en un par de ocasiones y después el sabor metálico de su
propia sangre, ya no podía escuchar nada, entonces lo sintió, fue como si algo
quemara su piel, un terrible dolor que se iba esparciendo por sus heridas
llegando hasta lo más profundo de su ser, haciendo que se retorciera un par de
veces e intentara cubrir su rostro, el vino barato que acompañaba a su
padrastro minutos antes ahora estaba derramado sobre su cuerpo, ahora solo
escuchaba sus propios gritos y la burlona risa de su padrastro.
La ebriedad de su padre ayudó a que no lo
matara aquel día, eso y el hecho de que Sigfried hiciera algo bueno por primera
vez en su vida y lo detuviera. Sintió odio, desprecio por el imbécil que su
madre había elegido como esposo y desprecio por sí mismo por sentirse tan débil,
incapaz de cambiar su vida, y lo único que deseó en ese momento fue que su
padrastro muriera, no le haría falta a nadie - pensó mientras
gruesas lágrimas caían por su rostro haciendo que las heridas le ardieran
- ni siquiera Sigfried lamentaría su pérdida.
Al día siguiente no pudo ponerse de pie por sí mismo, así que a media mañana recibió una llamada de su jefe diciendo que iban a prescindir de sus servicios, Hyoga lo comprendió, no era la primera vez que faltaba a su trabajo, a pesar de ser sumamente responsable en más de una ocasión fue víctima de la violencia de su padrastro. Se quedó todo el día en su cuarto hasta que la puerta se abrió y entró Sigfried con un poco de comida.
- ¿Estás bien? - Hyoga no contestó, no tenía ganas de hablar con nadie - Toma - le extendió la fotografía de su madre - se la quité al viejo esta mañana, será mejor que la ocultes en otro lugar.
No supo qué sentir, por un lado Sigfried siempre había sido un cretino con él, pero ahora, ahora le estaba regresando lo más preciado que tenía.
- Gracias - fue sincero, tomó la imagen y esperó a que su hermanastro saliera para esconderla nuevamente.
Y ahora estaba ahí, en la biblioteca, pensando
en conseguir otro empleo después de terminar el trabajo a mano, un trabajo de
siete hojas que le parecía infinito por el dolor en su mano derecha, sin contar
con el odio que todavía sentía y que no lo dejaba pensar.
***
Shaka se quedó afuera de la enorme puerta cristalina de la biblioteca, intentaba inútilmente ubicar a Hyoga con la mirada, no lo había visto desde el sábado y no respondía a sus llamadas. Decidió buscarlo en la cafetería pero cuando se giró, se topó con alguien.
- Lo siento.
- ¡Ten
más cuidado niñato! - el rubio detuvo sus pasos, esa voz le era terriblemente
familiar – vaya, si eres el amigo de Camus - dijo con fingida sorpresa el
individuo.
- Shaka, me llamo Shaka.
- Bien, bien... ahora dime - pasó su brazo por los hombros de Shaka y lo pegó a su cuerpo mirando hacia la biblioteca - ¿has visto a Camus?
-
Ehh... creo que... - se sentía sumamente nervioso, estar tan cerca de Shura con
su delicioso y varonil aroma impregnándolo era más de lo que podía soportar.
- ¡Ahh!
Ya lo vi, ven, ¿no vas a saludarlo? - lo tomó de la mano y lo arrastró consigo
hacia la mesa en la que se encontraba el francés - ¿Estudiando? - Shura casi
obligó a Shaka a sentarse para después hacer lo mismo a su lado.
-
Hey... ¿qué hacen juntos? - no sabía si sorprenderse o no.
- Pues, aquí tu amigo que casi me arrolla, es algo torpe ¿cierto?
- ¡Te dije que lo sentía! - si bien Shaka siempre había sido una persona tranquila, en las dos ocasiones que había estado con Shura había terminado alterado.
- Ah,
sí - dijo sin darle importancia, nuevamente lo estaba ignorando y se puso a
platicar con Camus. Shaka aprovechó para dar un nuevo vistazo y alcanzó a
vislumbrar a Hyoga.
- Los
veo luego.
En el camino se cruzó con Kanon. El gemelo lo
observó fijamente analizando sus movimientos, y después de pensarlo un par de
segundos, lo alcanzó y comenzó a platicar con él, tenía que hacerlo tarde o
temprano de cualquier forma. En un principio Shaka creyó que se trataba de Saga,
pero bastaron un par de minutos para darse cuenta de que no era así. Kanon era
de esas personas que siempre están alegres, bromeaba todo el tiempo sin ser
pesado y por ese mismo motivo tenía a cientos de conocidos, aunque ninguno lo
conocía realmente. Había estado como portero en el equipo de fútbol por lo que
tenía un montón de admiradoras y... admiradores.
- ¿Qué hace con ese idiota? - su rostro le pareció familiar pero no lograba ubicarlo.
-
¿Acaso estás celoso? - preguntó Camus burlonamente.
- ¿No
me habías dicho que no salía con nadie?
- Y es
cierto, además, que esté platicando con alguien no quiere decir que salga con
él.
- Míralos, ese imbécil se está tomando demasiada confianza con mi angelito.
- Já, no recuerdo que Shaka fuera tuyo, y si escucha que le dices angelito te va a golpear, además no está tomando tanta confian... - no pudo terminar de hablar cuando vio a Kanon demasiado cerca de Shaka, casi acorralándolo contra un muro - o tal vez un poco.
El rubio se despidió de Kanon y llegó
finalmente hasta donde se encontraba Hyoga.
***
El departamento en sí era amplio, había dos habitaciones principales separadas por un largo pasillo, cada una tenía su propio cuarto de baño y un enorme guardarropa. La cocina estaba en perfecto orden, y no tendría porque no estarlo si casi nunca la utilizaba, de hecho, podría asegurar que Milo pasaba más tiempo en su cocina que él mismo, en su nevera había jugo, algunas frutas y un par de cervezas dejadas por el escorpión, el griego consideraba que una nevera sin cervezas era un desperdicio. Al lado de la cocina se encontraba la estancia decorada solamente con un par de sofás y todo un centro de entretenimiento, en el suelo había algunas películas, sería cuestión de colocarlas en su lugar y todo estaría limpio. Por eso decidió comenzar a limpiar su habitación, porque era lo más tardado, ya fuera porque en verdad era desordenado o porque cada vez que quería hacerlo se quedaba embobado observando fotografías, papeles y recuerdos, sin animarse a tirar nada.
Tomó un libro que estaba a medio terminar y de él cayó una pequeña tarjeta, al principio no la reconoció, pero ¿cómo no recordarla? Se la había dado Hyoga a finales del semestre pasado cuando hicieron la presentación de su proyecto de emprendedores. Se tumbó en la cama con una sonrisa, nuevamente el propósito de limpiar su cuarto había sido truncado. Recordó aquella ocasión, pasó por la plaza Central en donde solían acomodarse los equipos que llevaban esa materia, cada equipo estaba integrado por cerca de 10 estudiantes, y ese día la plaza se llenaba de música, exuberantes decorados, y lo mejor de todo, en opinión de su rubio amigo, comida gratis.
Se había acercado con una sonrisa mientras veía a Hyoga bailar sensualmente sin siquiera notar su presencia, tenía un vaso con refresco y continuaba ayudando en el arreglo de su stand.
- Hey, les está quedando bien - en
realidad seguía sin saber cómo acercarse al rubio.
- ¡Ah! Gracias - de inmediato le dio la
tarjeta mientras comenzaba a explicar el funcionamiento de su proyecto, se veía
alegre, totalmente convencido de lo que decía y haciendo un par de bromas,
nunca lo vio tan adorable como en aquella ocasión - ¿te convencí? – preguntó después de su medianamente largo discurso.
- Creo que tendrás que esforzarte más.
- Bien, quizá esto te convenza.
Le dio una paleta de hielo, en su stand tenían
dulces, bocadillos, frituras y lo más genial de todo debido al inmenso calor,
eran los helados y paletas de hielo, de hecho, había mucha gente haciendo fila
en ese stand. En eso llegó uno de los organizadores del evento y les dio una
hoja para calificar a los otros equipos. Y afortunadamente para Ikki, Hyoga fue
el designado para dicha tarea.
- ¿Quieres ir a ver los demás stands?
- Claro -
con él habría ido hasta el mismo infierno, daba igual, se sentía en el paraíso
cuando Hyoga lo tomaba de la mano arrastrándolo entre tanta gente.
- La mayoría solo finge interés en los
proyectos y lo que ven es quien te da más cosas... ahh mira, ¡tienen donas!
El rubio solía cambiar de ánimo con extrema facilidad, se acercaron a uno de los stands y escucharon con interés la explicación, pero era Hyoga quien dialogaba, y era a él a quien iban dirigidos los folletos y obviamente las golosinas, así que lo primero que hacía el rubio era darle ya fueran dulces, refrescos, emparedados o lo que hubiese recibido a su peliazul amigo. Fue una extraña sensación, sentir que el rubio lo ponía primero a él, sintió un enorme deseo de abrazarlo y no soltarlo nunca más, y es que le causaba una ternura infinita la forma en que Hyoga lo trataba. Ese día supo que lo quería, que despertaba un extraño sentimiento en él y que deseaba tenerlo a su lado.
Para cuando acordó, había pasado cerca de media hora y su habitación seguía siendo un asco. Entonces, pensó que sería buena idea llamar a su hermoso amigo. Pero por más que intentó, éste simplemente no respondió a sus llamadas.
***
- No me gusta ese tipo - por fin había logrado reconocerlo, sí, era él, tenía algo distinto pero sin duda era el mismo rostro que tanto daño había causado.
-
¿Sigues con eso?
- Es en
serio Camus, ¿no viste la forma en que veía a Shaka?
- Ah,
ahora sí se llama Shaka - dijo con sarcasmo.
- Camus,
créeme, ese tipo no anda en buenos pasos.
- ¿A
qué te refieres?
- No
quiero hablar de eso - de pronto el rostro de Shura se tornó sombrío.
-
¿Estás bien?
- Sí, oye, ¿no sabes cuál es su nombre?
- No,
creo que es amigo de Milo pero no estoy seguro.
- ¿Del
acosador? - sonrió - ah, ahora sí se llama Milo.
-
Cállate - no pudo evitar sonrojarse.
- ¿Y
cómo van las cosas con él?
- Esta mañana fue a mi casa y hasta desayunó con mi madre. No lo quiero cerca.
-
Vamos, Camus, dale una oportunidad, además, no está tan mal, si no te lanzas
tú, puede que yo mismo intente conquistarlo – el francés le dirigió una mirada
furiosa - después de todo, esos labios invitan a morderlos ¿no crees? ¡y ese
trasero!, en verdad es deseable, quién sabe quizá hasta me convierta en su
acosador ¿suena bien? el acosador de tu acosador – dijo entre risas.
- Oye, no quiero que acoses a MI acosador, Milo es mío, ¿entendiste?
- ¡Camy!
Por fin lo aceptaste amor.
El francés sintió cómo era abrazado por la
espalda y se arrepintió de haber dicho tal estupidez.
Continuará...
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