jueves, 3 de enero de 2013
Capítulo 12: Antes de la tormenta - Enero 20,2008
Capítulo 12: Antes de la tormenta
Confusión... eso era lo único que sabía que sentía, o al menos, eso era lo único que estaba seguro de poder describir, lo demás tan solo era un montón de sentimientos que se mezclaban sin dejar que los pudiera identificar y eso lo molestaba. Estaba sentado al lado de un animado Shun que no paraba de hablar, diciendo lo grandiosas que eran esas fiestas y toda la comida que se podía consumir en ellas, a él casi nunca lo dejaban ir, habría ido quizá dos veces en toda su vida pero los recuerdos eran gratos, sí, aún recordaba el sabor de todos esos bocadillos dulces que le ofrecían cada cinco pasos que daba... habría que decir que Shun tenía una extraña debilidad por los dulces (y todos los presentes tenían una extraña debilidad por Shun, una debilidad que su hermano mayor no veía con buenos ojos) aunque Ikki casi no lo dejaba consumirlos porque luego se ponía más hiperactivo que Seiya cuando se emocionaba.
- ... con crema batida y fresas... – según lo describía, parecía el paraíso de los postres, sin embargo, el rubio no podía escucharlo.
Estaba confundido al grado de sentirse desesperado, había algo que no andaba bien, algo que hacía que olvidara lo que debía sentir o hacer y ese algo no le gustaba. Todo había comenzado varios días atrás, con un cambio en la actitud de Ikki, un cambio que él no esperaba y una frase que hizo que su cuerpo temblara ligeramente: “Dormirás conmigo hoy y de ahora en adelante”. No era la primera vez que dormirían juntos, sin embargo, ahora todo parecía distinto, no sería como aquella vez que había despertado ahí después de que Ikki lo sacara del río, en aquella ocasión había estado inconsciente, ahora no lo estaría... tan solo tendría que recostarse a su lado hasta quedarse dormido, se preguntó si tendría el valor suficiente para soportar tanta tensión.
Cuando el peliazul entró a la habitación, no se sorprendió por ver la barrera de almohadas que había en medio de la cama y contrario a lo que el rubio había pensado, éste tan solo sonrió y apartó las sábanas para recostarse. Más tarde, cuando creyó que Hyoga estaba dormido, quitó la dichosa barrera y acercó el cuerpo del rubio al suyo, estaba de espaldas a él, así que tan solo lo abrazó entrelazando sus manos, y en un gesto que al rubio le pareció muy extraño y sospechoso, besó su cabeza. Si en un principio le había parecido difícil siquiera intentar dormir, ahora que sentía el cuerpo de Ikki tan cerca del suyo, le sería imposible. No sabía por qué no había hecho todo un drama al ver como las almohadas caían una por una a su lado, ni siquiera se había movido y el inoportuno pensamiento de que esa sensación de cercanía era agradable, lo aterrorizó.
Despertó temprano, pero aún así, Ikki ya no estaba a su lado, cuando se giró, se sorprendió al encontrar las almohadas en su lugar y por un momento creyó que se había imaginado todo, pero la cálida sensación seguía muy presente, lo cual hizo que sonriera y cuando se dio cuenta de ello, no pudo hacer otra cosa que no fuera enfadarse consigo mismo. La noche siguiente fue algo parecida, solo que esta vez, antes de dormir, el Fénix acarició con ternura su rostro. En la tarde de ese día, después de haber terminado sus labores en la hacienda y en ausencia de Shiryu, fue en busca de Aioros.
- ¡Hooola Aiorooos! – dijo extrañamente amistoso, pero el castaño le hizo un ademán para que guardara silencio - ¿qué pasa? – se acercó a él como si estuviera a punto de enterarse de algún secreto, aunque, la verdad era que Aioros estaba ensimismado en la trama que se desarrollaba frente a sus ojos.
- Shh – después de unos minutos de espera, el arquero decidió hablar – Hugo Armando acaba de llegar a una cena organizada por Juan Sebastián.
- ¿Y él quién es? – casi pudo decir que vio un brillo en los ojos de Aioros, sería porque él era el único que veía ese tipo de novelas por la tarde y encontrar a alguien que se interesara en ello era un suceso por demás extraño.
En pocos minutos, Hyoga ya sabía que Hugo Armando, el protagonista de la historia, había sido separado de María Fernanda, por los malvados planes de la señora Augusta (cruel y despiadada tía de Hugo Armando), sin que pudiera decirle que estaba esperando un hijo de él.
- ¿Otra vez viendo eso? – preguntó Shura quien se sentó al lado de Aioros, aunque de antemano sabía que éste no lo escucharía hasta que saliera algún comercial o hasta que supiera qué iba a ser de la pobre de María Fernanda – no sé cómo es que puedes ver… - como respuesta e interrupción, recibió un ligero golpe por parte de su bello arquero.
Se puso de pie y regresó con tres tazas con chocolate y el periódico, al parecer, tendría que esperar a que terminara para poder salir con el castaño en su primera cita oficial. Les sirvió un poco más de chocolate caliente cuando escuchó el suspiro colectivo que indicaba que la trama por ese día había terminado.
- ¿Nos vamos? – Aioros asintió, aunque no vio que estuviera muy feliz, y a decir verdad, Hyoga también se veía algo desanimado – ahh – suspiró – y ahora ¿qué pasa?
- Ella se casó con… - musitó, incapaz de terminar la frase.
- Con Juan Sebastián – completó el rubio, Shura sonrió, de alguna forma, le parecía extraño y encantador al mismo tiempo que se emocionaran a tal grado con una novela.
- Aún no puedo creerlo… bueno… nos vemos Hyoga.
Ambos salieron dejándolo solo delante del televisor, alcanzó a escuchar un “Ya, ya, al rato pasará algo y se tendrán que divorciar…” sonrió al reconocer el tono conciliador en la voz de Shura, aunque nadie se atrevía a decirlo, la verdad era que se veían tan bien juntos. Tal vez algún día encontraría a alguien así, que intentara animarlo y lo invitara a salir, dio un sorbo a su bebida aún caliente y descubrió que también quería que supiera preparar chocolate, el chocolate que Shura preparaba era delicioso. Quizá así conquistó a Aioros – pensó.
- Hyoga – el rubio se sobresaltó dejando caer la taza, emitiendo una queja al sentir el contacto del líquido con su piel.
Ante esta escena, el Fénix se acercó lo más rápido que pudo, cualquiera habría dicho que estaba preocupado.
- Ah… yo… lo siento – dijo aunque en el fondo no lograba acomodar sus pensamientos, ambos se agacharon para recoger los vidrios que se habían esparcido por el suelo.
- ¿Estás bien? – preguntó y levantó su rostro con su mano derecha.
La mirada de Hyoga, que por lo regular era un cielo claro, ahora parecía llena de incertidumbre, ¿qué le estaba pasando? ¿por qué su corazón palpitaba tan rápido con ese simple contacto? Como si Ikki pudiera leer sus pensamientos, se fue acercando lentamente para besarlo, Hyoga dejó caer los restos de la taza que tenía en sus manos y cerró los ojos mientras seguía preguntándose por qué demonios se sentía así, se suponía que él lo odiaba, él… era su enemigo, la persona que lo había dañado, el que se burlaba de él y le gritaba cada que tenía oportunidad… ¿por qué si lo odiaba tanto no podía separarse de él?… la tonta idea de que la razón de su inmovilidad era el miedo y no el deseo pasó por su mente, pero pronto se dio cuenta de que su lengua avanzaba tímida hacia la del Fénix y que ya no solo era su boca la que no lo obedecía sino que sus traidoras manos también se ponían en su contra y disfrutaban curioseando en el pecho del peliazul.
Era demasiado, demasiado para seguir en ese cuarto, respirando su aroma que parecía idiotizarlo. Sin saber en que momento, un par de rebeldes lágrimas salieron de sus ojos y fue el sabor salado el que le dio la fuerza necesaria para empujar a Ikki y salir corriendo de ahí.
- ¡Hyoga, espera!
Corrió tras él con un sentimiento indescriptible, por un lado estaba molesto sin saber exactamente el porque, solo sentía que debía alcanzarlo y la fugaz idea de que el rubio no regresaría lo hizo estremecerse. Quizá ahora si cumpliría su promesa y se iría para siempre, ¿qué haría él si eso llegaba a suceder? No quería ni pensarlo. Por eso, cuando finalmente lo alcanzó, lo abrazó por la espalda y lo único que pudo hacer fue sonreír con tristeza.
Por su parte, Hyoga esperaba un regaño, pero solo recibió un frío “¿Estás bien?” Tardó un poco en musitar un débil “si” como respuesta, pero lo cierto era que no estaba bien, necesitaba que alguien le dijera qué era lo que ocurría y cómo podía detenerlo. La fuerza en el abrazo de Ikki fue disminuyendo hasta que finalmente lo soltó.
- … Tan solo… no te alejes mucho… ya es tarde.
Por eso no podía poner atención a lo que Shun decía, su mente estaba demasiado ocupada reviviendo los días anteriores, buscando desesperadamente el por qué que no aparecía por ningún lado.
- Hyoga… – tuvo que sacudirlo un poco para obtener su atención.
- ¿Eh?
- ¿Te pasa algo?
- Noo, nada.
Sonrió intentando no preocuparlo y ya fuera por mala suerte o porque sentía la mirada de alguien sobre su espalda, se giró un poco. Su rostro enrojeció inmediatamente cuando se dio cuenta de que tanto Ikki como el joven que lo acompañaba lo estaban observando a unos cuantos metros de distancia.
- Esto… Shun… ¿quién es él? – lo había visto antes pero no le había prestado atención, tan solo se quedó con la idea de que era un joven muy hermoso.
- Se llama Shaka, él… bueno, él y mi hermano eran… - vio como el rostro de Shun enrojecía levemente y una desagradable sensación pareció golpearlo con fuerza.
***
Observó a Syd durante un momento y llegó a una terrible conclusión… algo que quizá ya había pensado antes pero que justamente ese día taladraba su conciencia.
- ¿Irás a ver a Mime hoy? – preguntó Syd con interés mientras terminaba la decoración de una tarta, desde el punto de vista de Bud, eso era una pérdida de tiempo, él podría comer lo que fuera sin importarle el aspecto, pero no podía negar que se veía bien.
- No, no creo… - intentó restarle importancia a sus palabras.
- ¿Se pelearon?
Él no sabía nada de lo que Mime y él habían hecho respecto a Camus, no quería ni pensar en lo que diría si se llegase a enterar. Tampoco le había comentado nada de su encuentro del día anterior ni… ni de todas las estupideces que había hecho en el transcurso de su vida…
- Ya… no te preocupes, ya se le pasará… - se acercó para dejar la tarta sobre la mesa y fue por un par de platos.
Cuando Syd regresó, lo único que pudo hacer fue abrazarlo como si quisiera refugiarse en él aunque eso significara que una montaña de preguntas se le vendría encima. Esperó, esperó un par de minutos que más bien parecían horas y tan solo recibió el cálido abrazo de su hermano… antes de que por su mente pasara esa terrible conclusión a la que había llegado “Soy un pésimo hermano”
***
Así que ellos salieron alguna vez – pensó el rubio, Shun no estaba al tanto de todo, pero al menos sabía que un par de años antes (aunque no podía ubicarlo cronológicamente con exactitud) su hermano y ese joven rubio de nombre Shaka, habían salido. No sabía si habían tenido una relación formal, algo pasajero o simples encuentros de negocios, tan solo sabía que pasaban mucho tiempo juntos. Después de esa breve información por parte del peliverde, se descubrió a si mismo lanzando indiscretas y gélidas miradas que no pasaron desapercibidas para el otro rubio.
- Hyoga – a pesar de no querer hacerlo, tuvo que acercarse ante el llamado de Ikki – Mira, él es Shaka, ya lo habías visto antes pero…
Hyoga giró el rostro, como si no quisiera verlo. Ikki, al ver esa actitud, dejó salir el aire de sus pulmones en un gesto de cansancio. Sobra decir que estaba un poco desconcertado, nunca había visto a Hyoga tratar a alguien así, por lo regular era amable con todos… bueno, con todos menos con él, y antes de que pudiera reclamarle, éste simplemente se fue.
- ¿No piensas ir por él? – preguntó Shaka mientras veía como Ikki cerraba los puños con fuerza.
- No, ya regresará…
***
- ¿En qué demonios estaba pensando? – dijo con una voz apenas audible, hablando consigo mismo sin estar muy consciente de ello – no sé qué ganaba huyendo de esa forma, ¿acaso pensaba que quizá Ikki vendría tras de mi? Já, eso es estúpido, pero aún así… aún así me detuve a medio camino… - aunque su mente lo negó inmediatamente y le impidió seguir hablando, sus pensamientos completaron la frase – esperando que él se acercara.
A lo lejos escuchó la voz de Shun, no quería hablar con nadie, así que decidió ocultarse cerca de unos árboles que, debido a su ubicación y difícil acceso, le permitían aislarse para poder pensar.
***
Una vez más lo tenía bajo su cuerpo, dioses, lo había extrañado tanto, sentía que una vida entera no sería suficiente para saciarse. Tomó un listón azul oscuro que había puesto a propósito esa mañana sobre su cama y juntando las manos de Camus, comenzó a amarrarlo.
- No… no, espera… así no… - Milo lo observó un instante y desvió la mirada, le dolía ver el miedo en sus ojos, así que besando su cuello con suavidad se fue acercando hasta su oído para mordisquearlo levemente.
- No te haré daño, tan solo quiero sentirte así.
Fue bajando los brazos del menor para colocarse en el espacio que quedaba entre ellos. Con el tiempo había aprendido que esa era una forma eficaz para someterlo y lo más importante, que si lo hacía, conseguiría que Camus lo abrazara, o que al menos, tarde o temprano se cansara y decidiera descansar sus brazos sobre su espalda. Comenzó a besar sus labios, introduciendo un poco su lengua para explorar la bien conocida boca de su hermoso amante, después, bajó una de sus manos hasta su miembro, toqueteando la sensible punta de éste mientras con su boca ahogaba los gemidos que le parecían deliciosos.
Lentamente, se fue incorporando para quedar con Camus casi sentado sobre su miembro. Sinceramente esa no era una de sus posiciones favoritas, sentía que en esas ocasiones, el escorpión se hundía en lo más profundo de su ser y él, inevitablemente se tensaba, como si quisiera detener su avance, poniendo cierta resistencia que lo hacía un poco doloroso. Sintió los dedos de Milo jugando alrededor de su entrada sin atreverse a entrar, se sentían húmedos, ansiosos, eran producto de la terrible abstinencia a la que se había sometido, algo que había sido muy difícil para el escorpión. Éste disfrutaba ver el rostro sonrojado de Camus, con esa expresión de deseo contenido y que no se permitía expresar, comenzó a hacer una especie de espiral hasta que la yema de su dedo índice quedaba justo sobre su entrada, ejercía un poco de presión sin penetrarlo y después seguía acariciándolo, hizo ese movimiento un par de veces más antes de introducir su dedo con lentitud, dejó de besar sus labios para dedicarse a su piel mientras localizaba su próstata presionando contra ella una y otra vez.
Los gemidos inundaron rápidamente la habitación y Camus, debido al estado en que se encontraban sus manos, tan solo pudo abrazarse más a él.
- Mi… Milo ahh voy a… ahh… – no tenía ni qué decirlo, el escorpión conocía demasiado bien su cuerpo como para saber que estaba a punto de correrse en su mano.
- Espera… - sacó sus dedos del interior de Camus y se introdujo con cierta desesperación… lo había extrañado tanto.
Ahí estaba nuevamente el dolor que tanto odiaba de esa posición, aunque lo que no sabía era que a Milo le gustaba hacerlo así precisamente por eso, por la forma en que Camus apretaba su miembro en su interior, la manera en que la velocidad de sus movimientos disminuía al mínimo, haciendo todo más prolongado, más intenso y sobretodo, amaba esa posición porque implicaba la extrema cercanía de sus cuerpos.
***
Habían pasado escasos cinco minutos desde que comenzó la lluvia.
“Ya regresará” – recordó las palabras que él mismo le había dicho a Shaka, aunque sabía que Hyoga era tan orgulloso que quizá a esa hora estaría durmiendo en su antigua habitación o perdiendo el tiempo en algún rincón de la casa. Por más que lo intentaba, no sentía que hubiera algún avance y a veces tan solo tenía ganas de abrazarlo cuando estaba despierto, acariciarlo, besarlo sin que se fuera corriendo o que armara uno de esos dramas que le parecían exagerados. Sonrió, ¿Cuándo había sido la última vez que le tuvo tanta paciencia a alguien? Ni siquiera podía recordarlo.
Se acercó a la ventana justo a tiempo para ver a ese necio rubio caminando bajo la lluvia sin ninguna prisa por llegar. “Idiota, se va a resfriar” – pensó antes de ir por una toalla. Bajó y abrió la puerta topándose de frente con él.
- Ten
- Gracias – musitó.
- Ven… será mejor que te cambies…
No quería parecer muy preocupado pero el silencio de Hyoga lo obligó a voltear, el rubio lo observaba como si estuviera esperando algo, una palabra, una acción, algo que Ikki no entendía y que, por lo tanto, no podía darle. Aún así, tomó su muñeca izquierda y subieron juntos hasta la habitación del peliazul, cuando llegaron, Hyoga se quedó afuera.
- ¿Qué pasa? – últimamente el rubio actuaba de manera extraña. Lo había notado, pero no había dicho nada al respecto, después de todo, si en realidad pasaba algo malo, ya tendría a un enfurecido Aioros o a un preocupado Shiryu delante de su puerta - ¿No piensas entrar?
- Si paso, mojaré la alfombra… - Ikki sonrió por alguna razón.
- No importa – El peliazul buscó algo de ropa y se la pasó al rubio.
Odiaba que hiciera eso, prefería al antiguo y no amable Ikki, aquel que le gritaba por cualquier cosa, cuando sabía lo que seguía o lo que podía esperar, en lugar de esa odiosa incertidumbre. Comenzaba a odiar cada vez que tenía que regresar sobre sus pasos, después de las largas caminatas en las que se convencía de que todo se arreglaría, a veces se preguntaba si no estaría siendo demasiado optimista.
- ¿Ya no estás enojado? – preguntó con algo de sarcasmo en su voz. Pero Hyoga estaba muy cansado, cansado de pensar, de sentir, de huir de si mismo – No lo vuelvas a hacer ¿entiendes?... Y menos delante de la gente.
Al menos esta última frase era un poco parecida al Ikki que tanto odiaba y sintió un enorme deseo de llorar cuando se dio cuenta de que, por más que intentaba ya no podía odiarlo.
Asintió con la cabeza, mientras buscaba algo entre la ropa empapada y por su rostro parecía pasearse la preocupación. Ikki entrecerró los ojos, a esas alturas ya ni siquiera intentaba comprender lo que pasaba por la mente del rubio.
- Se perderá… - musitó y su mirada se dirigió inmediatamente hacia la ventana que era golpeada por la intensidad de la lluvia. Salió corriendo de la habitación.
Era la segunda vez en ese día, que dejaba a Ikki antes de que éste pudiera decir algo. Aunque, a diferencia de la primera vez, ahora el Fénix logró alcanzarlo a mitad de las escaleras. Tenía una idea de lo que se trataba, seguramente era otra vez esa cruz que llevaba entre la ropa.
- Quédate aquí – tomó con fuerza ambos brazos del rubio, obligándolo a detenerse. Éste forcejeaba sin conseguir nada.
- Se perderá – logró musitar en un tono casi de súplica – si no voy ahora se perderá…
- He dicho que te quedes aquí.
Su voz fue determinante, no intentó siquiera explicarle, seguramente Ikki no entendería lo valiosa que era esa cruz para él. Aún estaban a mitad de las escaleras, mirándose retadoramente, sin moverse, escuchando el constante ruido de la lluvia, cada vez más fuerte. Hyoga comenzó a desesperarse e hizo un último intento por recuperar la movilidad de sus manos pero fue inútil. Finalmente se dejó caer, completamente vencido, sin comprender qué tenía de malo ir a buscar algo que era tan importante para él.
- Regresa a la habitación – Hyoga hizo caso omiso, pero el Fénix no se sorprendió, ya esperaba una actitud similar por parte del rubio. Quizá éste todavía tenía la esperanza de que cambiara de opinión, que en un descuido lo soltara, pero ninguna de esas cosas sucedió.
Sintió como su cuerpo era obligado a mantenerse de pie y era casi arrastrado hasta la habitación del Fénix. Quizá si lo pedía por favor, si rogaba y se humillaba delante de él, el Fénix recapacitaría, pero su propio orgullo le impedía hacer eso.
- Quédate aquí – repitió como si fuera necesario dar una indicación, Hyoga giró su rostro hacia la ventana y el Fénix pareció comprender sus intenciones, así que tomándolo con cierta brusquedad lo obligó a entrar al cuarto de baño y cerró desde afuera.
- ¡Noo, por favor! – ahora sí, cualquier vestigio de esperanza había sido reducido a la nada, ya no le importaba tener que suplicar – por favor – repitió mientras golpeaba la puerta una y otra vez, pero no obtuvo respuesta.
***
Rubio imbécil – decía una y otra vez - La lluvia hacía que la ropa se le pegara pesadamente al cuerpo provocándole un frío terrible, aunque hizo todo lo posible por aguantarse y no temblar – Piensa Ikki, piensa, ¿por dónde demonios se pasea el rubio cuando sale? – recorrió todos los lugares donde recordaba haberlo visto pero era casi imposible encontrar algo en la situación actual y pensó que quizá habría sido más fácil dejar que Hyoga lo acompañara pero la sola idea de que se pudiera enfermar lo convencía de que había sido mejor así. – Argh, veamos, si yo fuera el idiota rubio imbécil y estuviera enojado, ¿dónde me escondería? – miró a su alrededor – a todo esto, ¿por qué demonios estaba enojado? ¿Tanto le fastidia estar cerca de mi?... aunque no lo culpo, yo también me odiaría… - su mirada se detuvo en un par de árboles que se juntaban demasiado dejando un pequeño hueco donde él mismo no cabría – aunque quizá el rubio sí – Avanzó con lentitud, ni siquiera se había tomado la molestia de llevar una lámpara consigo - ¿por qué tendrá que meterse en este tipo de lugares? Y ¿por qué no puede utilizar esa cruz como una persona normal? Ahh, cuando la encuentre, lo obligaré a ponérsela en el cuello y pobre de él si intenta quitársela.
Casi tuvo que pegar su cuerpo al suelo para echar un vistazo, pero no sirvió de nada, no conseguía distinguir entre lo que había y lo que no. Estiró su mano derecha, deslizándola suavemente por la tierra húmeda y después de unos minutos sintió algo puntiagudo. Sonrió… la había encontrado. Regresó a la casa lo más rápido que pudo y subió las escaleras ignorando el “Ikki, estás empapado” de Aioros, no necesitaba que se lo dijeran ni que le preguntaran nada. Cuando abrió la puerta del cuarto de baño, vio al rubio aún en el suelo, su rostro enrojecido tenía marcas de lo que habrían sido lágrimas, pero al parecer ya se había calmado.
- Ten niñato, espero que ya estés contento – Hyoga lo observó, sus zapatos y su ropa estaban llenos de lodo, y el rubio no podía creerlo.
Ikki comenzó a sacarse la ropa y se sentó en el suelo para quitarse los zapatos. Aunque hacía todo lo posible por evitarlo, su cuerpo comenzaba a temblar, cuando Hyoga lo notó, se acercó y lo abrazó, sintiendo que ya no le importaba el por qué, si éste no se aparecía, tampoco se tomaría la molestia de buscarlo. Sintió esa especie de choque térmico y por su mente pasaban toda clase de pensamientos estúpidos.
- Gracias – musitó antes de besar sus labios. Era la primera vez que besaba a alguien por su cuenta.
Continuará…
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